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martes, 17 de junio de 2014

¿ES CIERTO QUE DESPUÉS DE LA MUERTE VEMOS UNA PELÍCULA DE NUESTRA VIDA?


 


Así es, y no solo vemos la película de nuestra vida como espectadores sino que, además, después extraemos la quintaesencia de las experiencias de ella para aumentar nuestro desarrollo y nuestro poder espiritual, y nos implicamos en la creación de una nueva “película” relacionada con nuestra futura vida. El motivo principal por el que estamos aquí en la Tierra no es el disfrute de los placeres, ni de los bienes materiales, ni tampoco la felicidad puesto que todo eso no sirve de nada en los mundos espirituales. El motivo por el que renacemos es principalmente la experiencia porque gracias a ella obtenemos conocimiento y nos conocemos a nosotros mismos. Por tanto, tiene que haber un trabajo y una colaboración directa o indirecta para que todo eso se cumpla y para que podamos seguir evolucionando hasta alcanzar la perfección prevista en el “Plan de Dios” Analicemos primeramente los dos primeros panoramas o películas que nos presentan (como Egos) antes de renacer para así comprender mejor el hecho de que veamos los otros tres panoramas en sentido inverso.

Para no complicar al lector con las enseñanzas sobre la necesidad de renacer, analizaremos sólo un ciclo de lo que entendemos como vida y muerte de cualquier persona normal de nuestros tiempo, puesto que, tanto ascenso hacia los cielos como el descenso de los mismos, no era igual hace unos miles de años como lo es ahora. La evolución desde antes de ser humanos hasta ahora ha hecho que obtengamos y que desarrollemos los diferentes cuerpos y la mente, de ahí que el proceso post-morten y los destinos sean diferentes y cada vez con más posibilidades de obtener más progreso de las vidas. Así es que es la evolución de cada individuo y su comportamiento el que marcará el beneficio que se pueda extraer de cada vida y la “programación” de la futura.

Después de cada vida y una vez abandonados todos los cuerpos pero quedándose son su quintaesencia y con unos átomos llamados “simiente” porque son la base de los futuros cuerpos, el Ego se encuentra desnudo frente a sí mismo pero con su poder espiritual obtenido en el que, bien podríamos llamar, “acumulador de poder espiritual” o Tercer Cielo, situado en los tres planos superiores del Mundo del Pensamiento. Desde ahí es desde donde comenzará una nueva vida después de obtener cierto descanso y el fortalecimiento necesario para afrontarla. Si nuestra vida en la Tierra ha tratado más que nada de actuar y pensar dominados por el deseo de disfrutar y por  las pasiones, tendremos una existencia más vívida en el Purgatorio; si nuestra vida ha estado centrada en las emociones y sentimientos elevados y en deseos puros y fraternales, estaremos más centrados y obtendremos más desarrollo espiritual en el Primer Cielo; si nos gustaba planificar, imaginar y hacer cosas superiores y mejores en la vida social, etc., entonces el mayor provecho lo obtendremos del Segundo Cielo. Sin embargo, pocos nos movemos aquí en lo abstracto lo suficiente como para ser conscientes en el Tercer Cielo y para obtener un verdadero adelanto allí. Solo los más avanzados Egos desarrollan esas ideas originales que les harán “genios” en su futura vida, los demás solemos estar dormidos en esos planos elevados del Mundo del Pensamiento hasta que llega la hora de renacer. Es precisamente la asimilación de las experiencias de la vida y el descanso de ese sueño que hace que no nos acordemos  del pasado, lo que nos despierta y hace que accedamos a renacer porque deseamos tener nuevas experiencias.

Partiendo de la base de que el lector cree en el Renacimiento y en la Ley de Consecuencia que administra nuestro karma y nuestro destino, he de decir que nuestro destino futuro está condicionado por el karma de las vidas pasadas. Todos tenemos deudas pendientes con otras muchas personas fruto de las relaciones en anteriores vidas, unas serán para bien y otras para mal según haya sido nuestros comportamiento con ellos en pensamiento, palabra y obra. Por eso y como base del progreso, es necesario que en cada vida liquidemos algunas cuentas pendientes con nuestros amigos y enemigos, y para eso están la jerarquía encargada de planificar y ajustar nuestro futuro destino; a estos seres se les suele llamar “Ángeles del Destino” o “Ángeles Archiveros”. Ellos son los que estudian nuestro pasado y nuestras deudas para ver si en nuestra próxima vida hay otros Egos encarnados con los cuales podamos relacionarnos para saldar deudas del pasado. Solo en casos excepcionales donde el karma maduro no nos lo permita, el Ego tendrá la posibilidad y el libre albedrío de elegir algunos hechos importantes del panorama o película que estas Jerarquías nos ofrecen. Los varios panoramas que nos ofrecen están basados en nuestros propios hechos pero, aún así, podemos elegir las líneas generales de nuestros futuro destino; eso sí, una vez elegidas con la conciencia que allí tenemos, ya no hay marcha atrás y tendremos que afrontarlo por muy duro que sea el destino. De estas palabras podemos deducir que el lugar donde renacemos, la pareja con la que formamos matrimonio, las personas de la familia y con las que más intimemos, así como los hechos más notables de nuestra vida, pueden ser parte de esa elección del panorama elegido en ese Tercer Cielo. Por eso no podemos ni debemos pensar que nuestro destino es casual ni es fruto de un Dios antojadizo que nos castiga o nos impulsa a hacer el mal.

