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viernes, 31 de mayo de 2013

LAS EMOCIONES EN EL DESARROLLO ESPIRITUAL (IV)



Está claro que si nos analizáramos y auto-observáramos seríamos más conscientes de cómo sentimos y reaccionamos, lo que nos ayudaría a cambiar emocionalmente en la línea que estamos comentando para no hacer o estimular el mal en los demás. Si nuestra actitud respecto a otro crea temor es lógico que ese otro tenga desconfianza, disgusto o menosprecio hacia nosotros lo que, a su vez, puede generar en nosotros el pensamiento de que el otro nos quiere dañar o perjudicar de alguna manera. Es decir, si nuestra actitud negativa crea temor en los demás, es fácil que generemos rechazo, ira y enfados, lo que a su vez, repercutirá sobre nosotros como efecto aumentando así nuestra maldad o incluso llevándonos al enfrentamiento.



Con las emociones ocurre como con los pensamientos, que cuanto más vueltas se da a una idea más poderosa se hace y se puede convertir en la gota que colma el vaso y nos obligue a pasar a la acción. Las personas que temen a otra porque se sienten oprimidos o amenazados están multiplicando calladamente el poder de las emociones de insolencia y represión hasta que llega el momento en que explotan y pasan a la acción. Así, podemos observar a personas débiles que no pueden más y revientan amenazando, insultando o injuriando para luego quedarse en nada, o personas con carácter y poco evolucionadas que pueden llegar a agredir seriamente para demostrar que son fuertes y malvados.


Las personas más evolucionadas utilizan la razón y la intuición para manifestar las emociones que correspondan en cada momento de su vida. En este sentido, cualquier persona normal se expresará con más delicadeza con los que trata poco que con los que trata mucho tiempo y que causan roces o malos entendidos; lo que no ocurre con los más evolucionados que intentan manifestar emociones positivas tanto con unos como otros. Estos hechos los producen no solo los más evolucionados sino también los estudiantes de ocultismo avanzados o aspirantes espirituales. Los que estudiamos las enseñanzas ocultas sabemos que las vibraciones de un aura se ponen en contacto con las de otra; que los pensamientos de una persona alcanzan e influyen en la mente de otras que estén en sintonía; y que las vibraciones emocionales actúan de igual forma en los cuerpos emocionales de los demás quedándose allí e influyendo sobre la mente para que responda o reaccione. Esto suele ocurrir, sobre todo, cuando la persona receptora está en sintonía con lo que recibe, si no es así, las vibraciones emocionales le alcanzarán pero el efecto no será tan notable. Por otro lado, si la persona receptora tiene más carácter e individualidad, es muy posible que sus emociones cambien las que le llegan.


De acuerdo con lo expresado, a una persona bondadosa, equilibrada y pacífica (consciente de estos conocimientos) que le lleguen vibraciones emocionales (por ejemplo de ira) de otro que tiene al lado, emitirá emociones de paz, amor o similares para que le afecten y así pueda razonar la situación. Los efectos de las emociones en el común de la humanidad son de derroche de energía, de impulso y de engaño sobre la mente y, por tanto, de debilidad en general y poco razonamiento. El cuerpo de deseos o emocional está relacionado por un lado con el instinto del pasado y por otro con la mente o razón que le llevará a desarrollar la intuición. Sin embargo, la razón se suele ver engañada por este cuerpo que quiere aparentar muchas veces ser la intuición, de aquí que hay quien opine que las mujeres son más intuitivas y emocionales. De cualquier forma es la mente la que se debe imponer sobre las emociones y los deseos porque las decisiones razonadas suelen tener más de verdad que de engaño; lo que no quita que las emociones sean una especie de fuerza impulsora que nos es muy útil para progresar.


