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viernes, 25 de noviembre de 2016

DE LA AUTO-OBSERVACIÓN A LA CONCIENCIA DE SÍ MISMO ( I )





La moral, el carácter, la espiritualidad y todo lo que el ser humano cree ser se mide de acuerdo a sus expresiones, a sus sentimientos y a sus pensamientos. Dependiendo de cómo se exprese y de lo que diga y haga una persona, así se le conceptúa, siendo eso un error porque, en realidad, no se sabe ni cómo o qué piensa ni cómo siente o qué emociones tiene. Nosotros mismos creemos conocernos también y decimos que somos así o asá dependiendo de nuestro “ser interno” que en realidad no es otro que la personalidad. Unos nacen con una baja moral y mueren casi lo mismo porque no se han esforzado en cambiar, otros consiguen quitarse algún defecto pero caen en nuevos vicios que los dominan, y la gran mayoría nos pasamos la vida haciendo lo mismo, pensando lo mismo y actuando casi de igual forma. No nos conocemos, ni nos esforzamos por observarnos para intentar elevar nuestra moral y nuestra espiritualidad, ni tampoco nos damos cuenta de que nos pasamos la vida actuando erróneamente para luego quejarnos y amargarnos la vida nosotros mismos. El mundo externo es el reflejo de lo que somos internamente, y siendo esto así ¿Qué vida puede tener el avaro, el lujurioso, el arrogante, el malvado, el engreído, etc., etc.?

Para estas personas, puede que su carácter, su voluntad y su forma de ir por la vida sea normal pero ignoran que:

1º.- El mundo es un reflejo de lo que son ellos mismos internamente.
2º.- Que morirán sin haber evolucionado casi nada.
3º.- Que hacen mucho mal al prójimo.
4º.- Que van sembrando malos ejemplos y malas vibraciones allá por donde van.

            Es obvio que cada uno de nosotros debería estudiarse a fondo para saber cuál es su grado de desarrollo espiritual y para ver si verdaderamente expresamos lo que en momentos de meditación y de paz queremos o, por el contrario, somos uno más como cualquier otro con más defectos que virtudes. Solo cuando estamos plena y conscientemente atentos a lo que expresamos externa e internamente podremos acercarnos lo suficientemente al Yo superior como para entender que lo que creemos ser no tiene que ver nada con lo que en realidad somos. Solo así, conociéndonos internamente y utilizando sabiamente el discernimiento nos capacitamos para hacer un cambio radical en nuestra vida hasta tal punto que la personalidad que muera no se parezca en nada al ser que podemos desarrollar.

            Quien se identifica con sus deseos, con sus emociones, con sus problemas y preocupaciones, e incluso con su mente entendiendo que él es el resultado de lo aprendido y experimentado a lo largo de su vida, va por el sendero equivocado. Algunos piensan: “Bueno yo no llego a tanto porque procuro ser bueno.” Tampoco sirve de mucho si resulta que sufre cuando no le salen bien las cosas, o cuando le ofenden, o cuando se cree por encima de los demás y fracasa, etc. Si queremos cambiar debemos estar por encima de todo eso y auto-observarnos en cada momento para estar en “sí mismo.” En el momento en que caemos en lo dicho en este párrafo o simplemente pensamos en ello como si fuéramos ello, ya estamos olvidándonos de nosotros mismos, del “sí mismo” como el yo observador y pensador. Esa es la diferencia entre los que actúan instintiva y automáticamente expresando siempre los mismos deseos, emociones y pensamientos, y los que están constantemente observándose atentamente desde la posición del Yo. Cuando nos recordamos a nosotros mismos como pensadores y observadores no nos identificamos con todas esas cosas que a tanta gente le preocupa, les entristece, les desespera y les hace actuar y expresarse siempre de la misma forma.

            Está claro que si no somos todo lo mencionado hasta ahora como personalidad y que observamos cuando nos hacemos conscientes de nosotros mismos, tenemos que ser ese Espíritu, Alma o Yo superior de los que tanto se habla en esoterismo y en las religiones. Ese Yo está representado en la personalidad como “consciencia” y como “voluntad”, lo que significa que sólo cuando nos expresamos consciente y voluntariamente como observadores, es cuando nos situamos por encima de la personalidad inconsciente y autómata. Desde este punto de vista podríamos afirmar que el Yo está oculto y no puede expresarse porque nosotros no nos esforzamos por recordarnos a nosotros mismos (ser conscientes de que pensamos y de nuestras emociones) y por realizarnos como Ser.

            La personalidad es la que se preocupa y sufre por las cosas y hechos personales y materiales, la que está dominada por los vicios, las pasiones y el egoísmo, la que está pensando todo el día en los asuntos terrenales de manera inconsciente y automática, la que no se esfuerza por vencer todas esas cosas ni por elevar su moral y su desarrollo espiritual, etc. etc. Luego entonces, si queremos recordarnos a nosotros mismos como observadores de esa personalidad con la intención de conocernos, debemos situarnos en ese nivel de consciencia y controlar la mente para que solo piense lo que queramos y cuando queramos y así utilizarla como foco de expresión consciente de nosotros mismos. De esta manera, libres de preocupaciones, de tristezas, de enjuiciamientos, de pesimismo, etc. dejaremos espacio para que un nuevo ser o personalidad consciente se manifieste y haga nuestra vida más feliz.