Las leyes divinas siempre trabajan para el bien y por eso el sufrimiento de nuestro karma negativo hace que no caigamos en la tentación de volver a hacer el mal, o sea, la conciencia nos advierte pero, aun así, nosotros hacemos voluntariamente el mal. Debe quedar claro que las Jerarquías que intervienen en la formación de los diferentes panoramas lo hacen basándose principalmente en lo que existe sobre ese Ego en la memoria de la naturaleza, y sobre la otra memoria existen en el Mundo del Espíritu de Vida, por tanto, todo lo que después elegimos allí como Egos es solo nuestro y nadie nos pone ni nos quita nada. La sabiduría de esas Jerarquías es la que hace que cada panorama contenga lo que más necesitamos para nuestra evolución. Es la elección del panorama, los detalles que nosotros añadimos para que ocurran en esa futura vida (porque deseamos quitarnos esas deudas) y la aceptación que hacemos de ese destino poco antes de renacer lo que hace que tengamos que hacer frente al destino bueno o malo según hayamos sido y lo que hayamos hecho en pasadas vidas. Hay una gran diferencia y una explicación al porqué de esa diferencia en la visión de la película antes de nacer y después de muerto. En la primera vemos los hechos desde el nacimiento hasta la muerte para que entendamos que cada causa tiene su efecto, y la segunda (después de la muerte) para que comprendamos que cada hecho que ocurre en la vida es efecto de alguna causa anterior. De aquí que se diga que el sufrimiento y el dolor son nuestros mejores maestros, sobre todo cuando no escuchamos la voz del Ego que es el que contiene todos los resúmenes de las anteriores vidas.

La experiencia es “el conocimiento de las causas que producen los actos”, y como la adquisición del conocimiento y la voluntad son los  motivos que nos llevan a renacer, es por eso que cuando hacemos algo en contra de la moral y de las leyes divinas, la conciencia nos causa dolor y remordimiento. Si no aprendemos por las buenas, si no escuchamos al Ego como conciencia y si no cambiamos cuando el dolor nos advierte y nos tortura, serán otros efectos más duros los que nos obliguen a cambiar. Solo el sendero de la Verdad, de la pureza, del amor y del servicio desinteresado a nuestros hermanos nos puede liberar del sufrimiento puesto que nosotros no podemos quedarnos en ese Cielo hasta que no hayamos aprendido las lecciones necesarias. Lo mismo que todo lo que hemos hecho, sentido y pensado durante la vida, conforman nuestro futuro Infierno, Purgatorio y Cielo, así mismo, el resultado de todo eso más las tendencias y el karma latente conformarán el arquetipo sobre el que se desarrollará el futuro destino. El resultado de las experiencias (físicas, morales, intelectuales y espirituales) conforman las tendencias y las posibilidades de los futuros cuerpos (mental, emocional, etérico y físico) y el lugar y el karma maduro del futuro destino. Esos resultados manifestados en el arquetipo y en el panorama que vemos en el Mundo del Pensamiento actúan como fuerzas que nos empujan a cumplir con nuestro destino, o sea, según actuemos, sintamos y pensemos así obtendremos unos cuerpos más o menos desarrollados y así tendremos más o menos oportunidades de desarrollo espiritual en la siguiente vida.

El cuerpo físico, los padres y hermanos (entre otros) el lugar, la vida social, las enfermedades, la duración de la vida fijada en el arquetipo, o la clase de muerte está programado en ese panorama o proyecto. Lo demás lo ponemos nosotros y lo ejecutamos aquí según las posibilidades que nos ofrezcan dichos resultados de la vida pasada. Aunque la mayor parte de nuestro destino está “escrito” y nos pertenece como efecto del pasado, siempre tenemos nuevas oportunidades de crear nuevas causas y siempre tendremos la posibilidad de elección entre decir sí o no y hacer el bien o el mal.

