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domingo, 15 de enero de 2012

¿HASTA QUÉ PUNTO SOMOS LIBRES? (I)


Las personas que viven en países gobernados por dictadores reclaman libertad, las personas que viven en un país demócrata no reclamarán esa misma libertad pero pedirán otras cosas en nombre de la libertad con tal de elevar suposición social, con tal de alcanzar sus metas o con tal de conseguir lo que desean aunque sea egoístamente. Pero, los humildes, comprensivos, tolerantes o conformistas, ¿Han alcanzado ya la verdadera libertad? Una persona puede sentirse atada o presa por el simple hecho de tener que estar atendiendo a otra que necesita ayuda, por el contrario, un preso puede sentirse totalmente libre cerrando los ojos y recordando los lugares que conoce o imaginando otros que le gustaría visitar. Luego entonces ¿Cuál es la verdadera libertad? Está claro que para la mayoría de la humanidad sentirse libres es no estar aprisionado entre cuatro paredes o en un recinto cerrado pero esto, aunque muchos no se paren a pensarlo, está relacionado única y exclusivamente con el cuerpo físico. Cada cual se puede sentir más o menos libre de acuerdo a lo que piense y crea que es, por tanto, quien piense que él es el cuerpo físico se sentirá aprisionado siempre que no pueda ir a donde le apetezca. Quien piense que es algo más importante que el cuerpo físico, se puede sentir más o menos libre dependiendo de lo que piense y de los sentimientos y deseos que generen esos pensamientos.

Cuando la humanidad daba sus primeros pasos no era totalmente consciente de las limitaciones del cuerpo y del mundo físico como tampoco lo es el animal que desea cazar porque tiene hambre pero no lo consigue porque no tiene suficientes cualidades o medios para ello. El instinto no es la razón, el discernimiento ni nada parecido, por tanto si no se razona no nos podemos decir a nosotros mismos ni darnos cuenta de que estamos limitados o que no tenemos libertad. Cuando el hombre fue consciente de su cuerpo y del mundo físico comenzó a razonar y a darse cuenta de las limitaciones de dicho cuerpo y mundo, y esto fue empeorando según fue interiorizando y convenciéndose de que era el cuerpo físico. Por si fuera poco, el hombre fue limitándose más y más según se identificaba con la materia y se hacía dependiente de casi todo lo que le rodeaba. Es cierto que llegó un momento en que comenzó a desligarse de algunos objetos, pero lo hacía para ligarse a otros nuevos. Cada vez que el hombre pierde algo que ama egoístamente o que le ata, sufre y se apena porque sigue identificado con el cuerpo físico y atado al mundo material, lo que significa que no es libre.

Pero, ¿Son sólo las limitaciones del mundo y el cuerpo lo que nos ata? Aunque podríamos decir que estos dos aspectos son la gran causa de que la humanidad siempre se sienta limitada, impotente y falta de libertad; la realidad es otra y ésta se encuentra en los cuerpos superiores llamados “de deseos” –emocional– y “mental”. Excepto las almas más avanzadas en sentido moral, intelectual y espiritual, la mayoría de nosotros nos sentimos apegados y limitados, no ya por el cuerpo físico sino por nuestros propios sentimientos y deseos. Queremos ser bondadosos porque el mal carácter no nos lo permite; queremos ver la belleza en el sexo opuesto y quizás terminemos viendo y deseando el cuerpo físico; queremos ser honrado y una tentación puede impedir que lo seamos; queremos dedicarnos a cultivar el Espíritu y el ocio nos domina y nos vence; queremos alcanzar cierto objetivo y surge cualquier cosa que lo evita o lo ponen en contra nuestra; queremos…. Es posible que en algunos de estos ejemplos sea el propio karma individual el que nos limite e impida que logremos hacer lo que queremos, pero en la mayoría de los casos suele ser: Primero, por falta de disciplina mental para pensar –y como efecto sentir, desear y actuar– positivamente, y segundo, por que no actuamos como un verdadero Yo superior o Ego.

Puesto que la mente domina –o al menos debería dominar– al cuerpo de deseos o emocional, está claro que para actuar responsable y correctamente deberíamos utilizar la mente conscientemente para no cometer errores ni actuar con maldad en ningún sentido, es decir, sin malas acciones, sentimientos, deseos ni pensamientos. Pero, aun así y puesto que vivimos en un mundo gobernado por leyes divinas, tampoco pueden salir las cosas bien en una corto espacio de tiempo ni en un par de vidas; más que nada porque la Ley de Consecuencia nos trae deudas del pasado. El mundo de deseos o emocional y El mundo del pensamiento o mental, al igual que el físico, nos permiten cierta libertad pero siempre dentro de unos límites. Estos dos mundos superiores son –hablando en sentido de espacio– más grandes que el físico como el cuerpo de deseos y el mental también son más grandes que el cuerpo físico y forman un aura alrededor del mismo.

