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lunes, 21 de febrero de 2011

EL NO-YO, EL YO Y EL YO SUPERIOR (y V)


Aunque nos parezca increíble, la mente cambia y transforma lo que percibimos y que normalmente llamamos "realidad", esto es debido a que añade los aspectos del cuerpo de deseos, las asociaciones que ella misma hace y las proyecciones y mezclas de lo que existe como patrones o modelos de pensamiento. La intuición pertenece al Yo superior y por eso percibe directamente la verdadera realidad pero la mente concreta y personal percibe indirectamente y a través de los sentidos del cuerpo físico, por eso, para ver lo real hay que limpiar la mente y actuar “sin mente”, o sea con la mente del Alma. Por consiguiente, hay que comenzar por actuar sin motivos personales, sin deseos, instintos ni pensamientos asociados o proyecciones basadas en patrones guardados. Esto es como decir que hay que cerrar los oídos, la vista y la atención a lo irreal, a las distracciones que pierden a la mente, a los pensamientos inconscientes y al apasionamiento o apego material; si a algo hay que tener apego es al amor incondicional a todo ser viviente. La percepción de la mente es indirecta pero la percepción espiritual exige una actitud directa. Nada, ni una sola imagen, pensamiento, sentimiento o deseo personal debe interponerse entre el aspirante sincero y el Yo superior. Es necesario que se destruya cualquier cosa en que pueda interesarse la mente porque destruyendo los intereses creados de la mente, destruimos la mente que crea la ilusión que confunde entre lo real y lo irreal. Naturalmente que para alcanzar esto también es conveniente estar en armonía espiritual consigo mismo y con todo ser viviente por medio de la meditación y de todos los ejercicios espirituales mencionados; al estar en armonía consigo mismo también se está con el Espíritu de Vida universal, lo que, a la larga, le llevará a estar en armonía con Dios Mismo.
Cuando explicamos lo que se puede conseguir con estas técnicas ocultistas nos estamos refiriendo a lo que, en oriente y en occidente llaman “iluminación”. Ya hemos mencionado los dos caminos que hay para alcanzarla, el del corazón y el de la mente. El del corazón es el que lleva al místico a buscar más allá de la forma externa por medio de la belleza y de la realidad que la produce, o sea, busca lo divino que existe detrás de la materia. El sendero de la mente es el que estamos tratando en este artículo y para acercarse a la iluminación el aspirante tiene que conseguir el control de la mente (por medio de la concentración y la meditación) para después mantenerla en los asuntos del Alma. Al alcanzar este estado, la conciencia deja de operar en lo que se refiere al cerebro y a la mente personal (lo que en el místico se llama estado contemplativo) Puesto que la iluminación sitúa a la conciencia en el plano del Espíritu o Reino de Dios y a la mente en el plano del Yo superior, ésta última ya no responde a lo que proceda del Mundo del Deseo ni del físico y sólo percibe la Verdad sin ningún velo que la oculte.
Ya sabemos lo importante que es (así lo han afirmado los Maestros y verdaderos ocultistas) la práctica de la concentración, la meditación, la contemplación y demás técnicas. Todos ellos han dicho que con voluntad y con persistencia en la práctica se puede llegar a contactar con Dios y con el Yo superior. Ya hemos hablado de lo que es el no-yo, el yo personal y el Alma, pues bien, no se podrá alcanzar ningún elevado estado de conciencia si no se consigue silenciar al yo pensante y anular así su actividad mental (distracciones y modificaciones constantes de la mente) cuyo efecto traerá paz y tranquilidad. No conseguiremos transformar la mente en un estado limpio y puro hasta que no anulemos al pensador y a lo que piensa puesto que éstos son la causa de que la mente se distraiga y esté constantemente modificando lo que contiene y lo que le llega.
Lo mismo que dos personas ven el mundo de diferente manera según su propio desarrollo y según lo perciban sus sentidos, también cada persona va descubriendo progresivamente como es según va controlando y limpiando su mente y según va transformando sus deseos y sus sentimientos. La concentración como inicio, y la meditación como continuación y complemento imprescindible, llevan al aspirante espiritual a conocer la Verdad, lo real y lo inmanifestado a nuestros sentidos. Quien, de verdad, desee comenzar a hollar el sendero con seguridad debe obtener el conocimiento que elimine la ignorancia y debe desarrollar el discernimiento porque el discernimiento es el que hace ver la dualidad y lo compuesto para que podamos ir al encuentro de lo interno y real.
Cuando por medio de la concentración desechamos los opuestos que rigen nuestra vida, ya no queda nada permanente, es como si la mente se quedara limpia y estuviera lista para ser la herramienta de la recta acción del Yo superior. Pero el trabajo del aspirante no trata solamente sobre la mente, antes de eso y como trabajo complementario es necesario transformar el deseo hacia su aspecto positivo y eliminar (olvidar) la memoria del deseo, esa es la mejor preparación para la iniciación. Estas técnicas, las aspiraciones elevadas y la persistencia es lo que lleva al Maestro ya que solo con la ayuda del Maestro es con lo que nos podemos convertir en lo que verdaderamente somos, si es que es verdad que deseamos convertirnos en nosotros mismos. Este “convertirnos en nosotros mismos” es el camino de perfección, el que, a su vez, terminará uniéndonos al Yo superior y a Dios.
