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lunes, 16 de septiembre de 2013

DE EL DESEO A LA VOLUNTAD (II)






En cierto modo, estamos aquí en el mundo físico evolucionando (dentro del Plan evolutivo de Dios) por propia voluntad espiritual, ya que nuestro aspecto de “voluntad” tiene su origen y es parte del primer aspecto Voluntad de Dios, nuestro creador, con la particularidad de que en estos mundos inferiores la voluntad se convirtió en deseo hace millones de años. Como Espíritus, tenemos tres aspectos de los que nos valemos para evolucionar, estos son Voluntad, Sabiduría  y Actividad, pero el desarrollo de la voluntad a partir del deseo en la personalidad, se alcanza gracias al impulso que nos viene de la Sabiduría y del aspecto Actividad y que nos lleva a la manifestación. La voluntad es un aspecto de la conciencia, del Yo superior, pero no es la Actividad ya que, la Actividad, es la acción del yo personal sobre lo no-yo para así crear lo que es “real” temporalmente. En realidad, la voluntad es la que impulsa o estimula para que haya actividad, pero está detrás o encima del conocimiento. Y esto lo podemos comprobar cuando vemos que es la voluntad, utilizando a la mente, (creando pensamientos) la que “crea”, de aquí que se pueda considerar una fuerza motora. Naturalmente que la humanidad ha llegado a ser lo que es gracias a la voluntaria intervención de diversas jerarquías y guías que nos ayudaron a desarrollar la conciencia y la voluntad primitiva, pero es que, incluso ellos, están cumpliendo la Voluntad Divina de forma voluntaria. Ha sido el progresivo desarrollo de la voluntad en nosotros la que, renacimiento tras renacimiento, ha ido perfeccionando el cuerpo físico y esforzándose por manifestar nuevos y más elevados valores morales, intelectuales y espirituales. Y es esta voluntad (como Yo o Ego) la que gobernará desde dentro y dirigirá y purificará sus cuerpos hasta que ya no le sean necesarios quedando y actuando como lo que verdaderamente es, un ser libre.

Dentro de la evolución que estamos tratando, hay tres cualidades que deben ser desarrolladas si de verdad queremos acelerar nuestros pasos, éstas son: Un fuerte deseo, una clara inteligencia y una firme voluntad. Está claro que en la etapa que estamos experimentando ahora todavía tienen gran poder los deseos, por eso se suele decir que progresa más quien tiene un ardiente deseo. Los deseos, como los hechos físicos, están para experimentarlos y conocerlos porque es así como se despiertan los poderes latentes superiores. En nuestra naturaleza tiene un papel importante el cuerpo de deseos y si tenemos ese cuerpo interno es porque Dios ha querido que conozcamos y experimentemos con el deseo, de aquí que sea un error que una persona sin el suficiente desarrollo espiritual se esfuerce en matar el deseo. Aunque el deseo ha tomado la representación de la Voluntad divina del Espíritu, gracias a su conocimiento y su experiencia obtendremos el desarrollo de la voluntad individual y personal. Los deseos son impulsos que llevan a actuar instintiva e irracionalmente en una etapa pero que, a la larga, desarrollan la voluntad y la inteligencia para no dejarnos dominar por los de naturaleza negativa o contrarios a la Voluntad divina. Y esto será así hasta que nuestros deseos sean sólo los de unirnos con Dios y con nuestro verdadero Espíritu y los de desarrollar los poderes espirituales para utilizarlos en beneficio de los demás.

Cuando el aspecto “Voluntad” del Espíritu se refleja en el mundo de deseos y se convierte en deseo es cuando comienza la cautividad personal porque la voluntad queda limitada en un alto grado por los deseos hacia todo lo que nos rodea y lo que conocemos. Esta es la diferencia entre la Voluntad del Espíritu y la personal aun teniendo un mismo origen como fuerza motora que impulsa a la acción del yo sobre el no-yo. Podríamos decir que actuamos con voluntad cuando conscientemente actuamos sin dejarnos dominar por las atracciones y repulsiones o el placer y el dolor, y que actuamos llevados por el deseo cuando es lo contrario. Así es que, el deseo es la voluntad camuflada con materia de deseos reaccionando en la conciencia en forma de sensaciones; por eso la voluntad crea impulsos motores cuando siente sensaciones de donde surge el deseo. Algunos piensan que es la voluntad la que, en su evolución, destruye la energía de deseos, pero no es así porque lo que hace la voluntad es transformarla en deseos superiores hasta que estos se identifican con el aspecto espiritual de la Voluntad divina.