También respecto a la libertad nos permiten, como dijimos al principio, ser más o menos libre como podemos ver por medio en los siguientes casos:
1º.- Cuando en respuesta a una sensación, a un sentimiento o a un deseo, tomamos una decisión y pasamos a la acción, una vez efectuada dicha acción ya no se puede rectificar; nos hemos limitado a nosotros mismos creando una causa que en su momento tendrá inevitablemente un efecto sobre nosotros.
2º.- Si la decisión no pasa a la acción y se queda en un sentimiento o deseo, siempre somos libres de razonar profundamente para actuar o no o de manera que el efecto kármico nos limite o no en un futuro.
3º.- Si hay que tomar una decisión y imponemos la razón y la buena voluntad sobre ella, siempre seremos más libres todavía –sin sentimientos ni deseos que nos limiten o aten– para actuar de manera que nuestro libre albedrío responda sin apego al mundo físico –en busca de beneficio material– sin apego respecto al cuerpo de deseos –sin deseos materiales, sentimientos de maldad, instintos bajos o pasiones– y sin actuaciones irrazonadas o automáticas de la mente.

Dicho esto, está claro que somos libres de decidir y que podemos hacer uso de la voluntad para bien o para mal, y también está claro que sea la decisión que sea puede tener un efecto limitador sobre nosotros, sea total, parcial o en cualquier sentido. De aquí que la manera de liberarse de las ataduras y de las limitaciones del cuerpo y del mundo físico sea a través de la voluntad. Las leyes divinas nunca dejan de actuar y sus fuerza son tan efectivas e invisibles como la de la gravedad que hace que si lanzamos una piedra hacia arriba vuelva hacia nosotros por su propio peso. Todo lo que hoy es el mundo físico con todos los descubrimientos, adelantos y tecnologías es fruto de millones de años y de causas y efectos desde que la humanidad dio sus primeros pasos e hizo sus primeras causas. Según hemos ido evolucionando nos hemos ido liberando un poco más en todos los sentidos mencionados, pero mientras sigamos pensando que somos el cuerpo o la mente no comprenderemos que es la voluntad, utilizada conscientemente, la que nos puede liberar definitivamente de los efectos kármicos producidos por nuestros diferentes cuerpos. Es la voluntad la que debe evitar que las influencias externas –de circunstancias o personas– y los problemas estimulen en nosotros los sentimientos y pensamientos negativos; es la voluntad la que se debe imponer sobre el cuerpo de deseos y la mente para que no se dejen dominar por todo aquello que no sea amor, fraternidad, altruismo, compasión…; es la voluntad la que debe evitar que la personalidad se desvíe del camino de perfección criticado, juzgando y perdiendo el tiempo en hechos que no aportan ningún beneficio espiritual; es la voluntad la que debe evitar los enfados, las discusiones y enfrentamientos y todo lo que sea un veneno para nuestros cuerpos.

Francisco Nieto

lunes, 2 de enero de 2012

EL DESARROLLO DE LA MENTE Y DE LA CONCIENCIA (y II)


Imaginemos a los mundos mencionados anteriormente, el físico con su materia y sus cuerpos físicos animados; el emocional con sus cuerpos emocionales compenetrando los cuerpos físicos; el mundo del Pensamiento con sus cuerpos mentales compenetrando a los dos anteriores. Ese es el esquema donde la humanidad está evolucionando como Almas en dichos vehículos de manifestación. Si ahora imaginamos un mundo espiritual por encima de ellos donde está el Alma, ese observador o pensador que se manifiesta a través de esos cuerpos, tendremos una idea de dónde está nuestros verdadero mundo —en la presente etapa— y dónde debemos situarnos como consciencia. Ese nivel es un nivel o intermedio entre la Conciencia de Dios o Conciencia Universal de la que somos parte, y la consciencia del hombre común que cree que él es el cuerpo físico o como mucho su mente. Obviamente de lo que se trata, como meta próxima, es de situar nuestra consciencia en ese nivel aún siendo conscientes en el mundo físico. Con lo expuesto hasta ahora podemos llegar a la conclusión de que ni los cuerpos ni los mundos son la “realidad” como tampoco lo es una obra de teatro fruto de la mente y de la intuición de su autor, puesto que el escenario y los autores están y tienen su origen en la mente del autor al igual que nuestros mundos y nuestros cuerpos tienen su origen en la Vida, Mente y Conciencia de Dios. Y lo mismo que un escritor de obras de teatro se perfecciona y se puede hacer un maestro en escribir dichas obras, así también nosotros, como espíritu, nos estamos perfeccionando gracias al renacimiento de esa vida divina que somos en los diferentes cuerpos mencionados.

