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domingo, 18 de diciembre de 2011

EL DESARROLLO DE LA MENTE Y DE LA CONCIENCIA (I)

DESARROLLO DE LA MENTE Y DE LA CONCIENCIA


En toda partícula inorgánica se aprecian indicios de sensación o sensibilidad, lo que, a través de la evolución, termina convirtiéndose en sentidos u órganos de los sentidos que son la base para que la vida que utiliza a la forma como vehículo, desarrolle la mente y la consciencia. Aunque esto sea difícil de creer para muchos, lo cierto es que la afinidad química entre partículas consiste en que éstas perciben las diferencias cualitativas de las otras y experimentan atracción —placer— o repulsión al tomar contacto. Esa sensibilidad o sensación inconsciente de las partículas podría considerarse un vislumbrar de lo que llamamos pensamiento pues, queramos o no, hay una respuesta en forma de inclinación voluntaria inconsciente en esa atracción y repulsión. Este es el comienzo evolutivo de la vida en la forma y según va utilizando la vida formas más complejas, así avanza en la escala de la vida desenvolviendo la consciencia en ese mundo físico para, a continuación, obtener un principio mental. La vida representada por la célula manifiesta más todavía la sensación y el propósito para distinguir y seleccionar a la hora de asimilarse las substancias nutritivas; de hecho, en los vegetales superiores comienza a haber ciertas células sensitivas que bien podrían considerase órganos rudimentarios de los futuros sentidos. No es necesario decir que en el reino animal aumentan las sensaciones y se forma el sistema nervioso con rudimentarios órganos de los sentidos —en animales inferiores— En estos animales también comienza a manifestarse diferentes grados de mentalidad pero no de conciencia hasta que la vida utiliza formas de animales superiores y construye un sistema nervioso complejo y una “consciencia física” gracias a los sentidos.



Es muy común que en nuestras relaciones y forma de hablar digamos a menudo “yo soy”, “yo sé”, “yo soy consciente”, etc., pero no lo es tanto el hecho de preguntarnos ¿cómo ha llegado a ser posible esto? Muchas personas incluso confunden la mente con la consciencia sin saber que la consciencia es un aspecto de la mente la que, a su vez, es fruto de la evolución de la humanidad. Para decir yo soy, so sé o yo soy consciente debemos haber alcanzado el grado de conciencia que nos define como seres autoconscientes, si no es así —como ocurre con los reinos que nos siguen— no podemos autodefinirnos como un Yo independiente. Pero para que eso ocurra hemos tenido que desarrollar un cerebro y una mente, ya que es gracias al pensamiento como podemos observarnos y reconocernos, por consiguiente y aparentemente, el origen de la humanidad como tal es la mente, como resultado de un proceso evolutivo inconsciente. Consciencia significa tener conocimiento de las sensaciones y de los procesos mentales, es decir, obtener consciencia de los estados mentales y del pensamiento, pero para ello hemos tenido que reconocernos como individuos separados de los demás. De esta forma podemos comprender que somos “algo” —normalmente llamado Espíritu, Alma, Ego o Yo superior— que tuvo un origen y que ha evolucionado hasta autoreconocerse como un “Yo”.



Ese “algo” invisible, como la mente y la consciencia, es lo que normalmente llamamos en ocultismo la “chispa” o “vida divina” encarnante. Todo en el universo nace, se desarrolla y muere, lo que significa que tiene vida y que evoluciona. Todo lo manifestado y lo inmanifestado vibra, no hay nada muerto en el universo puesto que la vida anima a toda clase de partículas atómicas, subatómicas y otras mucho más sutiles que éstas. La vida está más allá de cualquier clase de materia porque procede de Dios, y es la vida la que se une a la forma física para poder evolucionar y obtener la autoconsciencia. La vida no es una partícula que flota sobre un mar de materia muerta, la vida anima a la materia compenetrándola desde el propio Mundo de Dios en forma de vibración; la vida en su propio mundo es como un átomo rodeado de vida palpitante y pensante pero que cuando desciende al mundo físico para tomar una forma, disminuye su vibración y pierde su conciencia divina cuanto más se sumerge en la forma física. Esa vida divina es la misma en nosotros que en los reinos que nos siguen y que en todo lo existente, lo que nos diferencia es el estado evolutivo y el grado de conciencia y de consciencia que cada forma haya adquirido.



Así es que, nuestra vida es parte de la vida de Dios y nuestra conciencia es parte de la conciencia de Dios, pero la hemos perdido al utilizar las formas físicas como vehículos de experimentación; sin embargo, es gracias al mundo físico como adquirimos la autoconciencia propia que es la que nos llevó a desarrollar la consciencia y la mente y nos llevará a alcanzar todos los poderes latentes del Espíritu que como hijos de
Dios que somos tenemos. Cada uno de nosotros, como Almas, utiliza diferentes vehículos de expresión pero, al igual que el cuerpo físico, la materia de la que están compuestos no nos pertenece y sólo la utilizamos temporalmente. Hay un depósito universal de “materia” en sus diferentes grados y vibraciones, de donde tomamos prestada la materia que necesitamos para nuestro uso en cada renacimiento y es gracias a ese depósito como evolucionamos y llegamos a manifestar vida, sentimientos, deseos y pensamientos. Así es que, todo el desarrollo o bien que hagamos estará relacionado con la materia de nuestros cuerpos que, a su vez, beneficiará a quien use esa misma clase de “materia”; así, tanto nosotros como los reinos que nos siguen y otras jerarquías existentes, vamos evolucionando gracias al bien y al desarrollo alcanzado en este esquema evolutivo donde vivimos, nos movemos y tenemos nuestros ser.