En realidad, las ideas y las emociones deberían estar unidas y controladas por la consciencia para que su manifestación sea siempre positiva. Quien aspira a conocer la verdad y a desarrollar las virtudes espirituales debe ser intransigente con las pasiones, deseos y emociones personales; es más, ni siquiera las propias aspiraciones deberían ser deseadas con pasión o ardor excesivo porque el mismo deseo apasionado será un impedimento para conseguirlas. Son las emociones superiores como el amor y la compasión las que deben ser cultivadas porque nos pueden acercar al Espíritu. Mejor que el entusiasmo religioso o personal es la serenidad, el equilibrio interno y la bondad; mejor que dejarse dominar por cualquier emoción es el análisis frío y razonado de la mente a la luz de las leyes espirituales que llevan a la iluminación.


Hemos visto cómo en una familia es más fácil que haya amor entre sus miembros que no odio, lo que casi ocurre al contrario cuando cualquiera de esos miembros sale del círculo y se relaciona con otras personas, pues en estos casos es el odio el que más se manifiesta en sus muy variados aspectos. Esto obliga a preguntarnos ¿Cómo podemos convivir así? A lo que respondemos: “gracias a las virtudes y defectos que se derivan del amor y del odio”. La emoción derivada del amor que trae armonía en un círculo familiar es una virtud entre el resto de las personas porque la virtud surge del amor y tiene como fruto la felicidad. Por el contrario, la emoción que se derive del odio y que traiga discordia y enfrentamiento es un defecto cuando se practica con los demás.


De estas palabras se deduce que las virtudes y los defectos son permanentes aspectos mentales relacionados con el deseo pero capacitados (por lo general) para guiar nuestros actos respecto a los demás. En las virtudes hay emociones de amor y en los defectos los hay de odio. Así el amor que en un pequeño pero íntimo círculo es amistad, bondad o cariño se puede convertir en deber, protección, compasión o ternura. En sentido contrario, cuando en un grupo la ira y el desprecio pasan de ser temporales a habituales se convierten en defectos derivados del odio o de la maldad. Basándonos en estos conceptos podemos decir que es una persona virtuosa es la que se comporta con los demás como desea que se comporten con ella de acuerdo al amor, y que es un hombre con defectos el que trata a los demás como a él no le gusta que le traten según el concepto del odio.


Cuando observamos y razonamos intelectualmente el mundo y sus infinitas relaciones nos damos cuenta de que la armonía trae felicidad y que la oposición discordante trae desarmonía y sufrimiento. Entonces surgen en nosotros ideas y deseos de crear armonía para que haya felicidad en el mundo. El propio desarrollo por medio de estas ideas y deseos nos lleva a comprender que estamos dentro de un plan evolutivo y que si colaboramos con las leyes universales obtendremos paz y felicidad como efecto de la justicia divina; lo que significa que lo contrario trae miseria y sufrimiento. Por tanto, está claro que el hecho de colaborar positivamente con la naturaleza y con el plan divino de evolución nos traerá bienaventuranza y armonía según la Ley de Consecuencia que se deriva de la Voluntad de Dios.

                                              Francisco Nieto

domingo, 19 de mayo de 2013

LAS EMOCIONES EN EL DESARROLLO ESPIRITUAL (III)



Ya hemos visto cómo el deseo se puede expresar de dos formas, una como atracción para unirse o poseer un objeto que anteriormente le causó placer y otra como repulsión para rechazar el contacto con algo que anteriormente le causó sufrimiento. Estas dos formas son las que puede y debe dominar el Ego para que, en el control de su cuerpo emocional, pueda transmutarlas. Pongamos un ejemplo: Dos personas que se aman se sienten dominadas por la droga hasta el punto de robar para buscar dinero para comprarla; el constante deseo  por la droga es fuerte pero si uno de ellos cae enfermo y necesita del otro, casi seguro que la emoción  o deseo por la droga podría cambiar por la de compasión, sacrificio u otras similares hacia el otro. Esto es, la permanente atracción de una por la otra, junto al recuerdo del pasado, más la esperanza futura, transmutaría el deseo en emoción y la pasión en amor, lo que se uniría al carácter del que se sacrifica por la otra persona enferma como una virtud a la vez que dicha virtud le servirá a éste para auxiliar o sacrificarse por otras personas en un futuro. Cualquiera de nosotros puede comprobar en su vida lo que hemos expuesto. La pasión por  algo negativo o de otra persona se puede transformar en una emoción de amor cuando determinadas circunstancias obligan, y el amor se puede transformar en ternura y compasión en otros muchos casos como cuando una madre observa a su hijo enfermo a través de un cristal que le impide tocarle.