La consciencia física —la percepción de los sentidos del cuerpo físico— es la que tenía el hombre hace unos millones de años y, aunque hoy tenemos la autoconciencia del yo personal y algunos están comenzando a percibir algo de lo que podría ser el Yo superior, lo cierto es que una mayoría sigue con la conciencia de pensar que son sus sentidos y su mente. Estas personas “conocen” a través de lo que perciben con sus sentidos pero no son conscientes de que su yo es independiente del cuerpo físico —cerebro— de sus sentimientos y de su mente; y es que para saber que tenemos una conciencia debemos ser conscientes de nosotros mismos. Nuestra conciencia anterior —muy similar a la de los animales— impedía que razonáramos sobre el porqué cómo o cuándo de las cosas, igual que un animal maltratado siente dolor pero no puede preguntarse que porqué le maltratan. El animal, como aquel hombre primitivo, no se conoce a sí mismo, a diferencia del que es consciente de que ve, oye o siente placer o dolor. Y es este último el que progresivamente comienza a preguntarse por qué algunas cosas son agradables asociando esto a determinadas cosas, hechos o personas. A partir de esta etapa u origen de la mente y de la consciencia, es cuando el hombre comienza a darse cuenta de su ser interno y de su “yo soy” comenzando a experimentar nuevas sensaciones acompañadas de un mínimo razonamiento respecto a la atracción o placer u aversión y odio respecto a los demás. De estas experiencias y asociaciones surgen las reflexiones respecto al yo y a los demás.

La conciencia del animal le lleva a intentar percibir lo que hay en el exterior, en el mundo físico, y el hombre primitivo hacia lo mismo hasta que las sensaciones y experiencias le hicieron pensar. Ahora, el ser humano observa el mundo físico pero también es capaz de observarse a sí mismo, lo que es el primer paso para transformar y espiritualizar la personalidad. Esta es la diferencia, el animal conoce gracias a sus sentidos pero el ser humano es consciente de que conoce lo externo y lo interno y tiene voluntad y razón para elegir e investigar lo conocido. En el animal es inconsciencia e instinto y en la humanidad es consciencia y mente. Cuando decimos que vemos es porque somos conscientes de que tenemos el sentido de la vista y de lo que vemos, lo que el animal no puede hacer —aunque en el futuro lo conseguirá— Sin embargo, ese yo consciente tiene centrada su conciencia en el mundo físico y no es consciente de los mundos y cuerpos superiores ni de que él es un yo individual que nada tiene que ver con lo que ahora conoce. Y es que, cuando el hombre alcance el próximo estado de conciencia, ya no le servirá para nada la consciencia de ahora ni lo que conoce.

Cuando éramos inconscientes del cuerpo y del mundo físico —ignorantes de ser un yo— éramos felices y nos encontrábamos en el paraíso, entonces no sufríamos porque nos faltara nada —trabajo, dinero, salud…— ni teníamos preocupaciones, ni sabíamos lo que era un disgusto, ni nada parecido como les ocurre hoy a los animales. Pero el hecho de obtener la mente y la autoconsciencia trajo todo eso y más por el hecho de pensar que solo hay una vida, por creer que somos el cuerpo físico —nos hizo sumamente egoístas— por estar dominados por los deseos materiales y las emociones y, en general, por la ignorancia. La etapa actual, en la cual y gracias a la mente, somos conscientes en la tierra cuando renacemos, algún día pasará porque ya no necesitaremos experimentar aquí, entonces nuestra conciencia se elevará a los mundos superiores para ser conscientes y experimentar y aprender en esos mundos etéricos; entonces seremos inconscientes de este mundo como lo somos ahora del mundo donde estamos mientras dormimos. Una vez allí ya no será realidad este mundo como lo es ahora, ni los cuerpos o formas, ni los deseos egoístas, ni habrá motivos para desesperarnos, enfadarnos o pelearnos; la realidad estará dentro de nosotros mismos y es ahí donde deberíamos comenzar a buscar. Ahora estamos “separados” de nosotros mismos como podemos comprobar cuando nos analizamos y autoobservamos, estamos en el papel de “observados” y no de observadores, es decir, actuamos como si fuéramos el cuerpo y la mente en vez de vivir como el observador que les observa con consciencia.

