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martes, 19 de enero de 2016

LA AYUDA DE LA IGLESIA Y SUS SACRAMENTOS ( III )






Se sabe que Cristo dejó como sacramentos el Bautismo y la Eucaristía pero, en mi opinión, los otros Sacramentos fueron creados después, por un lado, por los Padres del cristianismo y, por otro lado, por otros iniciados clarividentes que podían ver y experimentar cómo la energía espiritual de los mundos superiores y de Cristo descendía si era invocada. La energía espiritual es siempre la misma como la luz blanca, pero dependiendo de cómo  y para qué se invoque se transformará y hará su función en el mundo físico. Lo único que hace falta es el mecanismo o medio por el cual el Sacramento tenga efectividad y ese medio eran los discípulos o iniciados que crearon después el Orden Sacerdotal para (si eran aptos) que los sacerdotes y obispos recibieran el Poder de invocación mencionado a través de la ceremonia y de la palabra. Pasados varios siglos después de la muerte de Cristo se fue “olvidando” parte de su enseñanza oculta y solo quedó la enseñanza para el vulgo, y algo similar ocurrió con los Sacramentos, porque fueron y son practicados por personas que no tienen el poder (no fueron ordenados) El poder ha sido otorgado de obispos a sacerdotes desde el origen del cristianismo y desde la creación del Sacramento del Orden, y ahí se incluye la iglesia ortodoxa, romana, anglicana y católica.

            Cualquier persona de cualquier religión creada por el hombre puede hacer esa ceremonia o representación de la que hablábamos antes pero no tendrá ese segundo aspecto oculto representado por el poder de la palabra y de la invocación de un obispo o sacerdote ordenado. Es cierto que algunos representantes de esas iglesias se han desviado de su compromiso (predestinado antes de nacer) y ya no representan, como imagen, las enseñanzas de Cristo, sin embargo, si hacen los Sacramentos de acuerdo a cómo fueron enseñados, tendrán el mismo efecto. Evidentemente, si el sacerdote u obispo tuviera el conocimiento oculto o incluso la clarividencia necesaria, los resultados del Sacramento serían mucho más efectivos. También es muy posible que cuando un representante de la iglesia la abandona o reniega de ella y vive en el pecado como cualquier otro, pierda el poder que le fue dado. A esto  hay que añadir que cuando una persona asiste a una ceremonia sacramental o la solicita (como en el caso de la extrema unción) con conocimiento de causa y colabora, también recibe más beneficios que aquel que es ignorante de todo y que no pone interés en recibirlo.

            Por consiguiente, los siete Sacramentos son una ayuda para los cristianos desde que se afilian a la iglesia y reciben el bautismo hasta que dejan este mundo y reciben la extrema unción. Cada vez que participan en los sacramentos aumenta el beneficio de la gracia interna de Cristo que se otorga con el bautismo y se consagra con la confirmación y la comunión. Aunque no tengo intención de hablar de la filosofía oculta respecto a todo esto, no me queda más remedio que aclarar algunos hechos por ese medio a pesar de que algunos lectores no lo crean. La iglesia menciona diferentes jerarquías superiores al hombre y las llama Dominaciones, Potestades, Tronos, Principados, Arcángeles, Ángeles, etc., la filosofía oculta también las reconoce aunque en algún caso lo hace por otro nombre. Pues bien, de esas Jerarquías, las dos inmediatamente por encima del hombre (Arcángeles y Ángeles son los que mayormente colaboran con las ceremonias de las iglesias cristianas y, por tanto, con los Sacramentos. La vida y la forma del ser humano y de los reinos de la naturaleza no podrían existir sin su ayuda, es más, no habría evolución física ni espiritual durante la vida ni después de la muerte sin su ayuda y sin su labor. Así, en los Sacramentos cristianos colaboran principalmente los Ángeles distribuyendo la energía espiritual o en particular como es el caso del bautismo o la extrema unción.