            Ni hemos nacido así ni somos la personalidad que creemos ser por un hecho casual. Hemos nacido en el lugar y en la familia prevista desde mucho antes del nacimiento, y como Almas evolucionantes que somos, renacemos con parte de la personalidad de vidas pasadas (virtudes, defectos, debilidades, ideales, etc.) para continuar nuestro desarrollo intelectual, moral y espiritual en esta vida. ¿Cuál es, pues, nuestro deber al respecto? Debería ser el de desarrollar esos tres aspectos personales positivos pero ¿Por qué no lo hacemos en el grado que deberíamos? Pues porque desde pequeños anulamos la expresión del Yo superior por medio de todo aquello que nos hacen aprender, valorar, tener en consideración, y todo lo que nos causa preocupaciones, ansiedad, miedo, apego, etc. Nuestra mente se desarrolla y se desenvuelve entre todo eso hasta hacerse toda una serie de hábitos que hacen que responda instintiva y automáticamente, no utiliza el discernimiento ni permite tan fácilmente que el Yo la utilice voluntaria y conscientemente. Los deseos y los sentimientos se hacen fuertes desde que nacemos para que deseemos lo terrenal y lo personal antes que lo espiritual. Las emociones dominan a la persona porque no hay apenas discernimiento y porque la mente deambula de un lado para otro sin control.

            Así se van formando los hábitos y la forma de pensar y de sentir que llamamos carácter pero, mientras tanto ¿dónde está el Yo que nos hace sentirnos individuos? El Yo aflora en muy pocas ocasiones, y más bien cuando algo grave nos ocurre, cuando algo serio nos hace reflexionar, cuando algún sufrimiento hace que pensemos y que busquemos ayuda o consuelo y poco más. Pero ese Yo está ahí, no es el Alma o Ego en toda su plenitud pero sí su voz lejana que desea que nos liberemos de todo lo personal y terrenal para que en ese vacío o espacio mental, él pueda expresarse. El yo, ego o personalidad que está comúnmente viendo la televisión y pensando en sus problemas o quehaceres cotidianos es el yo inferior, pero si en un momento dado se da cuenta de que no es consciente de la televisión ni de lo que está pensando su mente estaría dando paso al Yo verdadero reencarnante que, desde la posición de observador, hace comprender a la persona que no es consciente ni tiene control sobre su mente y que, por tanto, no es consciente de sí mismo.      

            ¿Qué diferente sería cada persona si desde que nacemos nos enseñaran a ser más conscientes de lo que pensamos, de lo que sentimos y, como efecto, de lo que decimos y hacemos? Estamos de acuerdo en que no todos estamos en el mismo nivel evolutivo y por eso mismo algunos no comprender estas enseñanzas, pero me inclino a pensar que todos podemos intentar ser más conscientes de todo eso para así evitar ser dominados por todo lo anteriormente mencionado. El ejercicio llamado de la “retrospección” dado por la Fraternidad Rosacruz Max Heindel es un claro ejemplo de lo que se puede conseguir siendo conscientes.

            Este ejercicio trata de revisar consciente y voluntariamente todos los hechos del día desde que nos acostamos hasta el momento en que nos levantamos. Durante el ejercicio debemos prestar atención plena a lo que hemos dicho, hecho, pensado y sentido en los sitios y con las personas que hayamos estado. Pero el ejercicio no se queda solo ahí, porque también nos dice que nos auto-observemos para ver si comemos para vivir o vivimos para comer, o si nos dominan las pasiones, etc. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre ser conscientes o no serlo en todo esto?

1º.- Si fuéramos conscientes y nos auto-observáramos con verdadera atención durante todo el  día, no cometeríamos tantos errores y tendríamos una vida digna de ser vivida.
2º.- Que si hacemos la retrospección de manera superficial y no consciente ni voluntariamente, tampoco observaremos los errores que cometemos y no se quedarán en la conciencia como motivos para esforzarnos por nuestro propio desarrollo.

            Uno de nuestros deberes es saber cuál es el sentido de la vida, pero si nos perdemos entre placeres, vanidades, ocio, etc., perderemos gran parte de nuestra vida por convertirnos en una personalidad más. Los dogmas, las costumbres terrenales, las diversiones, los títulos, la fama, el conocimiento sin práctica, y ni siquiera el hecho de creerse bueno, sirven para nada respecto al Yo ni para llevárnoslo después de la muerte del cuerpo físico. La vida es trabajo para aquel que despierta a la vida superior y comienza a ser consciente de estas verdades, pero es diversión y entretenimiento para el resto.

            Estar despierto, o sea, ser consciente en cada “aquí” y “ahora” nos hace más responsables ante las leyes divinas porque, como se ha dicho, “a mayor conocimiento mayor responsabilidad.” Pero el hecho de ser conscientes por medio de recordarnos a nosotros mismos también nos libera de ellas porque somos más libres para hacer y expresarnos bien o mal voluntariamente pero, como es lógico, ¿Quién es capaz de hacer el mal consciente y voluntariamente? Nosotros vivimos en dos mundos a la vez, el interno y el externo. El externo es fácil de experimentarle siempre que haya buena voluntad e ideales elevados por parte del aspirante espiritual pero, aún así, siempre dependerá y podrá caer en las trampas del mundo interno de la personalidad. Lo ideal es que hubiera un equilibrio entre ambos para así poder expresar los resultados de lo que se hace con la mejor voluntad en el interno, pero como el común de la humanidad está dominado por lo interno (emociones, sentimientos, mente descontrolada, pasiones, respuestas instintivas y automáticas, hábitos, etc.) solo expresa los resultados de su inconsciencia y de su ignorancia.

Francisco Nieto