Teniendo ya una pequeña idea del papel que hacen el placer y el dolor respecto a la atracción y a la repulsión, ahora veamos cómo funciona todo esto respecto a las Almas y al poder y capacidad para atraer, rechazar y hacer cambios entre superiores, iguales e inferiores. Se suele considerar “superior” al Ego que atrae a otro hacia sí mismo e inferior al que se siente atraído, pero si en dos personas hay deseo de unión o amor por el objeto amado (por el contrario) y ambos se atraen (o ambos necesitan de alguna cualidad del contrario) quedan en igualdad y en armonía. En este caso a cada uno le falta algo que tiene el otro y por eso se produce el equilibrio entre ellos gracias a la unión amorosa. Pero cuando un Ego encuentra en otro las cualidades que le faltan se considera inferior, sin embargo, según se vallan satisfaciendo esas necesidades, el inferior se irá igualando al superior y formarán la unión.


Esto ocurre todos los días entre las personas y es un claro ejemplo de lo que debería ocurrir para que haya más armonía, equilibrio y amor entre nosotros, sobre todo en el hecho de que el superior ayude al inferior. Pero ¿qué puede sacar o por qué puede verse atraído el superior respecto al inferior? (naturalmente que estamos hablando de superioridad e inferioridad desde el punto de vista terrenal y no espiritual) Además de que cada Ego renace entre otros para que sus experiencias sean variadas y para mantener el equilibrio dentro del Plan de Dios, está claro que determinadas personas sienten placer al ayudar a otros a ser felices y a progresar (además de sufrir por el dolor ajeno) y este sería y no otro el motivo de la atracción.


El amor tiene varios aspectos emocionales, por ejemplo, la benevolencia y la veneración; la benevolencia es el amor de un superior hacia otro inferior o más débil y la veneración es al contrario, por eso se considera una forma de amor entre superior e inferior. Este es el caso de los padres respecto a los hijos, los padres muestran y dan cariño, protección y comprensión a sus hijos y éstos responden con fidelidad, gratitud y confianza hacia sus padres. Evidentemente que, según pasen los años y cambien las circunstancias, cambiarán las emociones y entonces es muy posible que los padres se muestren generosos, tolerantes y pacientes a la vez que los hijos se hacen obedientes y respetuosos. El amor entre la mayoría de las parejas estables y entre hermanos es de igualdad porque hay deseo de complacer, cariño, respeto, confianza,  deseo de ayudar, etc. entre ellos. Así es que, dentro de que las relaciones amorosas se producen entre superiores, iguales e inferiores, el amor se divide en benevolencia, mutua ayuda y respeto.


Analicemos un poco más el odio en sus aspectos de superioridad, inferioridad e igualdad. Generalmente, el odio se caracteriza por el egoísmo o deseo de recibir y por la antipatía, lo que se suele manifestar a modo de daño mutuo, temor o desprecio por su naturaleza de repulsión o de separación. Cuando hay odio entre superiores e inferiores, como por ejemplo en el matrimonio, el superior se muestra duro y cruel como los dictadores contra el que temporalmente es débil, pero este último es muy posible que manifieste temor, y como efecto, rencor y ánimo de venganza. Un caso similar entre un padre y un hijo haría que el hijo (impotente contra el padre) sea cobarde e hipócrita en la infancia y desobediente, rebelde y rencoroso en la adolescencia. El odio entre iguales conlleva agravio mutuo con emociones como el menosprecio y el miedo. Respecto al amor, todas sus manifestaciones se caracterizan por la abnegación, el deseo de dar y la simpatía en sus diferentes aspectos de mutuo auxilio, veneración y benevolencia, ya que todos tienen una relación directa con la atracción que unifica. Esta naturaleza unificadora representa al amor, el cual es representativo del propio Espíritu individual y universal.