            Sabemos que una imagen percibida por nuestros ojos puede causarnos nausea, o que un sonido puede hacernos sentir miedo y ponernos el vello de punta, y que, en general, todo lo que perciben los sentidos nos afecta armónica o desarmónicamente según nuestro desarrollo, sensibilidad, poder mental, etc. Los sacramentos conceden espiritualidad, sensibilizan nuestros cuerpos y favorecen la armonía y el equilibrio emocional y mental cuanto más pongamos de nuestra parte y cuanto más devotos seamos. Y eso se consigue en cada ceremonia con cada palabra de poder o acto simbólico que esconde una manipulación de la energía que desciende y que los Seres Angélicos manejan. Los sonidos, las repeticiones, los cantos, las oraciones y ciertos actos (como el alzamiento de la hostia consagrada en la eucaristía) son invocaciones y órdenes para que la energía espiritual cumpla su función sobre los asistentes. El ser humano no es el  cuerpo físico, éste es solo la forma visible, pero dentro de él está la vida, el aspecto emocional, de deseos, la mente y el Alma o Espíritu que se manifiesta como voluntad por encima de todo lo demás. Pues bien, cuanto más control se tenga sobre esos cuerpos para que estén en armonía, mejores resultados obtendremos cuando asistamos a una ceremonia o recibamos un Sacramento ¿Y cuál es la manera de conseguir esa armonía interna? Siguiendo las enseñanzas de Cristo que es como nos hacemos merecedores de Su gracia. La iglesia no debe rechazar a quien busque su desarrollo interno, su papel es de mediadora para que quien busque algo especial reciba la ayuda correspondiente. El papel más objetivo o concreto de la iglesia es despertar la fe y la esperanza, y su nota-clave bien podría ser la fraternidad y el amor.

            Pasemos ahora a analizar los Sacramentos haciendo más hincapié en los más practicados por la sociedad.

 BAUTISMO: En los primeros tiempos del cristianismo, el bautismo se efectuaba sumergiendo todo el cuerpo de los neófitos en una fuente cuya agua había sido convenientemente tratada y bendecida para que cumpliera su función de purificación, protección y de ayuda contra las influencias negativas. Sin profundizar mucho en las enseñanzas ocultas que he estudiado diré que los cuerpos invisibles superiores tienen unos vórtices o chacras, que se trabajan en el bautismo por medio del ritual (señal de la cruz en diferentes partes del cuerpo del propio bautismo y las palabras de poder utilizadas por el sacerdote) De esta forma la persona queda protegida contra ciertas influencias y queda marcada como cristiana para toda su vida. Naturalmente que los practicantes renuevan el compromiso y la influencia espiritual sobre sus cuerpos cuando hacen la señal de la cruz con agua bendita en las iglesias y durante las ceremonias. Para que el agua bendita tenga el poder de purificar y proteger debe estar bendecida por alguien que tenga el sacramento del Orden y que con el poder de la palabra haya dicho la oración o mantra correspondiente, como así está escrito en los rituales antiguos de la iglesia. Los mantras y los signos sobre el agua potencian la vida del Espíritu e influye sobre la vibración de los diferentes cuerpos para que estén más en armonía con la energía crística y más protegido contra las influencias negativas de los mundos suprafísicos. Antiguamente se practicaba el bautismo cuando la persona ya era adulta y cuando había alcanzado cierta preparación. Actualmente el bautismo casi se considera más una preparación para el sacramento de la confirmación por el hecho de que a la edad de la confirmación ya se es más razonable.

CONFIRMACIÓN: Como la palabra indica este Sacramento confirma el beneficio del bautismo, o mejor dicho, fortalece los vínculos entre los cuerpos de la persona y los mundos superiores para que el individuo se sienta más protegido de ahí en adelante. El Orden  Sacerdotal confiere cierto poder a los sacerdotes para que sean medios para ayudar espiritualmente a las personas y para que puedan distribuir la energía espiritual procedente de los mundos superiores. Sabiendo esto, pues, es lógico que un obispo tenga mucho más poder que el sacerdote y que pueda trabajar con otras energías superiores puesto que en su consagración así quedó establecido. Por tanto, cuando el obispo impone sus manos y cuando más tarde hace la señal de la cruz en la frente diciendo sus correspondientes palabras de poder, lo que está haciendo es invocar una fuerza que fortalezca la unión entre la personalidad y los aspectos superiores que forman el Espíritu. Evidentemente, y como ocurría antiguamente con el bautismo, el aspirante a la confirmación debe estudiar y prepararse para estar lo más en armonía posible con la vibración de la iglesia cristiana.
 