El camino de la recta acción es preferido por muchos aspirantes espirituales pero ¿la acción puede ser recta si no ha habido liberación del yo personal? porque, si hay un motivo personal, significa que está presente el yo, y si está presente el yo quiere decir que no hay virtud espiritual. La liberación del apego se alcanza por medio de la acción pura en la vida cotidiana, pero la base de esta acción pura o recta radica en la pureza de motivos e intenciones. Tan mala es la acción interesada o personal como la inacción por miedo a ser influenciado o extorsionado por la misma mente, así es que lo importante es la pureza del motivo o intención en la acción, y esta pureza en el motivo se alcanza por la meditación. Con la meditación y la recta acción se desarrolla el Alma correctamente, y cuando esto es así, la persona no se preocupa porque su acción sea más o menos grande.
En el pasado fueron (y aún siguen siendo) muy útiles para la propia evolución los 10 Mandamientos, y después fueron dados a conocer los Pecados Capitales como otro medio para que la humanidad diera otro gran paso en su propia evolución, pero también se nos dice que tenemos unas Virtudes para llevar a la práctica y combatir esos pecados. Lo cierto es que todos estos medios tienen su efecto positivo cuando se lleva a la práctica de forma consciente y voluntaria, pero el amor supera a todo ello. Dos de las cualidades más notables del hombre espiritual es la generosidad y el amor y, de hecho, ningún aspirante puede avanzar en su sendero ascendente de espiritualidad si no practica dichas virtudes en el mundo donde se mueve y con las personas que le rodean. Pero el verdadero aspirante, no solo comparte lo que ha alcanzado sino que también se entrega a sí mismo sin reservas a los demás, sin embargo, tiene que ser una verdadera entrega de corazón y sin intención de retener nada para que sea verdadero amor y generosidad. Es decir, si hay intención de retener algo es que hay apego a lo material, hay un intento de proteger lo material a la vez que se da solo en parte. También y por otro lado, hay casos en que no se da de corazón porque hay un motivo muy común en las personas, el de dar pensando en la recogida de alguna recompensa espiritual. Para que la donación sea natural debe ser espontánea, es cierto que hay un patrón de altruismo y generosidad pero, si no hay ánimo de dar de corazón hay apego, y si hay apego es un acto impuro. La caridad debe ser hecha con armonía y pureza de pensamiento, palabra y obra; esto, que bien podríamos llamar espiritualización del carácter, debe ser la virtud fundamental del verdadero aspirante espiritual y debe estar presente en cada instante de su vida. De hecho, quien no practica el amor y el servicio desinteresado es porque tiene apego a lo material o personal, por tanto, le queda lo más importante por desarrollar como virtud en su carácter; cuando se desarrollan se entregará sin reservas, no tendrá apego y ni siquiera miedo a nada.
Cuando el aspirante ha desarrollado las virtudes necesarias para estar en el sendero de perfección y controla su mente de tal manera que apenas tiene obstáculos ni distracciones, él se encuentra equilibrado y armónico en su propia naturaleza espiritual. Y es en esta naturaleza interna y espiritual donde se manifiesta las verdaderas virtudes de amor y servicio altruista en todo momento del día. Si estas virtudes nacen de un corazón rebosante de caridad de una forma natural son virtudes del Espíritu, pero si no es de forma natural sino forzada, no es así. Naturalmente que si se hace una buena obra a modo de exhibición u ostentación, se niega automáticamente la misma como virtud puesto que la persona busca algún reconocimiento. Si bien la caridad, entre otras virtudes, debería ser parte del “patrón” de comportamiento, el comportamiento personal debe estar asentado en el carácter o fundamento espiritual innato en todo ser humano. Cuando el aspirante vive en este carácter espiritual, vive y disfruta plenamente del gozo que nace del corazón, está en plenitud de gozo, y manifiesta las virtudes del Alma.
Otra virtud a desarrollar por el aspirante es la paciencia para lo cual hay que tener fuerza y valor además de no confundirla con la pasividad y mucho menos caer en ella. La paciencia debe nacer del Yo superior pero ésta debe ser acompañada del desapasionamiento, es decir, es necesario estar libre de las ataduras de la mente concreta y del apego personal. Estamos acostumbrados a identificarnos con la mente y con el cuerpo de deseos como si también fuera nuestra voluntad, pero mientras sea así tendremos pasión por lo personal y no nos identificaremos con la voluntad de Dios. Cuando nos identificamos con la voluntad de Dios es gracias al valor, a la persistencia y a la paciencia, y a partir de ahí es cuando podemos vencer al desapego y hacernos invencibles. El desarrollo de estas cualidades lleva al aspirante a un estado de felicidad interna, y es en ese estado donde se debe practicar con generosidad el servicio amoroso porque, si damos sin gozo, es como si no diéramos; dar, desde el punto de vista del Alma, es hacerlo desde un estado de conciencia donde el dador no es consciente de que está dando. Así es que, la felicidad interna es parte del carácter o patrón del Espíritu y cualquier actividad que se haga sin ella (como base o estado de conciencia de amor y de servicio) es una búsqueda para sí mismo.