En un párrafo anterior hemos visto cómo dos personas se pueden sentir atraídas emocionalmente de diferente forma con el fin de que haya unión y armonía, pero como cada uno de nosotros estamos en un diferente nivel evolutivo emocional y mentalmente, no siempre es así. Generalmente, las personas que emocionalmente se manifiestan claramente respecto al amor o al odio, aumentan el poder de alguno de ellos cuando les llegan emociones de otras personas; pero en los que no manifiestan ninguno de los dos claramente pueden unirse a otras emociones similares que la persona tenga. En un caso la bondad de uno sobre otro ayudará a generar benevolencia, humildad y amor, y cualquiera de estas tres sobre otro generará a las otras dos. En sentido contrario, un individuo orgulloso y prepotente que oprime o menosprecia creará maldad, temor o incluso ánimo de venganza en el que sufre su acción.


Si esta misma persona prepotente y dictatorial actúa así sobre otra que es superior a ella estimulará y aumentará dichas emociones de menosprecio, opresión y maldad; sin embargo, si fuera sobre una persona similar, es posible que solo estimulara la emoción de la ira o la contrariedad respecto a lo que le está pasando. En las personas vulgares, el amor genera amor y la ira genera ira, quedando ambas personas por igual. En el caso de una persona más evolucionada las vibraciones emocionales bajas de otro poco evolucionado suelen generar emociones positivas como bondad, compasión y amor. La benevolencia de una persona puede producir bondad, amistad y piedad en otra, pero quien manifiesta odio y egoísmo producirá menosprecio, ira o cierto temor suspicaz.

Francisco Nieto

domingo, 5 de mayo de 2013

LAS EMOCIONES EN EL DESARROLLO ESPIRITUAL II



Dejando a un lado el futuro, volvamos al tema que nos ocupa. La personalidad está compuesta de mente (conocimiento) deseo o emoción, y acción, tres aspectos inseparables pero no revueltos como podemos comprobar al saber que:



1º.- Un impacto externo que nos llega a través de los sentidos puede crear una reacción física, un deseo o emoción y un pensamiento.

2º.- Un pensamiento propio puede crear una emoción o deseo y después pasar a la acción.

3º.- Una emoción o deseo puede poner en acción al cuerpo físico y al de deseos o emocional.


Evidentemente, podemos llegar a la conclusión de que el control de la mente obtiene el dominio del cuerpo físico; el control del cuerpo físico (la palabra, reacciones instintivas, relajación, ejercicios físicos) ayuda en gran medida al gobierno de la mente y al del cuerpo emocional; y el control de las emociones ayuda al gobiernos de los otros aspectos e incluso al desarrollo espiritual como ya veremos. Sin embargo, estos tres aspectos no podrían ser tal si no existiera el Yo superior en su manifestación como voluntad y como conciencia. El Yo o Ego está envuelto en sus recuerdos o pasado y en sus esperanzas o futuro para la mayoría de las personas, pero son pocos los que, autoconscientemente, actúan en cada momento presente sobre dichos tres aspectos. No nos olvidemos que tan importante como el Ego es el no-yo (sus vehículos y el mundo externo) ya que sin éste no-yo habría evolución, sin embargo, esa evolución se hace más rápida si hay un perfecto gobierno sobre el no-yo.


La propia evolución ha llevado al hombre a intentar conocerse cada vez más y se ha dado mucha más importancia a la investigación de los sentidos y de la inteligencia que al Yo, y al contenido de la mente que a la mente misma. Sin embargo, tan importante como eso es para el desarrollo del hombre el estudio y control de las emociones y deseos (amor-odio, virtud-defecto, placer-sufrimiento) que son los órganos motores de los sentidos y de la mente. De hecho, mientras no se descubran y se profundice en estos aspectos no nos podremos acercar al verdadero Yo desde las más puras emociones y anhelos. Cuando se obtiene el control de las emociones se hace posible educarse uno mismo consciente y voluntariamente respecto a las más nobles y elevadas virtudes así como respecto al abandono de los más bajos defectos.


