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viernes, 27 de enero de 2017

DE LA AUTO-OBSERVACIÓN A LA CONCIENCIA DE SÍ MISMO ( y III )





Viendo que siempre vamos a piñón fijo, que tenemos los mismos conceptos, las mismas respuestas, los mismos hábitos, las mismas emociones dominantes y casi los mismos deseos durante toda la vida, deberíamos preguntarnos ¿Cómo voy a progresar yo, moral y espiritualmente hablando, si llevo una vida casi vegetal y no me esfuerzo por imponer mi voluntad sobre todo eso que llamamos personalidad? Todos los días podemos progresar un poco, y para ello, además de intentar ser conscientes durante todo el día (estar despierto) deberíamos programarnos por las mañanas para que las cosas que hacemos a diario y la manera de expresarnos sean diferentes. Es más, deberíamos programarnos incluso en casos extremos para no actuar como por lo general lo hacemos de forma automática o instintiva. Si tenemos que coger el coche todos los días y somos de los que vamos con prisas y nos molesta todo, deberíamos visualizarnos ante un señor que estorba y nos fastidia como si estuviéramos tranquilos, observando la situación y a nosotros mismos para no expresar las emociones de enfado ni los malos pensamientos. Una auto-programación como esta y el hecho de intentar ser consciente la mayor parte del tiempo, hará que cada día sea más elevado para el Alma. Programar respuestas y expresiones ante cualquier hecho por poca importancia que tenga, y tener una atención plena sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea, nos facilita el progreso espiritual y el discernimiento sobre lo que somos y lo que deberíamos ser.

La observación de todo lo que nos traen los sentidos respecto al mundo físico nos aporta conocimiento, y ese conocimiento nos sirve para ver cómo actuamos y respondemos y para programarnos ante determinados hechos y circunstancias. Pero, si de verdad queremos transformar la personalidad, lo que debemos observar es lo interno y no lo externo. Con esto quiero decir que no nos podemos para en lo negativo solamente, también hay que observar cuáles son nuestros ideales, anhelos, esperanzas, deseos materiales, etc., porque también eso nos puede perjudicar si nos identificamos con ello. Cuando nos preocupamos solamente de ser y actuar de acuerdo a las leyes divinas, no nos deberían preocupar nada ni esperar nada material ni espiritual, porque eso se nos dará por añadidura. Está bien que una persona tenga anhelos y esperanzas pero deberían ser sobre el desarrollo espiritual y con la intención de ayudar al prójimo.

Hay frases que se suelen decir muy a menudo, como por ejemplo: “Que mal me cae esa persona” o “que antipatía le tengo por ser así” que demuestran lo equivocados que estamos al creer que conocemos a una persona cuando resulta que no nos conocemos a nosotros mismos. Ni siquiera el hecho de observar atentamente a otro nos permite conocerle porque solo podemos ver lo externo pero no su aspecto interno. Sin embargo, basándonos en el conocimiento y los conceptos de la personalidad por lo general llena de emociones negativas y pensamientos similares, exponemos toda una serie de razones con tal de criticar o juzgar por el hecho de no estar de acuerdo con nosotros o de ser diferente a nosotros. El juicio o la crítica solo la deberíamos hacer sobre nosotros y, por supuesto, después de observarnos atentamente, puesto que la verdadera observación se hace sobre lo interno. Lo externo nos aporta conocimiento porque su observación es más bien automática e inconsciente mientras que la auto-observación es dinámica y consciente.

Tampoco los pensamientos comunes y automáticos aportan casi ningún beneficio porque de nada sirve pensar que somos así o asá si no prestamos una atención plena como observadores a nuestro mundo interno. El estado actual de la mente, es de pensar y pensar sin discernimiento y sin que seamos conscientes de ello, nos aburre y nos tortura muchas veces con sus repeticiones, juzga y piensa mal sin conocer, y solo de tarde en tarde somos conscientes de ello y la detenemos. Detenerla en sus pensamientos y enjuiciamientos sobre el mundo externo es fácil porque solo tenemos que observarla, sin embargo no es tan fácil hacerlo cuando lo hace sobre lo interno, ya que los mismos aspectos personales intentan evitarlo para que no les expulsemos o erradiquemos de nosotros mismos.