Francisco Nieto

viernes, 11 de febrero de 2011

EL NO-YO, EL YO Y EL YO SUPERIOR (IV)


SOBRE LA CONCENTRACIÓN
Analizado el proceso de “pensar”, siendo conscientes (como es lógico en un ocultista) de lo que es transitorio, y, a su vez, conociéndonos a nosotros mismos en la línea que estamos explicando, es como se puede conseguir la limpieza mental necesaria para poder actuar con mucha más libertad sobre el yo personal. Esta es la transformación de la mente que se debe hacer para que pueda ser utilizada por el Yo superior a la vez que nos disociamos de lo personal pero ¿Cómo y cuándo podemos aislarnos del yo personal para identificarnos como un Yo superior? Hay mucha literatura que explica muy bien lo que es la concentración pero pongamos algo como ejemplo. Si nada más despertarnos por la mañana, (que es cuando acabamos de dejar la conciencia de los mundos superiores para volver a tener la conciencia de vigilia en el mundo físico) concentramos la mente en algún tema abstracto e intentamos mantenerla durante unos minutos, nos daríamos cuenta de que la mente quiere pensar o distraerse con otros asuntos de nuestra vida cotidiana, lo que sería un obstáculo para nuestro deseo de identificación. Si de verdad queremos desarrollar la concentración debemos hacer un esfuerzo de voluntad, las veces que sean necesarias, hasta que la mente no se distraiga con los asuntos personales del mundo físico. Según se va consiguiendo ese objetivo podemos ir comprobando que tenemos un sentimiento de existir como un yo aislado incluso de los propios cuerpos, quedando solamente o convirtiéndonos en el ideal o motivo de concentración elegido.
Las matemáticas son abstractas y, como tal, si un matemático se pusiera a practicar la concentración en la soledad y se concentrara profundamente en un problema, teoría o fórmula, el resultado sería el mismo: la disociación de la conciencia de lo que representan los sentidos y el mundo físico. Esto viene a resumir lo que estamos intentando explicar, que lo real solo existe a partir del mundo del Yo superior o región abstracta del Mundo del Pensamiento. Es decir, es una manera de comprobar que gracias a la correcta utilización de la mente concreta (el yo personal) podemos contactar con el Yo superior situado en esa región, o lo que es lo mismo, llevar nuestra conciencia a nuestro verdadero hogar hasta comprender que la personalidad y el mundo físico son irreales y perecederos una vez se pierde la conciencia de los mismos como persona.
Si desde el nacimiento de la mente, ésta se ha desarrollado gracias al constante cambio y versatilidad con tal de reunir material para pensar, es lógico que si se la intenta aquietar y concentrar en un solo punto, se muestre inquieta e inestable. En realidad, las imágenes que llegan al cuerpo mental son reproducciones de lo que captan nuestros sentidos, que es como decir que el cuerpo mental se adapta a lo que llega a él a modo de desarrollo y que lo hace para que haya material para que el pensador, el yo, haga las modificaciones que suele hacer constantemente. Y es en base a esto que sea necesaria la concentración y el control puesto que lo que intenta la mente es reproducir perfectamente la imagen que observa fijamente. Pero para alcanzar ese grado de concentración donde no haya distracciones es necesaria una atención concentrada para que la conciencia quede fija. Naturalmente que si queremos que la mente no atienda a las impresiones o sensaciones que recibe debe haber un esfuerzo de voluntad, la que, en realidad, procede del Espíritu.