Cuando elevamos la consciencia hasta el yo real también conocemos como ahora, pero ese “conocimiento” nos eleva a niveles superiores del Mundo del Pensamiento a través de una nueva realidad sobre nosotros mismos y sobre el universo. Entonces, según vamos conociendo esa nueva realidad descubrimos que nuestra raíz está en el universo, que transcendemos todo lo que conocemos y toda experiencia humana, que nada nos puede dañar y, por tanto, que somos dioses en formación. Este sendero es el que debemos emprender los que admitimos estas verdades porque nuestra mente y nuestra conciencia así no lo hacen ver, un sendero en el cual somos cada vez más observadores de nosotros mismos y donde nuestro Yo está presente de una manera voluntaria y consciente en todo lo que hace, dice, siente y piensa. Este es el sendero que nos lleva a la libertad de toda preocupación inquietud, enfado, frustración, deseo material…; porque cuando somos y actuamos como el verdadero yo o Yo superior no hay deseo, emoción o pensamiento que nos ate a lo ahora conocido.

Obtuvimos la mente en el pasado porque era imprescindible que razonáramos —y sigue siéndolo— para no dejarnos dominar por los deseos y sentimientos egoístas y materialistas, la mente es imprescindible para obtener conocimiento, entre otras cosas, pero si queremos llegar a experimentar esos momentos de exaltación que algunos místicos han detallado en sus escritos y narraciones, debemos empezar a actuar en todo momento como un Alma consciente que está por encima de la mente. Llegará el día en que la mente actual —por medio del cerebro— no nos sea necesaria puesto que ésta actúa basándose en el conocimiento y en lo aprendido y experimentado, lo que a su vez son obstáculos e interferencias para la identificación con el Yo superior, de ahí la necesidad de evitar que la mente esté todo el día pensando por sí misma —hay que utilizarla cuando se necesario y de forma consciente y voluntaria— y sin que nos demos cuenta.

En nuestro cuerpo físico se expresan y le compenetran —como cuerpos de materia más sutil— otros aspectos o vehículos que son los medios por los que el Ego o Yo superior es consciente y evoluciona en este mundo, estos son: la vida que anima el cuerpo físico, los deseos —imprescindibles para el propio desarrollo— y la mente. Pues así como es abajo es arriba y como es arriba es abajo, es decir, en el universo o cuerpo de Dios existen los mismos aspectos —en el grado o nivel de Dios— y, por tanto también la conciencia Divina que abarca todo el universo manifestado. La mayoría de la humanidad se identifica con su propia vida, deseos y mente sin darse cuenta de que es una conciencia que está por encima de todo eso. Los más evolucionados de los espíritus reencarnantes actuales ya están viviendo identificándose con esa vida y con esa conciencia universal. Están siendo conscientes de que en toda forma hay una vida y una conciencia en evolución y que cada uno de nosotros está escalando esa Conciencia Divina a través de las Leyes de Causa y Efecto y de Renacimiento; están dejando atrás la ignorancia y la inconsciencia para identificarse con esa realidad nueva que se encuentra en nuestro interior, en el Yo superior; están experimentando ese vislumbrar de conciencia donde uno se siente libre de lo físico y en una gran y profunda paz.

La purificación y espiritualización de los cuerpos son muy necesarias para progresar en la etapa actual, eso eleva nuestros ideales y nos acerca a nuestro Yo superior —cuidado y sana alimentación del cuerpo físico, control de la mente para que no piense por sí misma, y la utilización de esta última para que nuestros deseos, sentimientos, palabras y pensamientos sean siempre de buena voluntad, amor y fraternidad— pero el hecho de actuar, además, momento a momento, de una forma consciente y voluntaria, es lo que hará que nos identifiquemos con nuestro verdadero ser. Una cosa es ser consciente por medio del conocimiento de que nuestra vida, mente y conciencia son parte de Dios —lo que implica una gran responsabilidad kármica respecto a los seres que nos rodean y al propio universo como expresión de Dios— y otra es expresarnos segundo asegundo de una manera consciente como si nos autoobserváramos desde ese mundo espiritual. Entonces se va viendo la vida y todo lo que nos rodea como un escenario —por tanto irreal— donde debemos interpretar con nuestros cuerpos el mejor papel que podamos dentro del destino que nos hemos preparado antes de renacer y según nuestras necesidades evolutivas. Desde ese punto de vista, aún como humanos, expresaremos cada vez más la voluntad de nuestro verdadero Yo; el observador. Esto, a su vez, hará que perdamos la sensación de ser una persona diferente a las demás para experimentar una especie de expansión de conciencia que compenetrará a todo ser viviente con un sentimiento de fraternidad y hermandad. Con esta práctica y aún utilizando la mente, se puede llegar a vivir una experiencia nueva, como un “centro de conciencia” desde donde se actúa sobre nuestra vida y nuestro destino.

Francisco Nieto