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miércoles, 16 de octubre de 2013

DE EL DESEO A LA VOLUNTAD (IV)






Como ya hemos dicho en algún párrafo anterior, la Voluntad es un aspecto o Poder del Espíritu, y aunque en su manifestación en el mundo físico hace millones de años cuando aún no habíamos aprendido a razonar se representara como deseo, la voluntad siempre ha estado presente haciendo su labor desde los mundos espirituales. Por eso, en ocultismo se dice que el Ser es voluntad en su esencia y que la razón o el intelecto se han creado gracias a la voluntad como el ojo se ha formado gracias a la luz. Esto tuvo que ser así en los primeros tiempos porque era necesario que la voluntad se pudiera manifestar (sobre los vehículos del Ego) por medio de la mente. De ahí que la voluntad preceda y se pueda imponer sobre el intelecto o razón, o los use según si criterio, acción, etc. Podemos conocer personas con gran capacidad de decisión y voluntad o con grandes deseos y voluntad de acción, pero si hay ausencia de intelecto o razón los resultados pueden ser nefastos.

La razón y el discernimiento pueden darse cuenta de la complejidad que existe ante tal o cual decisión, pero es la voluntad la que decide la manera y cómo actuar. Aun cuando hay voluntad de decisión y razón podemos hacernos o no conscientes de todo lo que hacemos, sentimos o pensamos gracias a la voluntad, puesto que la voluntad nos sitúa por encima del pensador y de sus pensamiento (de la personalidad) Desde esa posición donde voluntad y consciencia son una, nos podemos dar cuenta (como Egos) de que podemos dirigir la atención hacia donde  queramos, de que podemos utilizar la mente en la dirección que queramos (concentración, discernimiento, observación, contemplación, etc.) y de que podemos vivir en lo interno como observadores de lo externo. Por consiguiente no nos queda más remedio que decir que todo eso se alcanza desde la posición del Yo, porque el Yo no puede estar separado del acto. Incluso cuando la decisión o la acción es “involuntaria”, (inconsciente o instintiva) el Ego está involucrado en ello porque la voluntad última está relacionada con el Espíritu.

Hay otros aspectos de la voluntad que no son tan fáciles de comprender como lo mencionado hasta ahora y que, sin embargo, los ponemos en práctica muchas veces. Uno de ellos es la sugestión que utilizan algunos profesionales sobre ciertas personas por no decir la propia autosugestión que nosotros mismos nos hacemos. Todas las personas, a lo largo de la vida se proponen alcanzar una meta o hacer algo nuevo que cambie su carácter, sus circunstancias o su vida, (dejar de fumar, crear un hábito nuevo que le beneficie, etc.)  y algunas de estas personas se lo proponen tan a menudo que el subconsciente toma nota y actúa como una voluntad independiente. Por ejemplo: Un aspirante espiritual se propone orar todos los días a determinada hora y estar el mayor tiempo posible relajado y manteniendo buenos pensamientos en la mente. Cuando se persiste en el propósito se produce la autosugestión y esta cumple dos funciones que son: Recordarnos lo que queremos hacer (por ejemplo,  la hora a la que queremos orar) y despertar la voluntad subconsciente para que nos recuerde lo que deseamos. Esta voluntad subconsciente es la que muchas veces, cuando tenemos un problema que resolver y nos acostamos dejando la pregunta en el aire, al siguiente día nos trae la respuesta. O también, cuando nos hacemos una pregunta y, al cabo de un rato mientras estamos centrados en otras cosas, nos viene la respuesta. De esta forma, podemos comprobar que con la autosugestión, entre otras técnicas, se puede fortalecer la voluntad y que la voluntad subconsciente hace un papel similar y casi tan importante como la voluntad consciente.

