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sábado, 15 de junio de 2013

LAS EMOCIONES EN EL DESARROLLO ESPIRITUAL (V)




La virtud puesta en práctica trae felicidad y dicha, pero todo aquello que no lleve a esta felicidad y dicha no es virtud. La persona llena de virtudes siempre estará en lucha con el mal ya que la felicidad está unida a lo justo como la miseria está relacionada con lo injusto. De hecho, la persona justa es más feliz actuando justamente (aunque le resulte doloroso) que actuado con una maldad que la prive de la paz interna, porque la injusticia causa más remordimiento y angustia interna que placer personal o externo. El sendero de perfección que el aspirante espiritual debe recorrer es el sendero del Yo superior donde solo existe la felicidad, pero para hollarlo hay que desarrollar las virtudes derivadas del amor.



Si la virtud es una modalidad permanente derivada de la emoción del amor, y el defecto es lo mismo pero derivado del odio, para llevar a la práctica las de amor debemos tener claro que son las que atraen y unen a las personas, (sea en una familia, tribu, nación religión, etc.) mientras que las de odio son las que enfrentan y separan. El amor entre los miembros de una familia (como auxilio, servicio, cariño, etc.) aporta felicidad y armonía pero esto no puede ocurrir sin el cumplimiento del deber (entre otros) de dar o darse a los demás como obligación recíproca. El marido encuentra dicha en el matrimonio, al igual que ella, cuando hay un intercambio de amor con esa intención, así se satisface la necesidad de amor mutua.


Es cierto que se dan casos de que una persona ame (como cumplimiento del deber de dar para satisfacer una necesidad) a otra y no sea correspondido y, por tanto, no haya armonía, pero en estos casos la solución justa es que se cumplan las obligaciones contraídas con esa unión y que se pongan en práctica las virtudes puesto que la virtud se deriva del amor. Viendo esta unión a través del odio diremos que, si uno hace mal a otro y éste se lo devuelve, crearán discordia y enfrentamientos serios. Es más, como cada uno espera el mal del otro, se atacarán mutuamente para ver quién debilita a quién, lo que llega a convertirse en vicio o hábito dentro del odio. Esto, a su vez, hace que cuando tengan ocasión estas personas actúen igual con otros inferiores y que incluso encuentre placer en su maldad.


Todas las emociones, incluyendo la emoción del amor, se trasforman y evolucionan. Lo mismo que en algún renacimiento la personalidad se impone afirmando que no existe ningún Espíritu y que sólo existe la materia o no-yo, en otros se impone el Alma con la intención de anular a la personalidad y afirmar que todo es Espíritu y es Yo y que, por tanto, no merece la pena pensar en el futuro. Tanto en un caso como en otro juegan un papel importante las emociones-deseos según sea su grado evolutivo pero, en ambos y como en todo lo demás, la mente y más concretamente la imaginación tienen una notable influencia. La emoción es el resultado de la relación que hay entre el deseo y la consciencia, por eso hay deseos que no se convierten en acto hasta que la consciencia no quiere aunque sí pueden permanecer en la imaginación aumentando su poder. Solo es necesario observarnos para ver la de cosas (relacionadas con deseos y emociones) sin importancia que tenemos en la cabeza y dónde utilizamos la imaginación para obtener placer y otras veces dolor.


Por esta razón es tan aconsejable auto-observarse y conocerse a sí mismo desde el nivel de la propia conciencia. Como ocurre en todo el universo ocurre en los diferentes vehículos que forman la personalidad, la energía es sólo una pero se manifiesta en diferentes modalidades, por eso y según el desarrollo de cada persona, así debe haber un control y transformación de la energía que forma el pensamiento, las emociones, los deseos, las palabras y las acciones. El aspirante espiritual avanzado no sólo controla en gran parte estas modalidades de la energía universal y personal sino que la transforma y eleva a niveles muy por encima de las emociones y pensamientos comunes. Las emociones, igual que la mente, deben reflejar los ideales espirituales y no dejarse dominar por las las fantasías de la imaginación, los que consiguen esto como lo hacen los místicos demuestran su serenidad y su paz interna; una serenidad y una paz que están por encima de las fuerzas de atracción y repulsión.


Es evidente que si queremos potenciar y crear virtudes a la vez que eliminamos defectos, lo más efectivo es actuar sobre las emociones para así cambiar el carácter. Una buena ayuda para conseguirlo es desarrollar y potenciar la emoción del amor a través de sus variadas modalidades (siempre y cuando se sepa hacer uso de la mente) puesto que el amor es la fuerza constructora del universo. El poder del amor se encuentra también en el Espíritu y por eso no solo no hay que restringirle sino que hay que utilizarle como medio de atracción ante el prójimo. Hay una frase muy explícita sobre el uso del amor en nuestra vida cotidiana que dice así: “Mirad a las personas mayores como si fueran vuestros padres, a las de mediana edad como a hermanos y a los niños como si fueran vuestros hijos.” Si cada uno de nosotros hiciéramos esto serían muy diferentes las relaciones familiares y comunitarias porque todos respetaríamos y ayudaríamos amorosamente más al prójimo.


No cabe la menor duda que el odio es contrario al amor, pero eso no significa que no tenga su parte positiva (todo mal es un bien en desarrollo) y que no se pueda transmutar. El odio separa lo que no puede estar unido y, por tanto, hace un bien al evitar el roce o enfrentamiento; prueba de ello son las parejas que terminan agrediéndose mutuamente. Por otro lado, cuando una persona no se ve atraída por otra y hay aversión, (hay repulsión, que procede del odio) el odio impide que la persona normal o débil, respecto a otra inteligente y malvada, caiga en las redes de la perversión. Esto, a su vez hace que cuando el débil (el que puede ser pervertido) evolucione moral y espiritualmente, transforme la aversión en compasión por el que le quería pervertir e incluso por todos los delincuentes. Es mucho mejor la intolerancia respecto al mal que la tentación de un vicio, es decir, es preferible la repulsión del que está dominado por el mismo vicio nuestro que la caída en la tentación de dicho vicio; la repulsión, en este caso, es más fácil de superar, y cuando sea así nos compadeceremos del vicioso.

Francisco Nieto