Todas las reprimendas y amonestaciones que la conciencia nos hace en forma de consejos contra los recuerdos dolorosos del pasado, se consideran fuerzas espirituales a disposición de la voluntad del Ego. Aun así, es cierto que se cede ante tentaciones que, con la buena voluntad y el discernimiento, se superarán fácilmente, porque está claro que cuando cedemos ante las tentaciones que causan dolor es porque el recuerdo del dolor pasado no es lo suficientemente fuerte como para ayudar a la voluntad a vencerlo. De aquí que sea necesario repetir esa misma superación de las tentaciones varias veces más hasta que se convierta en fuerza espiritual. Algunos solemos decir que intentamos hacer el bien pero que tropezamos con el mal y por eso se consideran más mal que bien a las tentaciones, pero si nos fijamos bien, todo termina evolucionando hacia el bien. Es cierto que la débil voluntad se ve dominada por el deseo, pero también lo es que cuando el aspirante espiritual lucha con persistente voluntad  contra su naturaleza de deseos, construye un ideal que vence a cualquier negatividad.

Naturalmente que esto se consigue gracias al desarrollo de la mente, esto es, cuando el objeto de tentaciones atrae al deseo, la mente recuerda otros hechos similares con sus correspondientes dolores o sufrimientos para así cortar el deseo por medio de la razón; es entonces cuando la voluntad puede transformar dicho deseo. Esta fue la gran guerra interna del pasado y sigue siendo una lucha actualmente para la mayoría de los aspirantes espirituales hasta que la voluntad y la persistencia venzan y transformen los deseos y las emociones negativas del cuerpo de deseos. Cuando la voluntad consciente utiliza correctamente a la mente, ésta utiliza la fuerza del deseo para transformar a los deseos contrarios al desarrollo espiritual. Así, desea y elige objetos que causen felicidad y paz en vez de los que causan dolor y conflicto; se interesará por los placeres intelectuales y espirituales en vez de los que causan pasión y vicio; y así sucesivamente hasta que las atracciones y deseos superiores se impongan como hábito sobre los inferiores. Es la voluntad la que pude utilizar a la propia fuerza del deseo que esclaviza para liberarse y elevarse a los planos espirituales, porque cuanto más se libera de los objetos de deseo más se eleva el yo personal hacia el Espíritu. Cuando más utiliza la voluntad personal a la mente para elevarse a los planos abstractos o de Sabiduría, más se manifiesta la voluntad del Espíritu y más libre es el hombre.

Es necesario saber diferenciar el deseo de la voluntad para poder obtener más desarrollo, puesto que el deseo procede de la misma energía que la voluntad. La diferencia está en que el deseo, por lo general, está relacionado con un objeto u hecho externo, mientras que la voluntad procede del interior y es un poder del Yo superior. La voluntad nos capacita para dirigir nuestra vida, para cambiar circunstancias, para transformar el carácter, etc., pero eso no cambia (como ocurre con los deseos) ni siquiera por el hecho de renacer porque está unida a la Voluntad divina. Se pueden desarrollar y transformar los deseos por medio de la mente, se puede desarrollar el intelecto estudiando y cultivando la atención, la observación, la concentración, etc., pero todo ello sin voluntad no es nada. La voluntad se desarrolla poniéndola en práctica y, como don especial de Dios en nosotros, hay que procurar que no esté oculta o actuando para satisfacer los deseos y placeres de la personalidad. Si de verdad queremos progresar espiritual e intelectualmente debemos tener una voluntad firme para controlar la mente y dirigir los pensamientos hacia fines elevados.

