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miércoles, 18 de marzo de 2015

CONOCIENDO Y ADIESTRANDO A LA MENTE (II)






Cuando observamos los objetos de la percepción y del pensamiento en sus detalles es como pasarlos por un filtro para convertirlos en material fiable sobre el que se puede enjuiciar, tomar decisiones, teorizar, etc. El hecho de prestar una atención clara a lo que perciben nuestros sentidos nos libera de muchos aspectos engañosos que nos hacen interpretar mal las cosas y nos da el conocimiento y la comprensión necesaria para actuar correctamente. Por tanto, podríamos decir que observar detalladamente va aumentando el hecho de ser conscientes y nos facilita más claridad, más conocimientos y más comprensión. Si queremos ver con más claridad y progresar en nuestra evolución interna debemos practicar la atención tan plenamente que seamos conscientes de lo que nos rodea y nos afecta. Esta es la manera de que la mente se libere de los engaños de las percepciones, de las distracciones y de los impactos y sensaciones que la dominan; por consiguiente esta práctica “desapega” a la mente y la libera para actuar más limpiamente bajo la dirección del Ego.

            La plena atención se debe llevar a cabo en cualquier tipo de acción incluyendo el razonamiento, eso facilita una conciencia más clara de lo que nos sucede y lo que nos pueda suceder y que nos llegue a través de los sentidos, de lamente y del cuerpo emocional. Pero para que se produzca esa conciencia más clara y se registre en la memoria como algo limpio debemos observar sin reaccionar ante lo observado, sin enjuiciarlo ni tampoco emitir pensamientos o sentimientos al respecto (agradable o desagradable, bueno o malo, bonito o feo, etc.) no hay que emitir nada voluntariamente por parte nuestra cuando prestamos atención plena o cuando observamos detalladamente pero si surgiera algo de nuestros cuerpo internos o de nuestra memoria, simplemente se lo observa y se deja marchar para no implicar a lamente y para no ensuciar esa comprensión y visión clara. Este sería el proceso receptivo de la mente que limpia y prepara el trabajo para adquirir un conocimiento más real y consciente para la memoria, lo que, como cualquier ocultista sabe, tiene una gran importancia con el trabajo nocturno de restauración del cuerpo y con el proceso post-morten.

Supongamos que por la imprudencia de otra persona tenemos un accidente y nos deja el coche casi inservible. Si ponemos en práctica la atención veremos todo de una forma global, pero si la tención es detallada no se quedará solo en la percepción general sino que es muy posible que despierte sensaciones, deseos o emociones, y esto nos debería llevar a la observación, contemplación de esas sensaciones o emociones para comprobar si van dirigidas contra la otra persona, e incluso se debería prestar atención detallada a la mente para ver si ésta emite pensamientos o juicios. Así vamos filtrando todo para que la atención sea plena y clara sin nada que la engañe ni la entretenga. Solo así, con una tención pura y una auto-observación sobre el aspecto interno podremos conocer y adiestrar a la mente para que no se vea engañada o implicada en los hechos, lo que nos libera de karma y lo que nos da control sobre los diferentes cuerpos y poder de la voluntad, es decir, solo así vemos, oímos y sentimos en estado puro.

            La mente es la que nos hace sentir que “vivimos”, decimos que si pensamos es porque vivimos pero no es lo mismo vivir a través de las percepciones y de las sensaciones limpias porque la atención ilumina a la mente y nos trae un conocimiento directo, que vivir con unos conceptos personales y de la memoria que nos llevan a creer en algo que es una mezcla de todo lo que creemos ser según lo conocido hasta ese momento. Solo lo examinado con una atención clara y pura puede ser comprendido y asimilado por la que llamamos sabiduría pero no tendrá los mismos efectos si la mente se deja engañar por los prejuicios, impulsos, hábitos, pasiones y otras adicciones ajenas a la voluntad del verdadero Yo. La verdadera atención u observación nos facilita la posibilidad de investigar un asunto de una manera profunda, desapegada y desapasionada a la vez que encontramos la relación entre lo observado y el observador que está por encima de la mente. Para conocer y adiestrar a la mente hay que observar dejando que las cosas se muestren tal como son sin inmiscuirnos como personalidad como tenemos por costumbre hacer cuando nos precipitamos, enjuiciamos y nos dejamos llevar por todo lo que representa la personalidad. La personalidad crea efectos sobre los que la atención detallada percibe como si fuera la primera vez con tal de verlos más claramente y de obtener una clara comprensión de los hechos.