Hay una gran diferencia entre usar la mente conscientemente y dejarla que haga lo que comúnmente hace sin que nadie ni nada la detenga. Cuántas veces al día podríamos decir: ¿Pero qué estoy pensando, qué estoy haciendo, o por qué pienso eso sobre esa persona? Lo que no ocurriría si fuéramos auto-conscientes observadores de la mente. ¿Qué ocurre si cuando surge en nosotros una emoción negativa o un pensamiento perjudicial nos ponemos en el lugar del Yo a observarlo sin entrar en el juego? Pues que desaparece. Algo similar ocurre cuando llevamos a cabo esa atención plena o auto-observación en cada ahora, ya que; Primero impedimos crear emociones, deseos y pensamientos negativos; y Segundo Si alguno surgen en nosotros, el solo hecho de observarlos impiden que se desarrollen en algo peor.

Esto demuestra que cuando tenemos ese control sobre la personalidad se produce un silencio interno que permite que el yo se exprese más a menudo sobre la personalidad. Tenemos dos clases de lenguas que callan para encontrar ese silencio o paz interna: Una, la lengua que tanto juzga y habla como resultado de lo que ocurre interiormente con las emociones y los pensamientos; y Dos la mente que no para de pensar indiscriminadamente y de forma automática e instintiva impidiendo el control de la personal. Tenemos muchos motivos para silenciar a la mente porque si la observamos veremos que el 99, 99 % de lo que piensa, no solo no sirve para nada sino que en muchos casos es perjudicial para nuestro desarrollo espiritual. Esto ocurriría muchísimo menos si la observáramos voluntaria y conscientemente porque, ¿de qué sirve callar la lengua si la mente hace tanto o más mal que ella? Una ayuda sería ponernos en el lugar de los demás porque seguro que cambiaríamos de opinión y interpretaríamos las cosas de otra manera, pero si de verdad y a la vez queremos controlar a la personalidad y no atraer la opinión y el pensamiento de otros hacia nuestra manera de pensar; lo mejor es conocernos y silenciar la mente en todo lo que no sea de ayuda para nuestro desarrollo.

Viendo lo descrito hasta ahora ¿Qué porcentaje del verdadero Yo manifestamos a diario? o dicho de otra forma, ¿cuánto tiempo al cabo del día somos conscientes de nosotros mismos? La verdad es que muy poco, y precisamente por eso es por lo que no nos damos cuenta de que cuantos más defectos, pasiones, emociones y deseos negativos eliminemos más libre de expresarse será el Yo individual. La personalidad es la semilla que, desde que nació, ha sido mal cultivada y se ha rodeado de toda una serie de defectos, irresponsabilidades y placeres que, entre otras cosas, hacen que el Yo se exprese más como subconsciente que como conciencia. Nadie puede despertar a la conciencia del Yo si no erradica de sí mismo toda esa especie de entidades que nos dominan y nos hacen casi sus esclavos. Es cierto que algunas de esas voces ya las traemos de otra vida como deuda pendiente a superar, pero si desde pequeños nos educaran de manera que fuéramos más observadores y conscientes de nosotros mismos, adelantaríamos muchas vidas de las que nos quedan para ser conscientes en los mundos superiores. Nos podemos hacer una idea de esto imaginando lo que sabemos que pasa después de la muerte una vez terminadas las experiencias purgatoriales Es decir, cuando nos limpiamos de todo lo negativo y personal y solo nos quedan dos cosas: Una, el recuerdo de lo que no se debe hacer sabiendo las consecuencias que nos trae; y dos, el deseo de desarrollar las virtudes propias del Alma.

Como hemos dicho, el Espíritu se representa en nosotros como voluntad y como conciencia y solo eliminando a la personalidad tendremos la opción de escuchar su voz. Cuando dejamos de ser víctimas de las circunstancias y esclavos de los deseos y de las emociones es cuando comenzaremos a vislumbrar la luz del Espíritu. La voluntad del Espíritu es una pero en la mayoría de nosotros parece como si en nuestro interior hubiera muchas consciencias y voluntades que no dejan de decirnos lo que tenemos que hacer o hacia dónde debemos de ir con tal de no permitir que el Yo se manifieste y las elimine. Como ocurre en el purgatorio, lo único positivo de todos esos aspectos negativos que forman la personalidad es que cuantos más y peor sean, más nos hacen ver que estamos dominados por ellos y que nuestra voluntad y nuestra conciencia no tienen casi poder sobre ellos. Por eso debemos estar siempre alertas y muy atentos a todo lo que pasa en nuestro interior y a todas esas voces que dirigen y complican nuestras vidas. Y digo muy alerta porque esas voces se muestran fácilmente en hechos graves y las percibimos rápidamente, pero otras se esconden bajo apariencias más sutiles como el amor propio, el halago de uno mismo, o el orgullo de haber alcanzado cierto grado de desarrollo espiritual.