Quien se esfuerza y consigue desarrollar verdaderamente la voluntad tiene el poder de cambiar su carácter y, como efecto, gran parte de su destino y otras facultades o habilidades. Al igual que el cuerpo físico está compuesto de materia del mundo físico y que la mente está compuesta y es parte del mundo mental, también la voluntad está  en y es parte de la Voluntad Divina. Por estos motivos podríamos afirmar que cada personalidad está dirigida por una voluntad (del Yo superior o Ego) en desarrollo que terminará identificándose con la Voluntad de su creador, ya que, al fin y al cabo, somos pequeños centros de voluntad. En tiempos pasados lejanos desarrollamos la voluntad para dominar los peores deseos y emociones, (del cuerpo de deseos) actualmente lo seguimos haciendo con otros no tan groseros, pero el papel principal está en el dominio de la mente porque es gracias a la mente como más y mejor rentabilidad espiritual obtenemos durante y después de la vida. Sin embargo y aunque en un futuro tendremos que continuar el desarrollo en un nivel superior, hay que dejar claro que el objeto de nuestra existencia en esta creación o Plan Divino, es el desarrollo  perfección de la voluntad.

Por eso es necesario que la atención y la voluntad personal estén centradas de forma consciente en el fortalecimiento de la voluntad individual para que haya firmeza, independencia y originalidad de carácter. Esta es la única manera de no volvernos autómatas, de no seguir actuando tan inconscientemente como lo hacemos ahora, de dirigir en gran medida nuestro destino en vez de ir como barcos a la deriva, de utilizar la mente para discernir para encontrar la Verdad, de utilizar los cuerpos para los propósitos divinos, etc. etc. Una persona inestable y desequilibrada no puede ser una persona de carácter porque la estabilidad y el equilibrio se basan en la voluntad;  ningún aspirante espiritual alcanzará la iniciación antes que el común porque el sacrificio, la paciencia y la persistencia necesitan una fuerte voluntad. Es más, quien no tiene la voluntad suficiente como para controlarse, ser honrado, puntual, cumplidor de su deber y responsable, no alcanzará grandes alturas profesionales y, por el contrario, tendrá que pelear duro en la vida. Al desarrollar la voluntad desarrollamos el Yo superior y el carácter y al controlar el carácter y los distintos aspectos de la voluntad preparamos y mejoramos: primero el futuro próximo, y segundo los resultados de esta vida en el estado post-morten; por otro lado, también “programamos” en gran parte la vida futura.

La voluntad, como poder del Yo superior, a veces se representa como el conductor de un carruaje tirado por unos indómitos caballos (los sentidos) que no puede dominar porque algo se lo impide (por ejemplo: los placeres y deseos) Esto es cierto, todos tenemos voluntad desde que nacemos pero eso no significa que podamos o sepamos utilizarla siempre según nuestro propio albedrío. Hay personas que ni siquiera son capaces de hacer una elección porque están dominadas por un vicio  o hábito, por tanto ni son libres ni tienen voluntad en ese sentido. Se es libre cuando nada ajeno a nosotros nos impide hacer una elección y aun así, a veces tampoco podemos ejercer libremente nuestra voluntad porque el discernimiento nos lo impide. Por ejemplo, yo soy libre de comprarme o no un coche y después tendré la libre voluntad de conducirlo o lo contrario, pero de aquí podrían surgir estas preguntas ¿por qué me he comprado un coche, por razón y voluntad propia o porque ciertos deseos me dominan? Y una vez comprado, si en la población está el límite de velocidad a 50 km. por hora y yo quiero ir voluntariamente a más velocidad ¿no estaría limitado por el propio discernimiento que cambiaria mi deseo-voluntad?