            El hecho de enjuiciar, de etiquetar y de mezclar lo que observamos con nuestros hábitos de pensamientos y nuestros deseos y emociones evita que adquiramos un conocimiento directo, que tengamos momentos de inspiración y que estemos preparados para hacer una verdadera interpretación y evaluación de lo que percibimos. Cuando trabajamos así con la mente lo primero que advertimos es la confrontación entre los conceptos guardados del pasado y los nuevos que queremos alcanzar y asimilar como puros, esos cambios o ese morir y nacer del pasado y del presente trae experiencias intensas que nos hacen ver el mundo desde otra perspectiva más real a la vez que nos aporta una riqueza informativa más dinámica respecto al proceso mental. Si queremos adquirir esa concentración y dominio mental de la que estamos hablando debemos excluir esa especie de “ensueños” o irrealidades que engañan a la mente, siempre que no haya necesidad de utilizarla para pensar o discernir con algún propósito determinado, es decir, cuando se alcanza ese vacío mental o pausa. Pero, como he dicho, si algo impide dicha concentración u atención para alcanzar ese silencio, lo mejor es observar lo que surge, no intervenir y dejar que desaparezca. La atención u observación plena pone en orden todo lo que influye a la mente, sean razonamientos confusos, ideas poco claras, emociones dominantes o reprimidas y partes inconclusas que (como todo lo anterior) solo hacen que gastar energía y debilitar el poder de la mente.

            La persona que sabe meditar y observar a su mente sabe que, además de su aspecto cognoscitivo, no existe entidad alguna en ella. La mente nos informará de cosas o hechos que hasta ahora no habíamos tenido tan presentes como, por ejemplo, de su propio mecanismo; de cómo actúan y repercuten los deseos y las emociones sobre nosotros; del porqué, cómo y cuándo de nuestras respuestas y actitudes; de cuáles son nuestras debilidades y fortalezas del carácter; o de cómo obtener desarrollo por medio de la experiencia y las relaciones, entre otros. Cuando observamos a la mente con una atención precisa la conocemos en todos los sentidos y conocemos el mundo que nos rodea a través de ella gracias al examen exhaustivo de los hechos que podemos hacer. Para comprobar esto sólo es necesario ponerse en el papel de espectador silencioso (estar atentos plenamente pero sin intervenir de ninguna manera) ante las percepciones de los sentidos, ante la gente y ante los hechos o circunstancias que nos rodean, es más, si es posible, sea auto-consciente de sí mismo en cada ahora para que su mente no se deje influenciar por nada, simplemente observe y verá como ese día es mucho más armónico y tranquilo que los demás. Esto es así porque, generalmente, respondemos rápidamente (y razonando muy poco o nada) a cualquier impacto o estímulo que nos llega en forma de palabras, emociones, pensamientos, etc.

Entonces nos alteramos, criticamos, creamos desarmonía emocional, actuamos impulsiva o instintivamente y damos rienda suelta a la mente para que haga lo que quiera. ¿Cuántas veces un “no pensar como nosotros” hace que nuestra mente desconfíe de la otra persona y que surjan deseos y emociones que nos alteran, nos enfadan y nos desequilibran? Si en ese caso observáramos atentamente y no interviniéramos con ninguna clase de respuesta ni le diéramos importancia, seríamos más felices internamente y tendríamos una relación amistosa continuada. Es el hábito de intervenir y responder, es el apego a las cosas, la incomprensión, la intolerancia y en definitiva, la falta de control de la mente y de saber silenciarla y mantenerla siempre en el aquí y en el ahora lo que nos perjudica. La vida es más feliz, más armónica y más fácil cuando se observa al mundo, a uno mismo y a la mente con atención y en silencio meditativo. Esto no significa que no se deba razonar, al contrario, el observador debe discernir sobre lo que ocurre cuando sea necesario pero de una forma voluntaria y consciente como un Yo superior que es.