Francisco Nieto

domingo, 1 de septiembre de 2013

DE EL “DESEO” A LA “VOLUNTAD” (I)





DE EL “DESEO” A LA “VOLUNTAD”

            La voluntad perteneciente a cualquier yo individualizado actualmente tiene su origen, al igual que su vida y que su Espíritu, en su creador. En su origen, la voluntad era una potencia libre del Espíritu que, en el cumplimiento del Plan evolutivo de Dios para nosotros, debía unirse a las formas materiales y verse limitada en su manifestación dentro de ellas. De ahí que cuanto más atrás en nuestro sendero evolutivo, más dominara la materia al Yo superior y no éste a la materia, y esto ocurrió porque al verse el Yo superior obligado a desear, pensar y actuar a través de sus cuerpos, se identificó tanto con las formas que creía  (y aún normalmente creemos) que dichos cuerpos eran un ser con un libre albedrío. Es el trabajo de la voluntad desde sus cuerpos quien, a pesar de estar ligada y limitada, consigue invertir el proceso gracias a que las formas cambian y se alteran. Así, aun desde la inconsciencia, el Yo superior fue atrayendo, rechazando y adaptando la materia a sus necesidades de manifestación.

            El origen de nuestra existencia como Espíritus no es otro que el “deseo voluntario” de manifestación puesto que nuestra voluntad y nosotros mismos somos parte de Dios y Dios deseaba manifestarse una vez más voluntaria y conscientemente para que nosotros evolucionemos y desarrollemos los poderes latentes internos que de Él tenemos para así hacernos a Su imagen y semejanza. Así, el deseo de manifestarse de Dios en un universo es para nosotros, aunque inconscientemente, la voluntad de vivir, de experimentar y de obtener conocimiento. Esto fue lo que hizo que el Espíritu se viera arrastrado a la manifestación de forma inconsciente y casi pasiva para cambiar su voluntad por deseo y para verse después atraído, rechazado y manipulado por las fuerzas que le rodean.

            Para poder expresar voluntad desde una forma o cuerpo debe haber conciencia y para que haya conciencia debe haber una organización interna. Sin querer expandirme mucho en esto, tengo que decir que una vez alcanzado el mundo físico, el Espíritu, inconsciente de sí mismo pero manifestado en sus diferentes y nacientes cuerpos, tuvo que desarrollar la conciencia en los diferentes planos comenzando por el más denso o físico. La autoconciencia y la conciencia del mundo físico tienen su origen en los impactos procedentes del cuerpo físico y del mundo externo. Esto fue lo que, en aquella época, hizo prestar atención al Ego naciente hasta conectar dicho cuerpo con el sistema nervioso simpático lo que, a su vez y puesto que la conciencia ya actuaba sobre el cuerpo físico aceleró la evolución. La conciencia es anterior a la autoconciencia y la evolución de la conciencia en el plano emocional (del cuerpo de deseos) va a la par con la evolución de la autoconciencia que es donde se manifiesta la voluntad.

En las primeras razas (origen de la voluntad en el hombre) lemúrica y atlante los hombres eran mucho más conscientes en sentido interno o emocional que externo o físico, debido a que las ondas procedentes de los contactos astrales (del cuerpo de deseos) conmovían los centros sensoriales de este cuerpo y los centros simpáticos del cuerpo físico. De aquí que su expresión estuviera dominada por las emociones y por las pasiones y no por la razón ni por la voluntad. Según se fue desarrollando el sistema cerebro-espinal para quedarse como aparato de conciencia, así se fue desarrollando y tomando su papel la mente concreta, la que, como razón, ayudó mucho al desarrollo de la voluntad en sus primeros pasos. El yo comenzó a ser consciente gracias a los cambios de condiciones en el mundo y al movimiento de sus cuerpos, lo que dio lugar a la dilatación y contracción de la conciencia y esto, a su vez, a lo que llamamos sentimiento de placer o de dolor. Aunque el Espíritu, separado temporalmente de su Padre, contiene los aspectos de Voluntad, Sabiduría y Actividad en este primario estado de conciencia, todavía no se mostraban éstos en ningún sentido, sin embargo, el deseo fue tomando el papel de la voluntad. Es a partir de ese estado, donde comenzamos a experimentar las sensaciones de placer y de dolor, (por la atracción y repulsión de lo que nos rodeaba) que se desarrollaría la conciencia y cómo la memoria de todo esto (recuerdos de objetos y hechos atractivos  o repulsivos que causaban placer o dolor) crearía el germen de la mente o pensamientos que nos llevarían a una actividad cada vez más racional.