Ni el santo es perfecta y totalmente santo ni el malvado es cien por cien malvado, y algo así pasa con los aspirantes espirituales que por defender una causa justa se dejan llevar por las voces de justicia y de honradez y crean toda una serie de emociones y pensamientos negativos contra otros. El que cree estar sentado en la verdad y el sendero correcto se puede creer tan justo y tan buena persona que le duela que nadie se dé cuenta y se lo diga o que nadie agradezca lo que hace, y eso, queramos o no, también son voces o aspectos de la personalidad que impiden la expresión del Yo. Por consiguiente, la auto-observación no se debe utilizar solamente para descubrir los aspectos negativos de la personalidad, sino que también debe servir para otras muchas cosas que no solemos ver.

Si meditáramos sobre nuestros gustos, deseos o sentimientos descubriríamos que tenemos apego a ciertas cosas materiales y placeres, o que nos gustaría viajar a no sé dónde antes de morir, o que nos molestamos cuando alguien no coincide con nosotros en nuestras opiniones, o que somos unos engreídos, etc. Esto es otra forma de impedir que nos demos cuenta de lo poco conscientes que somos de lo que sentimos y de lo que pensamos, es decir, de lo poco que nos recordamos a nosotros mismos como observadores y pensadores. Seamos sinceros con nosotros mismos y preguntémonos de vez en cuando qué es lo que en realidad deseamos, que trabajo estamos haciendo para conseguirlo y qué utilidad tiene para el Espíritu, porque si no es útil para el Espíritu de nada sirve. A su vez, tampoco sirven de nada las intenciones, las promesas, las obligaciones y los deberes que cada uno se imponga si después no los cumplimos, de esa forma nunca alcanzaremos nuestros objetivos espirituales. Recordemos que el trabajo a realizar es interno y que si solo nos preocupamos de dar una imagen de buenos y de sabiondos, nos estaremos engañando a nosotros mismos y estaremos engañando a los demás.

                 Francisco Nieto

martes, 27 de diciembre de 2016

DE LA AUTO-OBSERVACIÓN A LA CONCIENCIA DE SÍ MISMO II






Para conseguir que nuestras expresiones externas sean fruto del Yo debemos centrarnos en los cuerpos más cercanos a él, es decir, en el cuerpo emocional y en el mental. ¿De qué sirve tener una vida de disfrute y de placer si el estado interno es triste o pesimista? Muchas veces, sufrimos y nos quejamos porque nada nos sale bien, porque tenemos pérdidas, porque nuestro matrimonio va mal o porque no aprovechamos las oportunidades que nos trae el destino. Lo que podría ser felicidad y armonía gracias al discernimiento, a la auto-observación y a la auto-conciencia de nosotros mismos se convierte en ansiedad, melancolía y preocupaciones entre otros. ¿Cuáles son los resultados de no tener ese equilibrio interno? La falta de aliciente para vivir o disfrutar de la vida, el pesimismo y el sufrimiento propio más el que causamos a los demás. Está claro pues que, quien no trabaja conscientemente sobre sí mismo, siempre estará dominado por las emociones, por las pasiones y por los hábitos, y que la faltará la libertad mientras no controle a la mente. Solo transformando los conceptos equivocados que desde pequeños hemos ido guardando como “realidad” podremos ser felices y libres de las ataduras de todo cuanto nos rodea y de la personalidad.

            Si una persona está plenamente atenta a sí misma y descubre que es más feliz y más libre cuanto utiliza el discernimiento en vez de preocuparse y de enfadarse por (por ejemplo) cosas del trabajo o de sus hijos, está claro que está transformando su estado interno y que ese estado tendrá una expresión externa positiva. Luego entonces, ¿Por qué sufrir por cosas externas que las podemos cambiar internamente gracias a la auto-observación y al discernimiento para así tener una vida más armónica? La verdad es que, quien no hace esto, siempre estará a merced de su personalidad, y cuando la personalidad está llena de errores y es pesimista y está desencantada de la vida, no puede atraer nada más que desencanto y pesimismo.

Debemos comprender que lo que reflejamos ante los demás es fruto de lo interno, u por eso, mientras no cambiemos lo interno no seremos nosotros mismos como verdaderos yoes. Si se nos avería el coche nos enfadamos, si alguien no nos atiende bien, protestamos, si una persona nos ofende no alteramos y así sucesivamente porque no tenemos control de nuestras emociones, de nuestros deseos ni de nuestra mente. Y así se nos pasa la vida haciendo y expresando siempre lo mismo por no esforzarnos en ser conscientes de nosotros mismos y por no utilizar el discernimiento.