            Estas enseñanzas, que bien podríamos comparar con las de Patanjali, Eckhart Tolle, mindfulness, o con el budismo mismo, entre otras, no tratan sobre teorías mentales sino sobre el conocimiento y la formación o adiestramiento de la misma para así cambiar el carácter y, a su vez, el destino de las personas. No es lo mismo un carácter incontrolado (por deseos, emociones, hábitos, impulsos, etc.) y cuya mente anda pensando en lo que la viene en gana o dejándose llevar por cualquier cosa, que una vida tranquila y feliz gracias a que se observa atentamente como pasa todo y solo se interviene con la mejor voluntad cuando se desea hacer un bien o crear armonía y paz. De hecho, es muy posible que la psicología actual ande con estas prácticas u otras similares porque casi todo el sufrimiento que pueda padecer cualquier persona procede más de la precipitación irrazonada, de la ignorancia, de la intolerancia y del poco auto-control, que del mal que le puedan hacer a  uno. Cuando alguien no tiene la suficiente voluntad como para controlar sus diferentes cuerpos (emociones, deseos, acciones incontroladas, palabras y pensamientos) puede, y así debería ser, hacer una pequeña pausa mientras está plenamente atento para ver qué, cuándo o cómo puede responder o intervenir de una forma correcta. Ese momento de atención silenciosa mental y de discernimiento voluntario y consciente en sí mismo es el que puede evitar mucho sufrimiento, problemas, enfrentamientos, enemistades y, por supuesto, mal karma para el futuro. Es en ese momento de atención pura y de mente controlada cuando ésta está en nuestras propias manos lista para recibir las órdenes o instrucciones para actuar. Si no se hace así podemos estar seguros que responderá o pensará por su propia cuenta y según sus hábitos de muchos años, sus juicios falsos, sus gustos por determinados deseos o emociones o según lo que perciban los sentidos pero sin discernimiento alguno.

            El hecho de que los resultados sean mejores o peores (suponiendo que esta práctica se lleve perfectamente a cabo) dependerá del grado de desarrollo moral, intelectual y espiritual que la persona tenga, puesto que cuando se está plenamente atento lo que estamos haciendo es ralentizar o “detener” el tiempo entre una causa que nos puede hacer intervenir de alguna manera y la intervención misma para así tomar una decisión de acuerdo a la buena voluntad y a los ideales elevados que uno tenga. La intervención o respuesta debe ser sabia, auto-controlada y con sentido común antes de que puedan surgir las reacciones o respuestas automáticas de la personalidad. Como el lector podrá advertir, cuando gracias a la atención y la auto-observación hacemos esa pausa en la actividad y receptividad mental entonces ni nos invaden tantas cosas indeseables ni nos tientan con tanta frecuencia lo que rechazamos, digamos que cada vez van pasando delante de nuestra atención sin necesidad de observarlas ni analizarlas porque irán perdiendo su poder.

Esta clase de práctica nos facilita el tiempo necesario para saber si es aconsejable intervenir de alguna de las maneras posible y cómo hacerlo, si razonando, hablando o actuando. Y esto tiene también su ventaja porque, generalmente, también tenemos el mal hábito de responder impulsiva y precipitadamente y de entrometernos donde no nos llaman; lo que, a su vez nos puede traer problemas y sufrimiento. Es evidente que esto no lo puede creer cualquier persona o que incluso le parezca muy difícil (como así es) pero, al menos, hasta donde yo he llegado, puedo asegurar que se evitan problemas discusiones, malos pensamientos y deseos y emociones negativas. La pausa o vacío mental que debemos dar a la mente es una especie de “observar y analizar antes de actuar” para frenar el impulso de responder por hábito, instinto, impulso o automatismo.

Francisco Nieto