En este esquema y en nuestro caso en particular, hemos alcanzado el estado humano gracias a la adquisición de la mente y, por tanto, de la consciencia de uno mismo. Por consiguiente, además de ir sembrando el mundo físico con nuestras expresiones —en forma de palabras, hechos, sentimientos y deseos— personales, hay que añadir que también estamos sembrando, para bien o para mal, el medio ambiente en que nos movemos por medio del pensamiento. Así es que cada deseo, sentimiento o pensamiento negativo que creamos o manifestamos es una fuerza negativa que buscará con quién aliarse o dónde cobijarse para intentar fortalecerse en poder. En un pasado de aproximadamente 18 millones de años no éramos responsables de este mal que hacíamos porque no habíamos adquirido aún la mente ni la “consciencia de sí mismo” pero a partir de alcanzarla ya fuimos responsables de nuestros actos y expresiones y prueba de ello es que este es el mayor motivo por el que tenemos que renacer. De ahí que después de adquirir la mente y la autoconciencia nos encontremos en la etapa de perfeccionamiento de nuestros cuerpos por medio de la purificación del pensamiento —como base de toda expresión— y de la correcta expresión —en todos los sentidos— voluntaria y consciente.



Nuestro cuerpo físico pertenece al mundo físico, y decimos que es nuestro mundo simplemente porque nuestros sentidos nos permiten verlo y porque somos conscientes de él. Nuestros deseos y emociones pertenecen a otro mundo de materia más sutil —emocional—y de mayor grado de vibración y, aunque estamos en él mientras dormimos, no traemos el recuerdo porque no somos conscientes en él. Nuestros pensamientos pertenecen al mundo “mental” o “del pensamiento” que está por encima de los deseos y las emociones y es de una “materia” más sutil aún que el anterior; aquí tampoco somos conscientes ni tenemos medios para serlo. Por encima de estos mundos hay otro que es donde está nuestra Alma o Yo superior, el observador, el pensador o el recopilador de las experiencias de cada renacimiento. Cada uno de esos mundos está compuesto de menor a mayor —en sentido evolutivo y ascendente— importancia respecto a nuestro desarrollo. Así es que nos podemos imaginar moviéndonos en este universo de diferentes grados de materia y vibración, utilizándola según nuestras necesidades y devolviéndola a ese “Banco Universal” para bien o para mal de nuestros hermanos menores y mayores que en él evolucionan.



Estos mundos son expresiones de Dios, creados para que lo utilicemos y evolucionemos a través de ellos pero, al igual que cada uno de nosotros, tienen un mismo origen y un mismo fin, esto es, el desarrollo humano, la autoconsciencia y, en un futuro, el desarrollo de todos los poderes latentes que como espíritus e hijos de Dios tenemos. Por tanto, la materia y nosotros estamos evolucionando en esos mundos para desarrollar esos aspectos a modo individual. Pero como estamos en esos mundos que son manifestación de Dios —como nuestros cuerpo físico es nuestra manifestación— y no podemos salir de ellos —como una célula no puede salir de nuestro cuerpo físico— no cabe la menor duda de que, al final de nuestra evolución, nuestra vida y nuestra consciencia se unirán a las de Dios y seremos semejantes a él.



Cuando comenzamos la evolución nuestra “conciencia” era como la del mineral actual —sin expresión— después nos hicimos sensibles y comenzamos a expresarnos como el vegetal y el animal y por último adquirimos la mente y la consciencia actual. La meta próxima es hacernos conscientes en el mundo inmediatamente superior como en su momento conseguimos hacernos conscientes en éste. Esto es lo mismo que ocurre respecto al nacimiento y a la muerte: En el nacimiento tenemos la conciencia en los mundos superiores de donde venimos, y cuando nacemos la vamos perdiendo para ir adquiriéndola aquí según crecemos y se desarrollan los sentidos; cuando se muere se pierde la consciencia de este mundo y la adquirimos en los superiores donde asimilamos la quintaesencia de las experiencias de la vida pasada. Por tanto, está claro que quien quiera acelerar su desarrollo debe hacer un correcto uso de sus cuerpos, cuidarlos y expresar a través de ellos lo más elevado —sentimientos, deseos, emociones y pensamientos— de forma voluntaria y consciente. En la etapa actual, el común de la humanidad debería utilizar su mente para cuidar sus cuerpos y expresar lo más elevado de sí mismo, lo que ya es un gran paso. Pero el que desee ir más lejos debe trabajar a nivel de la consciencia, esto es, ser conscientes en el “aquí” y en el “ahora”, autoobservándose y recordándose a sí mismo como algo separado y por encima incluso de la mente. Este es el papel del Yo superior o Ego, y si nosotros intentamos hacer esto desde su posición, estaremos adelantando mucho respecto a la futura compenetración mutua.

Francisco Nieto