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viernes, 27 de enero de 2017

DE LA AUTO-OBSERVACIÓN A LA CONCIENCIA DE SÍ MISMO ( y III )





Viendo que siempre vamos a piñón fijo, que tenemos los mismos conceptos, las mismas respuestas, los mismos hábitos, las mismas emociones dominantes y casi los mismos deseos durante toda la vida, deberíamos preguntarnos ¿Cómo voy a progresar yo, moral y espiritualmente hablando, si llevo una vida casi vegetal y no me esfuerzo por imponer mi voluntad sobre todo eso que llamamos personalidad? Todos los días podemos progresar un poco, y para ello, además de intentar ser conscientes durante todo el día (estar despierto) deberíamos programarnos por las mañanas para que las cosas que hacemos a diario y la manera de expresarnos sean diferentes. Es más, deberíamos programarnos incluso en casos extremos para no actuar como por lo general lo hacemos de forma automática o instintiva. Si tenemos que coger el coche todos los días y somos de los que vamos con prisas y nos molesta todo, deberíamos visualizarnos ante un señor que estorba y nos fastidia como si estuviéramos tranquilos, observando la situación y a nosotros mismos para no expresar las emociones de enfado ni los malos pensamientos. Una auto-programación como esta y el hecho de intentar ser consciente la mayor parte del tiempo, hará que cada día sea más elevado para el Alma. Programar respuestas y expresiones ante cualquier hecho por poca importancia que tenga, y tener una atención plena sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea, nos facilita el progreso espiritual y el discernimiento sobre lo que somos y lo que deberíamos ser.

La observación de todo lo que nos traen los sentidos respecto al mundo físico nos aporta conocimiento, y ese conocimiento nos sirve para ver cómo actuamos y respondemos y para programarnos ante determinados hechos y circunstancias. Pero, si de verdad queremos transformar la personalidad, lo que debemos observar es lo interno y no lo externo. Con esto quiero decir que no nos podemos para en lo negativo solamente, también hay que observar cuáles son nuestros ideales, anhelos, esperanzas, deseos materiales, etc., porque también eso nos puede perjudicar si nos identificamos con ello. Cuando nos preocupamos solamente de ser y actuar de acuerdo a las leyes divinas, no nos deberían preocupar nada ni esperar nada material ni espiritual, porque eso se nos dará por añadidura. Está bien que una persona tenga anhelos y esperanzas pero deberían ser sobre el desarrollo espiritual y con la intención de ayudar al prójimo.

Hay frases que se suelen decir muy a menudo, como por ejemplo: “Que mal me cae esa persona” o “que antipatía le tengo por ser así” que demuestran lo equivocados que estamos al creer que conocemos a una persona cuando resulta que no nos conocemos a nosotros mismos. Ni siquiera el hecho de observar atentamente a otro nos permite conocerle porque solo podemos ver lo externo pero no su aspecto interno. Sin embargo, basándonos en el conocimiento y los conceptos de la personalidad por lo general llena de emociones negativas y pensamientos similares, exponemos toda una serie de razones con tal de criticar o juzgar por el hecho de no estar de acuerdo con nosotros o de ser diferente a nosotros. El juicio o la crítica solo la deberíamos hacer sobre nosotros y, por supuesto, después de observarnos atentamente, puesto que la verdadera observación se hace sobre lo interno. Lo externo nos aporta conocimiento porque su observación es más bien automática e inconsciente mientras que la auto-observación es dinámica y consciente.

Tampoco los pensamientos comunes y automáticos aportan casi ningún beneficio porque de nada sirve pensar que somos así o asá si no prestamos una atención plena como observadores a nuestro mundo interno. El estado actual de la mente, es de pensar y pensar sin discernimiento y sin que seamos conscientes de ello, nos aburre y nos tortura muchas veces con sus repeticiones, juzga y piensa mal sin conocer, y solo de tarde en tarde somos conscientes de ello y la detenemos. Detenerla en sus pensamientos y enjuiciamientos sobre el mundo externo es fácil porque solo tenemos que observarla, sin embargo no es tan fácil hacerlo cuando lo hace sobre lo interno, ya que los mismos aspectos personales intentan evitarlo para que no les expulsemos o erradiquemos de nosotros mismos.

Hay una gran diferencia entre usar la mente conscientemente y dejarla que haga lo que comúnmente hace sin que nadie ni nada la detenga. Cuántas veces al día podríamos decir: ¿Pero qué estoy pensando, qué estoy haciendo, o por qué pienso eso sobre esa persona? Lo que no ocurriría si fuéramos auto-conscientes observadores de la mente. ¿Qué ocurre si cuando surge en nosotros una emoción negativa o un pensamiento perjudicial nos ponemos en el lugar del Yo a observarlo sin entrar en el juego? Pues que desaparece. Algo similar ocurre cuando llevamos a cabo esa atención plena o auto-observación en cada ahora, ya que; Primero impedimos crear emociones, deseos y pensamientos negativos; y Segundo Si alguno surgen en nosotros, el solo hecho de observarlos impiden que se desarrollen en algo peor.