Se trata de no identificarse con los acontecimientos, de eliminar los malos hábitos, de transformar las emociones y los deseos, y de controlar la mente ¿Cómo? dirán algunos, observándose a sí mismo conscientemente, es decir, siendo consciente de que la mente piensa, observando a las emociones sin entrar en ellas, y en definitiva, ver la vida como una película pero con el discernimiento necesario para que la personalidad no nos arrastre. Quizás parezca difícil en entender pero no lo es. Veamos, si una persona es celosa, envidiosa, impulsiva, criticona, etc. y cree que todas esas emociones son ella misma, estará identificada de tal forma que expresará eso mismo y solo encontrará sufrimiento, problemas y amargura en su vida diaria. Pero si se pone en el nivel del Yo como observadora de esas emociones sin entrar en lo que hacen, comprenderá que el sufrimiento y la amargura no le ayudan en nada ni solucionan el problema y que, por tanto, debe utilizar el discernimiento y actuar o hablar de otra forma pero de manera consciente y con la mejor voluntad.

Conociendo esas emociones como ajenas a nosotros es como dejaremos de identificarnos con ellas, y si hacemos esto limpiaremos la personalidad de lo negativo y tendremos más espacio para crear emociones y hábitos positivos. En mi opinión, nadie puede transformar su personalidad si no se auto-observa conscientemente para dejar de identificarse con las emociones y deseos negativos y con lo que la mente piensa por sí misma. Este es el verdadero trabajo interno que debe hacer cualquier aspirante. No nos engañemos, si no hacemos esto estaremos evadiendo y retrasando un trabajo que, tarde o temprano, todos debemos hacer. Nosotros somos individuos y no lo que aparentamos ser en cada momento, a veces cólera, otras egoísmo, otras pasión, y otras falsedad porque estamos dando una cara ante los demás mientras pensamos y sentimos algo muy diferente.

El simple hecho de practicar la auto-observación de sí mismo ya nos hace comprender que todos esos defectos o errores no somos nosotros, y que esa carga es precisamente la que nos hace ser como no deseamos ser; es más, comprendemos que esos celos, envidia, mal carácter, etc. son lo que nos hace sufrir sin necesidad. ¿No sería correcto, pues, situarnos en la posición de observador sobre lo observado para ver cuándo se manifiestan esos defectos y cuándo (con conciencia de sí mismos) debemos desecharlos de nuestra vida? El verdadero Yo está inhibido por la personalidad pero la personalidad no está compuesta solamente de emociones y deseos negativos, porque que el hecho de creer que nosotros somos la mente o el pensamiento, también da poder a la personalidad, puesto que el Yo no es la mente. Cuando la mente se involucra y se recrea en esas emociones y deseos negativos, está actuando (generalmente) por su cuenta. Cuando la mente responde a una ofensa de forma automática o instintiva, el Yo no se entera o lo hace tarde; cuando algo nos preocupa tanto que nos hacer sufrir o nos quita sueño es el efecto de que la mente le ha dado muchas vueltas al problema, y así sucesivamente sin que el Yo pueda casi participar con tal de acabar con esa personalidad.

La mayoría de los pensamientos surgen porque la mente no está controlada por el Yo, porque responde al cuerpo emocional y a todo lo que perciben los sentidos de forma automática y por hábito, pero si fuéramos conscientes de nosotros mismos y estuviéramos plenamente atentos a lo que sucede en nuestros cuerpos internos, entonces comprobaríamos que la mayoría de los pensamientos son innecesarios y que se es más feliz y más libre en el silencio mental. Entonces no nos dejaríamos dominar por la mayoría de esos defectos que tan protagonistas quieren ser. ¿Qué ocurre cuando nos gusta algo que termina siendo un placer para nosotros? Pues que lo deseamos, que creamos un hábito y que llega un momento en el que la mente piensa en ello automáticamente como respuesta al deseo. Y mientras ocurre eso, el Yo no puede expresarse porque no le dan opción para hacerlo y está como un observador silencioso. Pero si, en esos mismos momentos nos hiciéramos conscientes de nosotros mismos y de la situación, evitaríamos que la mente pensara y se involucrara en todos esos problemas, muriendo entonces esas negatividades de inanición.

