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domingo, 20 de enero de 2013

TRABAJANDO (I)




Es muy probable que en algún momento de su vida todas las personas se pregunten alguna vez que si no hay alguna cosa más importante que hacer en su vida porque les parece una monotonía. Esto es más difícil que ocurra en las personas materialistas y egocéntricas, pero las personas de cierto o notable progreso espiritual están más predispuestas a buscar algo superior donde ser útil al prójimo. Una de las formas de trabajar en algo superior es a través de las religiones cristianas y de las escuelas de ocultismo donde se busca la elevación espiritual, como por ejemplo, la Fraternidad Rosacruz. Así es que los miembros de estas escuelas no solo adquieren un conocimiento profundo sino que, además, se comprometen a trabajar por su propio desarrollo interno y por servir de alguna manera a los demás.



Estas escuelas ofrecen un conocimiento oculto dado por Maestros a la vez que los estudiantes llevan a la práctica una serie de ejercicios o métodos que elevan su moral, su intelecto y su espiritualidad. El fin de una escuela es señalar un camino que lleve a un conocimiento de primera mano, pero también lo es que el hombre se dé cuenta de la realidad de este mundo físico y de su verdadera naturaleza para que comience a cambiar internamente cuanto antes pues, si no hay cambio interno, de poco sirve el conocimiento. Uno de los primeros pasos es entrenar a los sentidos físicos para obtener el verdadero conocimiento e impresiones más correctas. Una vez que la mente aprende a discernir y a liberarse de las influencias incontroladas de los deseos y emociones más sus propios pensamientos, comienza a formar sus propias ideas respecto a cómo actuar en ese nuevo estado de conciencia y de vida. Y así se va desarrollando una nueva facultad llamada intuición, la cual, tiene más relación con el Alma o Yo superior que con la personalidad que hasta ahora se dejaba llevar por los placeres, por los deseos, por la mente, etc.


Así es como la persona que en esta vida trae la oportunidad de progresar suele hacerlo, siendo consciente de lo que le llega por medio de los sentidos y controlando el cuerpo de deseos (emocional) y la mente para que estén bajo la dirección del Alma o voluntad. Esta es una de las mejores formas de entrar en el silencio interno, en la quietud del Espíritu que nos hace comprender que la verdadera vida está en el interior y no en lo que somos o creemos ser externamente, ni en el mundo que nos rodea. Por tanto, las personas que despiertan a esta nueva vida tienen dos trabajos que hacer:

1º.- El despertar y la elevación de la conciencia del Yo superior.

2º.- Ayudar al mundo a liberarse de sus propios cuerpos y de las ataduras del mundo físico como él lo ha hecho ya hasta cierto grado.

Una vez encontrado el camino que nos ayuda a hacer estos cambios en nosotros es “fácil” ponerse a trabajar porque la voluntad (sobre todo al principio) es fuerte, sin embargo, el trabajo es largo y costoso porque son muchos los aspectos personales que hay que corregir, cambiar y desarrollar.


Para ser un buen colaborador de Dios, una de las primeras cosas que hay que aprender es que hay un intercambio o interacción armoniosa en el flujo de vida de todo el universo y que ese intercambio de vida y de fuerzas se rigen principalmente por una especie de ley que bien podríamos llamar de “dar y recibir”. El hecho de dar implica que en algún momento recibiremos, y el hecho de recibir debería implicar el dar aunque para algunos no sea tan fácil de comprender. En mi opinión, aunque tengamos muchas esperanzas o aunque imaginemos o deseemos tener muchas cosas, no nos vendrán si no las merecemos precisamente por no haber aportado algo al Banco Universal de los mundos espirituales; es decir, si deseo ser feliz debo hacer feliz a otros y si deseo tener debo ser altruista y ayudar a otros a conseguir lo que desean. Por el contrario, cuando obstruimos, impedimos, atesoramos o aferramos (entre otras cosas) estamos actuando en contra de esa ley de dar y recibir porque estamos impidiendo que la energía o fuerza divina circule por sus cauces naturales.


Evidentemente no estamos hablando de un frío proceso intelectual o de una obligación contraria a la voluntad personal, estamos hablando de dar, de amar, de ayudar, etc. con la más elevada intención de hacer feliz a todo ser viviente que nos rodee. Para que haya un “recibir” se tienen que hacer las cosas de forma impersonal e incondicional, o sea, de corazón y deseando que los demás obtengan el beneficio o efecto que queremos causar. Además de dar, como es lógico, también se puede compartir pero, sea un hecho u otro, el acto o casusa de ve ser hecha con alegría y con la intención de ayudar a los demás. Todos podemos dar algo, sea material o inmaterial, un buen ejemplo, una enseñanza, un estrechar de manos con entusiasmo o una sonrisa de los labios al que lo necesita.


Naturalmente que esta ley no ha tenido siempre la misma acción y reacción respecto a la humanidad, yo creo que su función va de acuerdo a la evolución de la humanidad, sin embargo, hoy está tan vigente como las palabras de Cristo de: “Dad y recibiréis”. Es cierto que todo esto debe ser razonado desde la conciencia porque si nos dedicamos a dar lo que tenemos, en pocos días nos quedamos sin nada y nos costaría sobrevivir y, muy posiblemente, estaríamos haciendo algo que no está en nuestro destino, pues la idea de Dios, tal y como yo lo veo, es la de compartir y ayudarnos. Por otro lado, si solo “recibimos”, está claro que nos convertimos en egoístas y actuamos en contra de la Ley, por tanto, lo ideal es dar con amor, con la fe de que recibiremos lo justo y merecido para seguir evolucionando. Cuando hacemos una buena obra porque nos sale del corazón, ésta queda ahí y nos olvidamos de ella, pero tarde o temprano recibiremos lo que las leyes del karma crean conveniente. Si valoramos correctamente ese “recibir” nos daremos cuenta de que es una invitación para seguir dando, sobre todo y principalmente si al dar nos damos a nosotros mismos.

Francisco Nieto