Cuando las vibraciones de los impactos del mundo externo alcanzaban al cuerpo físico producían ciertas respuestas a modo de estremecimientos lo que, a la larga, se convirtió en un acto de conciencia, la conciencia del cambio de lo que ocurría en el exterior. Es decir, los cambios que originaban los sentimientos despertaban en la conciencia la diferenciación entre “fuera” y “dentro” y, aunque lo primero que se percibía era lo externo, de éste surgía lo interno como opuesto. Esto dio pié a la toma de conciencia de los contactos entre aquellos individuos mismos, es decir, entre el yo y los demás. Estos hechos, junto a la percepción de que los cambios se producen dentro y que las cosas están fuera, fueron los que facilitaron la autoconciencia. Pero para que haya una transformación de conciencia a autoconciencia tiene que haber una distinción entre lo que la gente llama comúnmente “real” y lo “imaginario”. En aquellos seres, lo que producían cambios de conciencia era los simples contactos con las cosas, pero esto no significa que las reconocieran (antes de obtener la razón) puesto que aún no eran capaces de observar, analizar o discernir consciente y voluntariamente.

Es evidente que para que la voluntad se exprese aquí en el mundo físico necesita un medio o vehículo físico, y éste es el cerebro. Cuando una vibración externa es percibida por algún sentido, ésta llega al cerebro y alcanza a un grupo de neuronas afectándolas de tal forma que cambia en algún grado su naturaleza. En aquella época, la huella dejada por las vibraciones era retenida por ser algo nuevo y era considerada como una posibilidad de vibrar de nuevo sin necesidad de estimulo hacia el grupo celular. Así, con cada repetición de algún tipo de vibración externa aumentaba dicha posibilidad de expresión espontánea futura. Pero para que pudiera haber respuesta en aquellos seres, las vibraciones que desde el exterior alcanzaban el cerebro no sólo no se podían quedar ahí sino que, además, debían alcanzar (como así lo hacían) el cuerpo emocional y el futuro cuerpo mental en formación, lo que también producía un cambio de conciencia. Este cambio de conciencia interno, a su vez, reaccionaba sobre la misma parte del cerebro constituyendo así la memoria del objeto u hecho causante de las vibraciones. De esta forma podemos comprender cómo en aquellos seres se fue formando la memoria que, a su vez, fue la base para que comenzaran a responder impulsivamente al principio y voluntariamente después, todo gracias a los impactos vibracionales que les llegaban desde el exterior. Todo esto, como es obvio, sucedía gracias a los cambios de conciencia que se iban produciendo y que facilitaban cierta expresión de los yos por medio de la memoria. Resumiendo esto último, diremos que las corrientes vibracionales repetitivas de los impactos externos que alcanzaban el cerebro y los cuerpos superiores (inducción) determinaron la percepción, mientras que la salida de dichas vibraciones como respuesta del yo formaron el recuerdo o memoria.

Es el desarrollo de la autoconciencia lo que distancia, engrandece y hace cada vez más real al mundo externo, a la vez que nos separamos de él con un sentimiento de “yo soy”. La autoconciencia y la voluntad siguen teniendo su centro en el cerebro según el entendimiento de muchos, sin embargo no es así porque el cuerpo físico es solamente un vehículo para el Yo superior o Ego. Si los primeros “humanos” diferenciaban los objetos de lo imaginario o irreal creyendo que los objetos eran reales, el ser humano de hoy sigue identificándose entre sí mismo y lo físico, entre sus pensamientos y lo que aparenta ser el mundo físico, de aquí que el hombre se haya identificado con él y diga que el mundo es real y objetivo. El día que seamos autoconscientes (ahora sólo somos conscientes de su existencia) en el mundo emocional o de deseos nos ocurrirá lo mismo. Quiero decir que ahora somos conscientes de que tenemos emociones, deseos y sentimientos y nada más, pero que en un futuro, seremos capaces de diferenciar (seremos conscientes) entre los deseos y sentimientos que originemos nosotros mismos y los que se produzcan por otros contactos, con la diferencia de que la voluntad será mucho más poderosa al igual que hoy lo es de lo que era en los primeros humanos. Nuestro estado de conciencia actual es de vigilia puesto que, respecto al mundo de deseos y mental, sólo somos capaces de sentir “cambios en la conciencia”. No somos autoconscientes en ellos pero sí estamos utilizando la voluntad para evolucionar hacia esos estados que ahora llamamos subjetivos siendo, sin embargo, más objetivos que el mundo físico.

                      Francisco Nieto