Este es, al fin y al cabo, lo que hace la mente para obtener conocimiento pero ¿es igual el conocimiento que se obtiene sobre algo, si lo obtenemos porque nos lo describen que si lo vemos? Por supuesto que cuando lo vemos nos parece más real y podemos extraer más conocimiento pero ¿se obtiene la misma información de cualquier imagen que comúnmente vemos o de cualquiera de ellas que nos sirva para concentrar la mente? Por supuesto que extraemos mucha más información por la concentración de la mente sobre cualquier cosa que no de una simple observación. Así es que, si queremos que la mente no se distraiga con las impresiones y sensaciones, si queremos que no esté constantemente haciendo modificaciones, y si de verdad, queremos obtener un conocimiento profundo de las cosas a la vez que desarrollamos los poderes de la mente, debemos concentrar la mente para que la atención o la conciencia queden inmóviles sin ni siquiera prestar atención a cómo resistir a las tentaciones de movilidad.
Toda persona que haya comenzado a practicar la observación fija y constante o la concentración, se habrá dado cuenta de que el hecho mismo de intentar sujetar y centrar la atención de la mente ya es de por sí un impedimento. Esto es lógico puesto que anda suelta el mayor tiempo del día dejándose llevar por los sentimiento, deseos, sensaciones, impresiones externas, etc., y sin embargo, la mayoría de las personas no se dan cuenta de que ellos no son la mente sino que están por encima de ella y pueden controlarla. Un principiante en estos conocimientos que desee controlar su mente, lo primero que debe hacer es de observador de lo que viene a su mente para después discernir y quedarse con lo positivo y rechazar lo negativo, o bien para suplantar lo negativo con los positivo. Esta práctica es una buena base porque la identificación con lo armónico y positivo hace que se rechace lo que no lo es, consiguiendo así que nuestra mente atraiga solamente lo positivo. Pero como la mente atrae pensamientos relacionados, sobre todo, con lo que hacemos, también será conveniente tener actividades relacionadas con las virtudes humanas que, de alguna manera, se identifican con el Yo superior.
Otra de las cosas que debe tener presente el que se inicia en estos ejercicios y conocimientos es que si, como sabemos, la mente está siempre pensando (seamos o no conscientes de ello) y de un lado para otro, lo primero que debe intentar conseguir es aquietarla y hacer que piense cuando la persona misma quiera. Pensar debería ser que la mente actúe dentro del pensamiento de una forma consciente y voluntaria para así obtener un mejor rendimiento, sin embargo, tan importante es hacerla pensar seriamente como darla su correspondiente descanso. Es cierto que, al igual que los músculos del cuerpo, cuanta más actividad pensante consciente (observación voluntaria, concentración, meditación…) más desarrollo del poder de la mente, pero lo mismo que los músculos necesitan descansar para recuperarse, también la mente lo necesita, sobre todo, para no derrochar la energía inútilmente. El derroche de energía no solo agota sino que también trae un desgaste prematuro respecto al mecanismo mental. Si de verdad se quiere obtener un beneficio de esto hay que aprender a dejar la mente en blanco (no pensar) después de haber pensado concentradamente en algo, entonces y siempre que se rechace cualquier pensamiento intruso, se obtendrá el verdadero descanso y la libertad de ir compenetrándose con lo superior.
Como acabamos de decir, al igual que el ejercicio de un músculo hace a éste más grande, el ejercicio o acción de pensar hace al cuerpo mental más grande puesto que el pensamiento hace que vibre y que atraiga nueva materia del Mundo del Pensamiento. Por tanto, el desarrollo del cuerpo mental depende de la cantidad de pensamientos creados día tras día, sin embargo, el cuerpo mental no selecciona, lo que significa que dicha cantidad puede ser tan mala como buena. Está claro que quien quiera desarrollar el cuerpo mental y el cerebro, debería ser dueño de su mente para:


1º.- Pensar siendo consciente de lo que se piensa.


2º.- Dar los correspondientes descansos a la mente.

3º.-Seleccionar, en sentido positivo, lo que se piensa para que las vibraciones del cuerpo mental atraigan materia mental de las regiones superiores del Mundo del Pensamiento.

4º.- Utilizarla para la práctica de los ejercicios de observación, concentración, meditación, contemplación y oración. Estos son ejercicios que desarrollan principalmente los poderes de la mente y el corazón.


El Espíritu es el origen de todo lo que conforma a una persona, su origen divino le hace inmortal e ilimitado en sus poderes, y lo mismo que exteriorizamos lo que somos gracias al desarrollo obtenido, tenemos siempre las oportunidades necesarias para desarrollar el potencial de la Mente Divina por medio de los ejercicios mentales. En realidad, el potencial está dentro de cada uno como lo están los poderes espirituales, pero para expresarlos es necesario desarrollar (espiritualizar) los medios y, principalmente, lo que llamamos mente abstracta. Además del conocimiento, en cada uno de nosotros hay un poder listo para expresarse, el mayor inconveniente para que lo haga son los obstáculos ya mencionados y los pensamientos personales. Pero lo mismo que hemos creado toda una serie de obstáculos para el desarrollo de la mente abstracta en el pasado, podemos ahora y gracias a este conocimiento, crear nuevos patrones de pensamiento y de expresión. Naturalmente que esto nos lleva a comenzar por la observación constante y fija de todo lo que hacemos, a hacer ejercicios de concentración todos los días, y a despersonalizar la mente progresivamente.
Puesto que la atención y la concentración deberían estar presentes en todo momento de nuestra vida, sería conveniente que cada aspirante ayudara a su desarrollo con algunos ejercicios básicos de concentración. Por lo general, suele practicarse la concentración y la meditación de dos diferentes formas llamadas “con semilla” y “sin semilla”, y estas últimas a su vez, se dividen en devocionales e intelectuales. Se suele decir “con semilla” al hecho de concentrarse y meditar sobre algún objeto con la intención de alcanzar su origen, vida o idea arquetípica; y se llama “sin semilla” a la concentración y meditación sobre algo que no es físico sino, por ejemplo, un ideal devocional o algún motivo mental abstracto.
La concentración y meditación con semilla está basada en que todo objeto tiene su alma, arquetipo, vida o idea a la cual se intenta llegar por medio de su forma, color, cualidad y propósito. Esta es la manera de llegar al alma o aspecto subjetivo del objeto por medio del discernimiento, el cual termina imponiéndose y transformando el cerebro a la vez que nuestro yo hace lo mismo respecto a la mente. La concentración y meditación sin semilla es cuando hacemos lo propio respecto a algo subjetivo. Sabiendo que la mente se adapta mejor o busca lo que le produce placer, la persona de tendencia devocional se encontrará más cómodo haciendo los ejercicios de concentración, meditación, contemplación, y adoración sobre un ideal o imagen devocional; (por ejemplo Cristo – Jesús) esto es concentrarse fijamente en la imagen y mantenerla para que el corazón ate a la mente a dicha imagen. Cuando la persona tiene un carácter intelectual y un deseo profundo de conocimiento debe concentrarse sobre algo abstracto o sobre una idea (no sobre un pensamiento forma ni una persona) es decir, es necesario discriminar entre lo no-yo y el yo para desarrollar los poderes de la mente. Sin embargo, lo ideal es que el corazón y la mente se desarrollen a la misma vez.
