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domingo, 17 de febrero de 2013

TRABAJANDO (III)




Esto es, al fin y al cabo, la lucha contra el mal en nosotros, pero tampoco hay que interpretar ese mal como normalmente se hace. No se puede obtener una victoria si no hay algo sobre lo que obtenerla, no puede haber desarrollo si no hay lucha, y por tanto, no habría desarrollo si no fuera gracias al mal en nosotros. Todo lo existente está en Dios y por tanto no puede existir el mal que comúnmente se dice. Es más para comprender el bien hay que conocer el mal, aunque es cierto que cuando podemos hacer el bien y hacemos mal las leyes divinas nos traen lo que nos merecemos; así es que, el mal es necesario para la evolución y es un bien en formación porque, como solemos decir: “no hay mal que por bien no venga”. Gracias al mal percibimos y experimentamos el bien; renacemos para experimentar; sufrimos de diferentes formas para que busquemos una salida positiva del problema que nos hemos creado; nos lleva a desarrollar la voluntad y el discernimiento; es el medio por el cual desarrollamos la espiritualidad; y es gracias a él que las leyes de Dios nos llevan a Él. Así es que dentro de que el mal es necesario, llega a un momento en su evolución en que todo ser humano comienza a hacer el bien de todas las formas posibles y a darse a sí mismo con amor.



Pero, a veces, ese mal vence toda aspiración aprovechado determinados problemas y circunstancias llevando así a la persona a un estado en el cual parece que se olvida de todo el desarrollo alcanzado en el pasado y todas las perspectivas y esperanzas de futuro. Estos momentos de obscuridad espiritual hacen que, incluso siendo un probacionista, se sienta solo, perdido y sin ningún impulso interno que le ayude a trabajar por los demás y a poner en práctica el conocimiento y los principios espirituales. Estas pruebas y tentaciones llevan al trabajador de Dios a vivir en la batalla en vez de en la paz que hasta ahora vivía, a encontrar desgracias y tristeza en vez de dicha y optimismo, y a verse tan dominado otra vez por lo que le rodea que no quiere saber nada de lo que era y hacía no hace mucho tiempo. No sabemos lo que nos tiene guardado el destino como no sabíamos cuando éramos pequeños que en esta vida se nos daría la oportunidad de hacernos trabajadores de Dios gracias al conocimiento y a la comprensión de lo que es una vida superior, sin embargo eso es suficiente motivo para volver a comenzar con un espíritu de superioridad sobre todas esas circunstancias que nos traen obscuridad. El recuerdo de lo que fuimos y vivimos en un pasado tiene que hacer crecer de nuevo el deseo de servir, de amar y de dar a cambio de nada si queremos salir de la obscuridad y vivir en la luz de nuestro Patrón, Dios.


Estos hechos y circunstancias que ponen a prueba al trabajador de Dios son los que en muchos casos le abaten y le angustian, sus pequeños contratiempos se convierten en obstáculos y el aspirante mismo se acusa y se martiriza por haberse metido en ese estado de conciencia de tristeza y de soledad. Está claro que lo mismo que se hizo un colaborador de Dios gracias al conocimiento y práctica de las leyes espirituales y gracias a una fuerte voluntad deseosa de hacer algo por los demás, esos mismos aspectos tienen que sacar de la obscuridad a cualquiera que se encuentre en ella. Cuando el aspirante a la vida superior o discípulo toma consciencia de las enseñanzas ocultas sabe que cuanto más se aproxima al Maestro más se tiene que liberar de sus deudas del pasado, por tanto, hay casos en que es necesario liberarse de ese karma cuanto antes, (sufrimiento) lo que nos lleva de nuevo a considerar el mal del pasado. Un mal que tiene que ver mucho con el cuerpo de deseos o emocional y con toda una serie de aspectos negativos de la mente. Sin embargo, el karma del pasado puede ser el causante de épocas de obscuridad y sufrimiento pero eso tampoco impide que el trabajador de Dios lleve a la práctica el conocimiento y las leyes divinas conocidas para comenzar de nuevo a expresar palabras, deseos, sentimientos y pensamientos amorosos y fraternales hacia los demás.


Esta vuelta al trabajo de Dios como se hizo en el pasado comienza a purificar los diferentes vehículos que forman la personalidad; el placer de servir a los demás y de ser un obrero de Dios en la tierra fortalecen la voluntad y elevan la conciencia; la nueva fuerza interna le trae una paz que irá disipando esa obscuridad que le impedía ver la luz de la Verdad; resultando, pues, que la obscuridad habrá hecho renacer la luz a la vez que ha elevado al trabajador de Dios un peldaño más. Esta oscuridad le será muy útil en el fututo porque sus experiencias se habrán grabado con fuego, comprendiendo así que la desintegración de lo inútil es tan importante como la integración. Al igual que la muerte es un aspecto del nacimiento, también lo que retrasa fortalece. Hay fuerzas invisibles constructoras e iluminadoras pero también las hay destructoras y tenebrosas que limitan y obstruyen al que desea hacerse obrero de Dios. Los aspirantes, probacionistas y discípulos debemos valernos del conocimiento y de todo lo demás para salir de esos momentos de obscuridad si de verdad queremos elevarnos a los reinos de lo divino.