Según estas observaciones, resulta que la voluntad está determinada por el motivo y condicionada por los límites del mundo físico, por tanto, el libre albedrío o la voluntad tiene que estar determinada desde dentro, desde la posición del Yo superior y no de la personalidad dominada por lo material y por los deseos. Todavía estamos muy dominados por las atracciones y repulsiones, por hábitos de pensamientos, por los defectos pendientes de superar desde otras vidas, por la cultura del país, por las debilidades, por la educación y el ambiente donde nos movemos, etc. etc. Por consiguiente, en muy pocas ocasiones que no estemos condicionados tenemos libre voluntad para alcanzar un propósito, esto solo suele ocurrir cuando el Ego domina a sus cuerpos y los propósitos surgen de su voluntad y de sus razonados impulsos siempre bajo control. 

Francisco Nieto

jueves, 3 de octubre de 2013

DE EL DESEO A LA VOLUNTAD (III)







Sería incluso conveniente que se hicieran prácticas para desarrollar la voluntad, cumplir pequeñas promesas a diario respecto a la forma de hablar o de pensar o respecto a obligarnos a meditar o a orar siempre fortalecen la voluntad. Cuando intentamos hacer prácticas similares a estas siempre surgen deseos contrarios que debilitan la voluntad, pero si analizamos los resultados de los ejercicios o hechos que queremos hacer, la voluntad saldrá victoriosa. Incluso para transformar un deseo negativo es necesaria la fuerza de la voluntad porque: 1º.- Si es negativo, el solo hecho de pensar en cómo nos puede perjudicar su práctica o consumación, ya debería hacer que no lo deseemos; y 2º.- Si queremos desear algo que nos beneficie espiritualmente, sólo debemos fijar la mente y la imaginación en todo lo que voluntariamente podemos alcanzar. Esto hace que ese deseo positivo sea cada vez más grande y más poderoso y si recreamos y observamos sus posibles y buenos resultados en nosotros, la voluntad se encargará de que se cumpla. La voluntad se desarrolla llevando a la práctica y obteniendo resultados de todo aquello que nos proponemos, aunque en cierto modo no nos guste.

La palabra voluntad se utiliza muchas veces para expresar deseo, y otras y debido a su intensidad, se le llama “querer”, de aquí que la voluntad esté tan cerca del deseo. Pero es conveniente hacer algunas distinciones entre los diferentes aspectos de la voluntad. Podemos tener deseos y no tener voluntad de acción pero no podemos abandonar una acción voluntaria sin un deseo. El deseo estimula la voluntad de tal manera que si estimulamos o restringimos el deseo estamos dominando la voluntad. El deseo precede a la voluntad, bien sea consciente o involuntariamente, pero igualmente puede despertar el deseo a la voluntad como la voluntad al deseo. El deseo unido a la voluntad puede llevar a la acción voluntaria de igual forma que la voluntad decisiva lo hace para dirigir o centrar la atención sobre algo que interesa para que surja el deseo; aun así, para que haya voluntad decisiva debe haber algún deseo que estimule a la voluntad. También el interés y la atención pueden verse estimulados sin necesidad de voluntad pero sí puede ésta anular el interés por el objeto u hecho o estimularlo dirigiendo la atención a ello hasta que surja el interés. Observando la relación íntima del deseo con la voluntad respecto a la acción, es importante que cada uno aprenda a estimular o a transformar los deseos.

Pero ¿qué es la voluntad? Por un lado es el poder que las personas tenemos para escoger entre dos opciones de acción; y por otro podríamos decir que está íntimamente relacionada con la autoridad, el mandato, la determinación, la intención o la disposición. La voluntad tiene el poder de influir o dirigir a la mente para que actúe, de hecho, podemos razonar conscientemente gracias a la voluntad, y lo mismo ocurre respecto a las planificaciones e invenciones. A veces deseamos algo pero comprendemos que no es posible obtenerlo, entonces es cuando pretendemos alcanzarlo pero sin fuerza o lucha, es por tanto, necesario que se ponga en actividad la voluntad y la persistencia si es necesario. La voluntad se relaciona con la acción, con la particularidad de que nunca estamos faltos de voluntad. Incluso cuando en una emoción hay impulso para su manifestación significa que hay voluntad en ella.