La vida consiste en desarrollar las posibilidades relacionadas con las emociones, deseos y sentimientos, porque toda acción, movimiento, palabra, etc. expresan o representan a algún deseo o emoción dominante. Recordemos que la emoción es el deseo de un Yo respecto a otro de alguna de las siguientes maneras: Primero, unirse a él voluntariamente siendo consciente de su capacidad de intercambiar objetos de sensación en todos los sentidos, y segundo, separarse siendo igualmente consciente de todo lo contrario pero de forma involuntaria. Es decir, la emoción implica el deseo de un Yo superior por unirse o separarse de otro respecto al posible intercambio de placeres y causas de sufrimiento siendo esto de forma voluntaria. La emoción, como cualquier otro aspecto de vida en el ser humano, se manifiesta de dos maneras:


1º.- Como deseos inferiores relacionados con la zona purgatorial en el estado post-morten.

2º.- Como deseos superiores o anhelos que reflejan conocimiento espiritual y que se relacionan con el estado celestial post-morten y con la intuición.



La cantidad de fuerza emocional se relaciona con la capacidad mental pero, de una forma u otra, la emoción debe expresarse en algún sentido, sea como movimientos, palabras, gestos, hechos imaginarios o bien transformados en otras de naturaleza superior. Cuando en la memoria hay restos de experiencias anteriores surge determinada emoción como respuestas a algo que nos llega, por ejemplo, al ver un mal trato de una persona hacia otra puede surgir el deseo o la emoción de intervenir con violencia o físicamente. Pero, si no hay experiencias de esa índole guardadas no hay respuesta emocional y solo se general pensamientos que pueden o no llevar a la acción. Lo que nos viene a demostrar que cuando somos conscientes de lo que piensa nuestra mente podemos crear los pensamientos adecuados y no desperdiciar energía con esas emociones incontroladas.


Decimos que las emociones son deseos en sentido de desear vivir eternamente cómoda y placenteramente o de rechazar cualquier situación que nos cause sufrimiento. La satisfacción o no del deseo implica placer o sufrimiento como efecto en lo que llamamos estado de ánimo. Por tanto, no es lo mismo el deseo o emoción que lo que se deriva de ello como placer o sufrimiento. Sin embargo, los primarios deseos o emociones tienen su origen en la doble polaridad de atracción-repulsión o amor-odio, representando la atracción y el amor que la unión con otro objeto trae como resultado el placer. Pongamos un ejemplo para entenderlo mejor: Cuando un recién nacido se amamanta por primera vez satisface el deseo de nutrición para así poder sobrevivir, lo que, a su vez, causa placer y crea el especial deseo por la leche. De esta forma podemos comprobar que para que haya atracción tiene que haber una previa experiencia de placer y que, a partir de ahí, habrá un recuerdo de dicha experiencia más la esperanza de que en esas mismas circunstancias se vuelva a revivir el mismo placer.


Por consiguiente, habrá “deseos” para que se vuelvan a reproducir esos hechos que causan placer por medio de la unión del sujeto con el objeto (hijo-madre) De ahí que el resultado sea la afirmación de que una emoción es un deseo con el añadido del conocimiento adquirido de esa relación. Razonando esto un poco más, nos daremos cuenta de que del placer se puede derivar la atracción y el gusto, y que del sufrimiento surgirá la repulsión y el disgusto. Por tanto, la actitud del Ego respecto al placer es de deseo, gusto o atracción para acercarse a ello y de aversión, disgusto o repulsión con tal de separarse de ello respecto a lo que causa sufrimiento. De ahí que hayamos dicho que las consecuencias del placer son el deseo de abarcar, tomar o absorber el objeto que causa placer y el deseo de rechazar o eliminar el objeto que causa sufrimiento; por tanto, el deseo de unirse a un objeto entra dentro del concepto de amor, y el deseo de separarse en el del odio. Estos dos conceptos nunca podrán estar juntos y sin embargo dependen uno del otro, lo que no impide que en un futuro sí se puedan transmutar, como por ejemplo, el odio en amor, las tinieblas en luz, el sufrimiento en felicidad o la impureza en pureza.

                                      Francisco Nieto