Francisco Nieto

lunes, 2 de junio de 2014

LA NEUROCIENCIA Y EL DESARROLLO DEL SER INTERNO (y IV)





Cuando vivimos en el pasado, generalmente, lo hacemos a modo de “sobrevivir” al amparo de lo conocido y experimentado, cuando no estamos preocupados por la salud lo estamos por la economía, por el trabajo o por la falta de tiempo que nos queda para hacer tal o cual cosa. Esto es vivir en la desesperación y en el estrés en vez de hacerlo en sentido creativo y de futuro, viendo a las personas y al mundo desde otra perspectiva más espiritual. Todos sabemos que el sistema nervioso simpático nos advierte alterando el equilibrio químico del cuerpo, o sea, estresándonos. Y esto suele ocurrir con un simple pensamiento que creamos (la mayoría de las veces automáticamente) cuando tenemos que hacer frente a algún problema, a alguien con quien la relación no es buena, etc. Todos, alguna vez, hemos comprobado esto, por ejemplo, al recordar una discusión con alguien que  acabamos de ver de pasada, o si nos ponemos a pensar qué haríamos en un futuro si eso volviera a ocurrir. Esto quiere decir que nosotros podemos alterar el sistema nervioso o estresarnos por el simple hecho de recordar el pasado o pensar en el futuro basándonos en hechos del pasado.

¿Qué ocurriría si estuviéramos casi todo el día pensando en cosas preocupantes, en hechos problemáticos y otros similares? Pues que estaríamos casi todo el día estresados y nos costaría mucho alcanzar el equilibrio corporal para mantener un buen estado de salud. Esto trae consigo la sobrecarga de sustancia químicas y sus efectos sobre los genes más, como es lógico, la convivencia diaria con las peores emociones que impedirían el equilibrio y el hecho de que el Yo pueda estar atento y consciente ante lo que piensan, sientan y expresan sus cuerpos. Esto, a la larga, nos volvería más materialistas y egoístas y dejaríamos de interesarnos por nuestro desarrollo psíquico y espiritual. El hombre es un Espíritu y vive en un mundo lleno de posibilidades por muy encerrado que esté en un cuerpo físico y si, como un Yo que es, sabe utilizar a sus cuerpos y muy especialmente a su mente, podrá elevarse progresivamente a su mundo, pero para eso debe comenzar por vivir plenamente consciente en presente y en el futuro imaginativo en sentido creativo de una más perfecta personalidad y mundo en el que habitar. Si no dejamos de vivir en el pasado y de revivir automáticamente las emociones y los pensamientos personales y materialistas, poco conseguiremos. Cuando cambiamos todo este pasado por un presente y un futuro superior, la conciencia se eleva hacia el propio mundo del Espíritu.

Si hemos aplicado lo dicho hasta ahora nos habremos dado cuenta de que somos más conscientes, aun así y si de verdad queremos progresar en la transformación de la personalidad, es de gran utilidad que llevemos a la práctica la auto-observación y el hecho de prestar plena atención a todo cuando nos rodea. Puesto que, como sabemos, nuestra personalidad actual se compone de lo que pensamos, de lo que sentimos, de cómo actuamos y nos expresamos, y de todo lo guardado como resultado de las experiencias del pasado, si queremos transformar la personalidad, no nos queda otra solución que la de observar nuestros pensamientos inconscientes, las acciones instintivas y las reacciones emocionales automáticas para ver hasta qué grado son verdaderas o útiles. Si estamos plenamente atentos a todo ello seremos más conscientes, y si somos más conscientes percibiremos y observaremos más cosas, y si desarrollamos más la capacidad de percibir y observar lo podremos hacer tanto en sentido interno como externo. En definitiva, seremos más conscientes, (despiertos) viviremos en otra realidad, y evitaremos todas esas respuestas y expresiones instintivas y automáticas. Sabiendo lo que ocurre en el cerebro cuando pensamos, es lógico que sepamos que los circuitos, las zonas y las conexiones neurales van desactivándose progresivamente hasta que, al no volver a pensar ni a sentir de la misma forma, se termina atrofiando para dar paso a otras nuevas. Estos cambios, a su vez, impiden que lleguen las mismas señales de antes a los genes y, por tanto, que el cuerpo responda como esa mente subconsciente que aparentaba ser antes. Es razonable pues, que cuanto más nos conocemos más conscientes seamos de nosotros y de la realidad, lo que nos facilita la eliminación de la personalidad antigua para crear la nueva y deseada; así es que, si queremos cambiar en algo debemos convertirnos en otra persona.