Cualquier persona sabe que antes de pasar a la acción tiene que haber una decisión, por eso también podríamos tomar a la decisión como un aspecto de la voluntad. Cuando tenemos que seleccionar, admitir o rechazar, o determinar inteligentemente (entre otros hechos) para tomar una decisión, tenemos que hacer uso de la voluntad individual. Sin embargo, esto no es lo frecuente en las personas poco desarrolladas, ya que la voluntad se desarrolla casi a la par que la conciencia y que la razón. Lo que ocurre con estas personas es que aún están muy dominadas por el cuerpo de deseos y son los deseos y las emociones quienes impulsan a la acción casi automáticamente en vez de tomar una decisión razonada voluntariamente. Está claro que es la razón y el discernimiento los que juegan el papel más importante y a estos los utiliza la voluntad a la hora de decidir conscientemente; es decir, cuando la voluntad siente que tiene que decidir es cuando recurre a la razón para discernir cual es la decisión más correcta.

Por otro lado,  hay otros dos aspectos de la mente que también entran en juego a la hora de decidir pero que, en general, no nos solemos dar cuenta de su papel, estos son: la imaginación y la memoria. Como hemos dicho, hay personas que a la hora de decidir no lo hacen siempre conscientemente, sino que lo hacen dejándose llevar por su deseo y de forma instintiva y automática. Pero, tanto en estos casos como en los que deciden razonable y conscientemente, primero se tienen en cuenta los recuerdos o impresiones pasadas y, segundo, se utiliza la imaginación para ver qué resultados puede tener la decisión que se desea tomar. Si todo esto no pasara por el filtro de la consciencia y de la mente, es fácil que se actuara según el impulso del deseo. En los casos de aspirantes espirituales, matemáticos y personas de fuerte voluntad, la atención es también muy importante en el momento de admitir, rechazar, decidir, etc., porque convierten la atención en concentración y esto demuestra el poder de la persona sobre su vida y destino.

Ya hemos visto la importancia del deseo y de la decisión, (principalmente) hemos mencionado incluso el papel que juegan el instinto y la imaginación respecto a la voluntad, sin embargo, la culminación o fin de la voluntad, es la acción. ¿De qué sirve desear algo y tomar toda una serie de decisiones para alcanzar una meta si no se pasa de la voluntad a la acción? Es cierto que muchas personas pasan a la acción por medio del instinto, de forma impulsiva o automática o por acciones reflejas o del subconsciente, pero todo esto sirve de poco cuando la persona de fuerte voluntad decide conscientemente, ya que la voluntad individual anula todas esas acciones. La voluntad de acción se basa (como resultado) en el razonamiento, consideración y juicio del deseo, y en una decisión final que dirigirá la fuerza de la voluntad hacia una acción impulsiva o instintiva, pero la acción conscientemente premeditada demuestra que la voluntad está  por encima de la decisión.

Podríamos afirmar que la fuerte voluntad está unida al dominio propio, demostrando ambos que la persona tiene una importante voluntad de acción e incluso de no-acción que a veces hay que mostrar. Se suele considerar una persona con poder de acción voluntaria:
1º.- A quien tiene el poder de influir con su voluntad a otros o sobre las circunstancias.
2º.- A quien controla a su mente impidiendo o creando pensamientos según su voluntad para luego dirigirlos de la manera más correcta.
3º.- A quien tiene el poder de utilizar la mente para discernir, juzgar, comparar, analizar, etc. correctamente.
4º.- A quien ha desarrollado el poder de crear, transformar o reprimir los deseos, sentimientos y emociones.
5º.- A quien se auto-observa en cada momento o “ahora” para ser consciente de lo que piensa, siente y hace.
6º.- A quien concentra su atención en todo lo que le rodea o llega por medio de los sentidos y lo analiza como un Yo superior u observador.

Francisco Nieto