Esto demuestra que cuando tenemos ese control sobre la personalidad se produce un silencio interno que permite que el yo se exprese más a menudo sobre la personalidad. Tenemos dos clases de lenguas que callan para encontrar ese silencio o paz interna: Una, la lengua que tanto juzga y habla como resultado de lo que ocurre interiormente con las emociones y los pensamientos; y Dos la mente que no para de pensar indiscriminadamente y de forma automática e instintiva impidiendo el control de la personal. Tenemos muchos motivos para silenciar a la mente porque si la observamos veremos que el 99, 99 % de lo que piensa, no solo no sirve para nada sino que en muchos casos es perjudicial para nuestro desarrollo espiritual. Esto ocurriría muchísimo menos si la observáramos voluntaria y conscientemente porque, ¿de qué sirve callar la lengua si la mente hace tanto o más mal que ella? Una ayuda sería ponernos en el lugar de los demás porque seguro que cambiaríamos de opinión y interpretaríamos las cosas de otra manera, pero si de verdad y a la vez queremos controlar a la personalidad y no atraer la opinión y el pensamiento de otros hacia nuestra manera de pensar; lo mejor es conocernos y silenciar la mente en todo lo que no sea de ayuda para nuestro desarrollo.

Viendo lo descrito hasta ahora ¿Qué porcentaje del verdadero Yo manifestamos a diario? o dicho de otra forma, ¿cuánto tiempo al cabo del día somos conscientes de nosotros mismos? La verdad es que muy poco, y precisamente por eso es por lo que no nos damos cuenta de que cuantos más defectos, pasiones, emociones y deseos negativos eliminemos más libre de expresarse será el Yo individual. La personalidad es la semilla que, desde que nació, ha sido mal cultivada y se ha rodeado de toda una serie de defectos, irresponsabilidades y placeres que, entre otras cosas, hacen que el Yo se exprese más como subconsciente que como conciencia. Nadie puede despertar a la conciencia del Yo si no erradica de sí mismo toda esa especie de entidades que nos dominan y nos hacen casi sus esclavos. Es cierto que algunas de esas voces ya las traemos de otra vida como deuda pendiente a superar, pero si desde pequeños nos educaran de manera que fuéramos más observadores y conscientes de nosotros mismos, adelantaríamos muchas vidas de las que nos quedan para ser conscientes en los mundos superiores. Nos podemos hacer una idea de esto imaginando lo que sabemos que pasa después de la muerte una vez terminadas las experiencias purgatoriales Es decir, cuando nos limpiamos de todo lo negativo y personal y solo nos quedan dos cosas: Una, el recuerdo de lo que no se debe hacer sabiendo las consecuencias que nos trae; y dos, el deseo de desarrollar las virtudes propias del Alma.

Como hemos dicho, el Espíritu se representa en nosotros como voluntad y como conciencia y solo eliminando a la personalidad tendremos la opción de escuchar su voz. Cuando dejamos de ser víctimas de las circunstancias y esclavos de los deseos y de las emociones es cuando comenzaremos a vislumbrar la luz del Espíritu. La voluntad del Espíritu es una pero en la mayoría de nosotros parece como si en nuestro interior hubiera muchas consciencias y voluntades que no dejan de decirnos lo que tenemos que hacer o hacia dónde debemos de ir con tal de no permitir que el Yo se manifieste y las elimine. Como ocurre en el purgatorio, lo único positivo de todos esos aspectos negativos que forman la personalidad es que cuantos más y peor sean, más nos hacen ver que estamos dominados por ellos y que nuestra voluntad y nuestra conciencia no tienen casi poder sobre ellos. Por eso debemos estar siempre alertas y muy atentos a todo lo que pasa en nuestro interior y a todas esas voces que dirigen y complican nuestras vidas. Y digo muy alerta porque esas voces se muestran fácilmente en hechos graves y las percibimos rápidamente, pero otras se esconden bajo apariencias más sutiles como el amor propio, el halago de uno mismo, o el orgullo de haber alcanzado cierto grado de desarrollo espiritual.

Ni el santo es perfecta y totalmente santo ni el malvado es cien por cien malvado, y algo así pasa con los aspirantes espirituales que por defender una causa justa se dejan llevar por las voces de justicia y de honradez y crean toda una serie de emociones y pensamientos negativos contra otros. El que cree estar sentado en la verdad y el sendero correcto se puede creer tan justo y tan buena persona que le duela que nadie se dé cuenta y se lo diga o que nadie agradezca lo que hace, y eso, queramos o no, también son voces o aspectos de la personalidad que impiden la expresión del Yo. Por consiguiente, la auto-observación no se debe utilizar solamente para descubrir los aspectos negativos de la personalidad, sino que también debe servir para otras muchas cosas que no solemos ver.

Si meditáramos sobre nuestros gustos, deseos o sentimientos descubriríamos que tenemos apego a ciertas cosas materiales y placeres, o que nos gustaría viajar a no sé dónde antes de morir, o que nos molestamos cuando alguien no coincide con nosotros en nuestras opiniones, o que somos unos engreídos, etc. Esto es otra forma de impedir que nos demos cuenta de lo poco conscientes que somos de lo que sentimos y de lo que pensamos, es decir, de lo poco que nos recordamos a nosotros mismos como observadores y pensadores. Seamos sinceros con nosotros mismos y preguntémonos de vez en cuando qué es lo que en realidad deseamos, que trabajo estamos haciendo para conseguirlo y qué utilidad tiene para el Espíritu, porque si no es útil para el Espíritu de nada sirve. A su vez, tampoco sirven de nada las intenciones, las promesas, las obligaciones y los deberes que cada uno se imponga si después no los cumplimos, de esa forma nunca alcanzaremos nuestros objetivos espirituales. Recordemos que el trabajo a realizar es interno y que si solo nos preocupamos de dar una imagen de buenos y de sabiondos, nos estaremos engañando a nosotros mismos y estaremos engañando a los demás.

                 Francisco Nieto

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