El cerebro es el procesador y donde se instalan los programas, por eso tiene lóbulos, zonas, agrupaciones y conexiones de circuitos, cumpliendo todo ello sus funciones. Sabemos que hay personas que han hecho grandes cambios personales y de carácter en su vida, tanto para bien como para mal. Lo que indica que algo tiene que haber en ese procesador para que cuando una persona ponga voluntad y esfuerzo para cambiar, lo consiga. Nuestra intención es crear un nuevo programa (una nueva personalidad y posible nuevo futuro) y para ello debemos hacer un espacio en el cerebro para idealizar e imaginar una nueva forma de ser. El hecho de imaginar y visualizar un futuro con nuevas posibilidades donde nosotros estamos y experimentamos según el ideal que queremos desarrollar, ya hace que el cerebro cree ese espacio y que comiencen a formarse los nuevos circuitos, conexiones, etc. A su vez y como es razonable, el cerebro busca información dentro del conocimiento y de las experiencias guardadas para extraer o conectar lo que sea necesario con tal de crear esa nueva forma de pensar o “mente”.

La clave para alcanzar el éxito está en idealizar algo superior y elevado, y para ello es importante visualizar y vivir como si ya estuviéramos o fuéramos lo que deseamos. También está bien que respondamos a nuestras propias preguntas de: ¿Cómo deseo pensar y ser? ¿Qué carácter desearía tener? ¿Cómo me comportaría yo y qué efectos tendría en esa nueva realidad? El simple hecho de responder a esas y a otras preguntas similares hace que el cerebro comience a funcionar de otra manera y a renovar los circuitos y las conexiones cerebrales con tal de crear esa nueva mente. Lo que significa que cuanto más cambiemos la forma de ser, de pensar, de sentir y de ver el mundo, más cambiamos el cerebro y nuestra vida. Repito, la clave es introducir más y nueva información, porque cuanta más información más conexiones se crean y más facilitamos ese cambio que eliminará el hábito que tiene el cerebro de activarse monótona y automáticamente.

Al igual que ha cambiado el concepto de la materia hasta afirmar que es energía, también ha cambiado la teoría de que el cerebro no puede cambiar pues, como ocurre con el aprendizaje y la memoria ocurre con los circuitos y las conexiones entre las neuronas. Esto nos ayuda a comprender la posibilidad de que también podamos eliminar y desconectar circuitos que representen los aspectos que no nos gustan de la personalidad actual. Es decir, podemos conseguir que nuestro “nuevo cerebro” ya no siga activando las zonas que representan lo que no nos gusta, a la vez que estimula lo nuevo para ir más allá de las limitaciones y de las circunstancias actuales. Analizando un poco más despacio todo esto, cabe preguntarnos ¿No estamos controlando, como nueva personalidad, lo que antes considerábamos inconsciencia? Cuando tenemos nuevas ideas y nuevas formas de pensar con tal de cambiar de conducta para así obtener mejores y nuevos resultados como efecto de aprovechar oportunidades, estamos produciendo nuevas situaciones y nuevas experiencias que crean nuevas emociones que, a su vez, originarán nuevas  sustancias químicas.

Por otro lado, cuando actuamos de una nueva forma y con más elevadas intenciones en el mundo, los sentidos envían esa información al cerebro para que éste lo refleje y se enriquezca como “nuevos conocimiento” que se manifestarán emocional y sentimentalmente estimulando, a su vez, nuevos deseos y nuevos pensamientos en esa misma línea de conducta. Esto es, al fin y al cabo, un estado creativo del ser, y cuando con esta práctica nosotros nos ponemos en ese estado creativo, la nueva mente disminuye la actividad de las redes y conexiones de las otras áreas del cerebro para centrarse en los pensamientos que nos interesan. Esto podría definirse como un estado de ensimismamiento o aislamiento total que, al mismo tiempo, se convierte en “realidad” porque no hay ninguna clase de distracciones. En esos momentos vivimos totalmente centrados (como ser) en esos pensamientos presentes de la realidad futura; estamos reprogramando el cerebro para que vea una nueva realidad que traerá un nuevo estado del ser; y estamos creando una nueva mente subconsciente que cambiará las respuestas automáticas del cuerpo. Es decir, ya no pensamos, ni sentimos, ni actuamos como antes y, mucho menos, tenemos estrés. Entonces y a partir de ahí, ya no nos sentimos condicionados por el pasado y, por el contrario, hemos creado una realidad llena de posibilidades futuras.

                                   Francisco Nieto