Nosotros no debemos considerarnos solamente obreros y trabajadores de Dios en el cumplimiento de sus leyes, sino que debemos ser luchadores contra el mal en nosotros. Nada nos puede retener clavados a la cruz del cuerpo y del mundo físico excepto el mal que tengamos y que engendremos en nosotros mismos, pero es ese mal el que debe fortalecer los poderes internos y hacer de la voluntad la herramienta más poderosa que nos libere de la exclavitud del cuerpo de deseo y de la mente personal que tanto se complacen en este mundo. Nosotros no somos de este mundo y por eso debemos combatir lo que nos retiene y nos engaña con tal de que disfrutemos de los placeres a la vez que nos olvidamos de los mundos espirituales. El fin es que el Yo superior (el Cristo interno) nazca y crezca a la vez que abandonamos los hábitos y formas de expresión que nos lleva a hacer el mal.


El ser humano tarda mucho en darse cuenta de que el cumplimiento del deber respecto a las leyes que gobiernan desde los mundos superiores es de suma importancia porque es lo que mantiene la armonía en la naturaleza. Nosotros podemos ser un elemento de luz y armonía cuando colaboramos con Dios pero también podemos ser lo contrario por el simple hecho de ponernos a nosotros mismos antes que a todo lo demás o de no controlar la mente o la lengua entre otras muchas cosas. Es necesario el control de la mente y el discernimiento para valorar las tendencias buenas o malas en nosotros y el propio mal que nos domina si queremos superarnos a nosotros mismos. El dominio de la naturaleza inferior (personalidad) es la clave para el desarrollo de la conciencia y para que ésta se convierta en maestro y guía ante la posibilidad de caer en cosas tan bajas y tan sutiles como la crítica o la maledicencia. Pero también las personas que nos rodean pueden jugar un papel en este sentido porque sirven de espejo donde nosotros nos podemos ver reflejados. Cuando vemos un defecto en los demás y éste produce una fuerte reacción en nosotros es porque ese defecto también lo tenemos que corregir en nuestra vida. Por otro lado, cuando las buenas obras y la vida superior que otros practican estimulan nuestros corazones están indicando el nivel espiritual en el que nos encontramos. Practicar el mal que aún no hemos erradicado es como remover un enjambre de abejas que nos causa dolor incluso cuando vemos que otros lo practican.

Francisco Nieto

sábado, 2 de febrero de 2013

TRABAJANDO (II)



¿No es muy posiblemente cierto que la causa de nuestros problemas esté en no aplicar (ente otros) este principio o ley en nuestras vidas? Una vez sepamos cuál es el papel que jugamos en la vida y una vez que seamos conscientes de lo que podemos dar y de nuestras limitaciones o capacidades, solo tenemos que hablar, sentir, desea, y pensar con la única intención de dar, de ayudar o de beneficiar a los demás. Esta actitud, hecha sin esperar nada a cambio, multiplica el valor de lo dado en gran parte también para beneficiar al mundo. Si en el momento de dar (o después) lo hacemos pensando que nos quedamos sin ello o que no lo merece la otra persona, no sirve para nada. Es cierto que conviene distinguir entre dar algo que beneficie material o espiritualmente a otro, lo que se da materialmente, aunque sea sin amor y sin tantas ganas nos aportará en un futuro alguna recompensa material, pero no espiritual. Solo cuando damos con amor, cuando nos damos a nosotros mismos con la intención de hacer feliz o de beneficiar a otro es cuando habrá una respuesta o un “recibir” espiritual, moral o intelectual lo que, por otro lado, genera abundancia en el mundo.


Si somos colaboradores en la obra de Dios, el hecho de dar no nos debería de preocupar lo más mínimo porque nuestra verdadera naturaleza es de prosperidad y las leyes divinas siempre facilitan la manera de que no nos falte lo necesario para poder vivir y para poder dar algo a los demás. Y cuando digo algo no me estoy refiriendo solo a lo material, una oración, pensamientos positivos o de sanación, paz o una simple actitud de optimismo frente a quien lo necesita puede ser tan importante como el dinero que se podría dar si se tuviera. No olvidemos que la vida se ve según seamos nosotros y que, si vivimos en el amor, en la paz y en el altruismo, eso encontraremos allá donde vayamos.