Como de lo que se trata con estos ejercicios es de moldear la mente por medio de la voluntad, el aspirante también puede concentrarse en otros aspectos internos que nada tengan que ver con las formas físicas como, por ejemplo, una virtud. En este caso se debe imaginar la virtud en su estado más perfecto viendo detenidamente cuáles son sus efectos, entonces será cuando la mente se concentrará en su origen espiritual o esencial. Cuando se practica este ejercicio durante un tiempo, la mente adaptada a la virtud repetirá sus vibraciones dejando dicha virtud como parte del carácter y expresión personal. No es necesario decir que cuando la mente se distrae con otros asuntos ajenos al motivo de la concentración, hay que volver a centrarla las veces que haga falta; la mente debe estar firmemente centrada en el objeto o motivo de concentración pero no para razonar sino a modo de “extraer” su verdadera esencia.
Claro que la verdadera concentración va un poco más allá porque, además de la concentración sobre el objeto o motivo de concentración elegido y de resistir a la tendencia a cambiar de la mente, tiene que llegar el momento en que no se deba hacer esa resistencia porque ese es otro impedimento en sí mismo. A su vez, deben cesar las modificaciones (pensar en lo conocido, hacer comparaciones y relaciones, etc.) para poder alcanzar esa firme y poderosa quietud. Así evoluciona la conciencia del yo respecto a diferenciarse de la mente, así se obtiene un conocimiento más real y verdadero de todo lo material respecto al yo, lo que facilitará el desarrollo de la intuición del Yo superior el cual se impondrá por encima del conocimiento. Cuando, con la práctica, se domina la concentración, el siguiente paso es apartar, anular el objeto, pero seguir estando fijamente atento a nada para que el Yo superior pueda trabajar sobre el cuerpo mental según sus propias vibraciones e ideas de las regiones superiores del mundo del Pensamiento.
La concentración es el medio por el cual nos separamos del mundo de las formas y de las modificaciones que hace la mente para entrar en un estado de paz. Hay que tener claro que la concentración mental es fijación de la conciencia, y como la conciencia cambia de estado pero no de sitio, por medio de la concentración nos damos cuenta de que el espacio no existe. La conciencia responde a lo que conoce según identifique o no sus vibraciones, por tanto, a mayor conocimiento y receptividad, mayor desarrollo de la misma; esto es, al fin y al cabo, lo que hacemos con la concentración. Si la conciencia identifica las vibraciones (conoce) de una forma que existe a 100 kilómetros de donde estamos será lo mismo que respecto a algo que haya delante de nuestros ojos. Por eso se dice que el espacio no existe para la conciencia y por eso, por medio de la concentración en lo abstracto, en el mundo de las ideas donde no existen las formas, ensanchamos (elevamos) la conciencia hasta dar paso a la actividad del Yo superior o Alma. Así es que si la conciencia es ser conscientes de lo que perciben los sentidos o la identificación de las vibraciones que la llegan, cuando por propia voluntad y con la concentración nos aislamos de todo eso, nos quedamos vacíos del mundo objetivo y de las sensaciones para penetrar en el mundo del Yo superior.
Está claro que si queremos evolucionar más rápidamente por el sendero intelectual debemos practicar los ejercicios mencionados pero, principalmente y en sentido general, la concentración porque gracias a estos ejercicios se logra limpiar la mente y liberarla de todos sus obstáculos hasta dejarla inocente como la de un niño. Cuando gracias a estas técnicas, la mente se aparta de los objetos externos y de las imágenes y patrones internos que obstaculizan al Yo superior, la percepción es directa y pura. Cuando se ha logrado el control de la actividad pensante del yo personal es cuando la mente se hace intuitiva, indagadora y receptiva a los dones del Espíritu.


Francisco Nieto