LA EUCARISTÍA: Dentro de la simbología que hay en la Biblia, en los Sacramentos y en la Eucaristía, hay que destacar el significado de la obra de Cristo, el Hijo de Dios encarnado para que el hombre encuentre la salvación y la vida eterna. Esto es una verdad, tanto desde el punto de vista exotérico como del esotérico, y eso se podría explicar analizando el Sacramento de la Eucaristía desde cualquier punto de vista. Sin profundizar mucho en las enseñanzas ocultas (dadas por clarividentes) porque nos ocuparía muchas páginas, diré que lo mismo que la Luz Divina se manifiesta en el mundo físico a través del Sol para que éste dé vida a todo ser viviente, también lo hace Cristo  respecto a los alimentos dando su vida cósmicamente para su transubstanciación. Así Cristo convierte los alimentos en su propio cuerpo y sangre porque están unidos a Su propia vida divina lo mismo que están unidos nuestro cuerpo y sangre a nuestra Alma.  De esta forma, en el rito del Sacramento se forma una común-unión entre el hombre y Dios. La Eucaristía simboliza el eterno sacrificio de Cristo dando Su Vida por nosotros y su arquetipo se representa físicamente todos los días en las iglesias para beneficio de los asistentes visibles e invisibles. En Icor. II: 23-30 se dice lo mismo que en la Misa pero algo más ampliado donde Cristo nos dice que el pan es su cuerpo y el vino su sangre y que cuando lo consumamos lo hagamos en conmemoración suya para mostrar  su sacrificio y muerte por nosotros. Como he dicho, Cristo nace y muere cada año cósmicamente para que tengamos alimento, es decir, sus rayos de Vida descienden en otoño para nacer en navidad, fecundan el planeta en invierno, causan su efecto (todo florece y los animales se reproducen) en primavera y ascienden de nuevo en verano para preparar un nuevo descenso al siguiente año. Pero esas palabras de Cristo también significan que quien no sepa aprovechar su influencia espiritual anual está pecando como quien come sin dar gracias a Dios por los alimentos. Por tanto, el planeta Tierra representa Su cuerpo y Su sangre y así será hasta su vuelta o instauración de Su Reino.

            Pero, pasando esto al rito sacramental, quien toma la comunión debe hacerse copartícipe de una común naturaleza con quienes colaboran desde los mundos invisibles manejando las energías espirituales que depositan sobre la Hostia Consagrada y el vino para que afecten a los cuerpos etéricos. Esto tiene su similitud con los alimentos que tomamos a diario, crecen y se reproducen gracias al descenso de los rayos vitales de Cristo cada año pero también gracias a quienes los trabajan, por tanto, también deberíamos dar gracias a ellos. Los ocultistas sabemos que lo que vemos físicamente es sólo la expresión de un arquetipo etérico creado en el propio mundo del pensamiento con la clara intención de ayudar a los que comulgan, por eso, desde que el oficiante hace la señal de la cruz sobre lo que materialmente llamamos el pan y el vino (el cuerpo y la sangre de Cristo) los Ángeles y los Arcángeles depositan una esencia especial sobre ellos que repercutirá en el Ser interno de quien la toma. Así, quien comulga, siendo verdaderamente cristiano, debería aprovechar esa fuerza espiritual para hacerse un imitador de Cristo en su vida cotidiana, hasta el punto de sacrificarse por hacer algo por los demás. Esto es lo que normalmente se llama “participar de la vida  de Cristo” y hacer de su cuerpo “un sacrificio viviente agradable a Dios.” De aquí que esté escrito que al comer o al beber, o cualquier otra cosa que hagamos deba ser hecha para la mayor gloria de Dios, por tanto, cada uno de nuestros actos debería ser una plegaria o una manera de agradecer a Dios la posibilidad de hacerlo. Dijo S. Pablo que “aquellos que participan de la comunión sin vivir la vida (sin sacrificarse por ser imitadores de la obra de Cristo) están en peligro de enfermedad y de muerte”. Aunque estas palabras se refieran también y principalmente al aspecto espiritual, es cierto que los alimentos deben ser comidos dando gracias a Cristo por su sacrificio anual y teniendo en cuenta que, al fin y al cabo todo alimento es sagrado.

Francisco Nieto