Esto último quizás no sea tan fácil de practicar para algunos salvo que su evolución espiritual sea un poco más elevada (como trabajo de otras vidas) de lo común. Incluso los que se acercan a una escuela o religión cristiana, aunque lo comprendan, a veces les cuesta (nos cuesta) llevarlo a la práctica porque nos educan y vivimos en un mundo creado así por nosotros mismos, para ser egoístas. Los que consiguen llevar a la práctica estas enseñanzas sin mayor esfuerzo son la avanzadilla, algunos de los cuales son discípulos de Maestros (sean conscientes o no de ellos) Y digo esto porque son esos discípulos los encargados de predicar humildemente con el ejemplo y en el silencio lo que dichos Maestros les enseñan como Verdad para que otros se hagan trabajadores de esta Gran Obra Divina.

El que está en una escuela iniciática sabe que hay ideas y hay formas de pensamiento, y que algunas ideas no se pueden divulgar y que otras formas de pensamiento se deben enseñar. Una idea altruista sobre el hecho de dar se puede envolver de materia mental y llevarla a la práctica pero el deseo, altruista o egoísta, será el que haga que ese acto se convierta en bueno o malo y, por tanto, que en un futuro se “reciba” lo que corresponda. Esa intención o deseo personal que acompaña a un pensamiento nace del cuerpo de deseos, el cual, a su vez, puede estar poco o mucho desarrollado; esto es lo que diferencia a los más y a los menos evolucionados. El poco evolucionado no entenderá el hecho de que dando se recibe, pero también, dentro de los más evolucionados, aunque hay mayores y más elevadas intenciones, les cuesta cumplir este principio. Esto es así porque nuestro cuerpo de deseos es el resultado del desarrollo obtenido desde la prehistoria hasta nuestros días y, por tanto, todavía hay mucho egoísmo, materialismo y deseos pasionales y egocéntricos en él. Así es que, si queremos acelerar nuestro desarrollo a la vez que cumplimos nuestro deber de darnos a los demás, debemos comenzar por transmutar nuestros deseos, sentimientos y emociones.

Un deseo puede estimular a la mente para que cree un pensamiento de una naturaleza similar, y como actuamos mayormente instintiva y automáticamente (como reacción, hábito, etc.) el pensamiento será creado y afectará a quien corresponda según cuál sea su naturaleza. En sentido contrario, nuestra mente puede ser afectada por otro pensamiento ajeno a nosotros y responderá creando otro similar (si no somos conscientes ni discernimos) pero complementado con algún deseo o emoción. Así es como generalmente actuamos, como si estuviéramos dormidos casi como si fuéramos máquinas. De ahí, por tanto, que no nos pongamos a pensar o que seamos inconscientes de la obra que podemos hacer si tuviéramos en cuenta el principio de dar y recibir. Otra cosa diferente son las ideas de las regiones superiores del mundo mental, éstas se consideran venidas de un plano espiritual y, como consecuencia, pueden ser muy útiles para nuestros desarrollo y para el desarrollo de la humanidad siempre que seamos conscientes de ellas y las sepamos llevar a la práctica con discernimiento. Pero, como es natural, no se reciben “ideas abstractas o elevadas comúnmente salvo que la persona trabaje mentalmente en lo abstracto o esté trabajando para su propio desarrollo espiritual; una razón más para llevar a la práctica dicho principio. Así es que, cuando hablamos de dar y recibir, no lo debemos considerar algo superfluo sino que deberíamos tener en cuenta lo dicho en estas líneas si de verdad queremos hacer un buen trabajo que ayude al mundo.

Esta información lleva consigo una lucha porque, precisamente el no practicar la generosidad o el altruismo, es indicativo de que estamos muy dominados por los deseos y el materialismo que aún gobiernan el cuerpo de deseos. Y mientras no venzamos esa batalla con la ayuda de la auto-observación de nuestras expresiones (palabras, sentimientos, deseos y pensamientos) no podremos comenzar a estar en armonía con las leyes divinas ni podremos ser los verdaderos gobernantes de nuestros cuerpos para hacer con ellos el bien que deseamos. Es conveniente, como es obvio, intentar estar conscientes de nosotros mismos en cada momento para desear y pensar lo que corresponda para que los sentimientos, las palabras y las acciones sean de ayuda y de bienestar para los demás y no lo contrario que es lo que suele ocurrir. El automatismo que nos domina hace que nuestras respuestas y expresiones sean rápidas (inconscientes) y poco razonadas, por eso no nos paramos a analizarnos para ver de qué manera podemos cambiar esas respuestas instintivas o irrazonadas. Sin embargo y puesto que la voluntad (conciencia) está por encima de la mente, está claro que si estuviéramos siempre conscientes de nuestro cuerpo de deseos y de lo que hace y piensa nuestra mente, nos daríamos cuenta del mal que hacemos y de que apenas “damos” a la vez que buscamos recibir. Por tanto y si de verdad queremos ser verdaderos colaboradores de Dios haciendo el bien, la solución está en controlar esos vehículos consciente y voluntariamente.


Francisco Nieto