De una emoción (por ejemplo lujuria) la mente crea pensamientos, y esos pensamientos estimulan deseos y más emociones, y así está la personalidad ocupada todo el día entre emociones y pensamientos de todas clases. Pero cuando nos damos cuenta de que pensamos y de lo que estamos pensando, o sea, cuando nos hacemos conscientes de nosotros mismos, entonces podemos ver e interpretar a cada emoción y a cada pensamiento como si fueran pequeños egos que quieren dirigir nuestras vidas. De aquí que cuanto más nos identifiquemos con un pensamiento o con una emoción, más esclavos seamos suyos y más nos alejamos de la posibilidad de auto-observarnos. Y por eso, las personas que no se paran a pensar en todo esto y que creen que ellos son las emociones, los deseos, los pensamientos, hábitos, etc., son esclavos de la personalidad y sufren por hechos y circunstancias innecesarias. Lo mismo que una emoción negativa termina por atrofiar a su aspecto positivo (odio- amor) sino se ponen medios, así nosotros, como yoes que observan plena y atentamente a la personalidad, debemos hacer que se atrofien todas las negatividades por medio de la no-acción en ellas.

Como, normalmente, las personas creen que son la personalidad, con sus defectos y sus virtudes, su amor propio, su carácter y sus hábitos de pensamiento y reacción, no suelen darse cuenta de que son un Alma en evolución. Los que en esta vida llegan al grado de desarrollo de comenzar a discernir quiénes son y a conocerse un poco a sí mismos, se dan rápidamente cuenta de que, si quieren progresar deben comenzar por hacer una división entre virtudes y defectos, entre lo que es la personalidad y lo que es la individualidad. Entonces no les queda más remedio que admitir que tienen más en contra que a favor y que si quieren progresar, si quieren ver el mundo externo de otra manera más elevada, y si quieren que sus relaciones con los demás sean correctas, tienen que cambiar internamente. ¿Cuántos de nosotros hacemos una retrospección nocturna o una simple revisión de los hechos del día para ver cuándo hemos pensado, hablado, actuado, etc. como Almas y cuándo no? No se puede extraer una buena quintaesencia de toda la vida para transformarla en conciencia del Espíritu si no hacemos una observación plena y consciente de nuestro cuerpo emocional y mental a diario. Y menos aún extraeremos quintaesencia si no nos ponemos a trabajar cada día sobre dichos cuerpos con tal de eliminar a la personalidad.

Para vencer progresivamente a la personalidad debemos conocernos a nivel personal, lo que significa que debemos observar y analizar, desde el punto de vista del Alma, los siguientes aspectos:

1º.- Las emociones negativas, pasiones, hábitos, vicios que dominan a la mente y a la voluntad, deseos egoístas y materiales, etc.
2º.- La mente y su forma de pensar, cómo reacciona ante las negatividades del punto número uno, en qué cosas suele estar entretenida, etc.
3º.- Las emociones y pensamientos no negativos pero si personales (orgullo, complejo de superioridad, creerse lleno de virtudes, hablar de las cosas buenas que se hacen buscar notoriedad, etc.)
4º.- Recordarse a sí mismo todas las veces que se pueda durante el día para así practicar la atención plena sobre lo que se hace, (por ejemplo: observar cómo escribe la mano, como se mueven los pies cuando andamos, cómo memorizamos mejor cuando miramos el mundo conscientemente, etc.)
5º.- Auto-observarse como ejercicio para analizar cómo se desintegran las emociones y los pensamientos negativos cuando no entramos en ellos ni los enjuiciamos.

            Mientras no desarrollemos unas líneas de trabajo como estas o similares y sigamos pensando que somos todo eso y que somos perfectos, no nos conoceremos ni cambiaremos en nada. Tenemos que ver la diferencia entre estar dominado, por ejemplo, por el tabaco y el mal humor cuando nos falta (emociones negativas) del que ha dejado de ser un autómata respecto al tabaco y, por tanto, ya no se altera; el primero está dominado y sufre, el segundo es libre y es feliz. En este supuesto, está claro que el fumador se tuvo que poner en el puesto de observador algún día y comprender que esa “entidad” llamada tabaco le dominaba y le perjudicaba. A partir de ahí solo hay que vencer el deseo o a la emoción como se ha dicho.

Bien, apliquemos esto a nuestras vidas y veamos qué hacemos y cómo nos expresamos cada día. Si nos recordamos a nosotros mismos aunque solo sea 8 o 10 veces al día (observar cómo y qué piensa la mente, observar nuestras emociones, o cómo respondemos habitualmente) nos daremos cuenta rápidamente de que lo hacemos por hábito, instinto o como autómatas; pero también podremos comprobar que en ese mismo momento, como observadores y pensadores, somos libres de todos esos aspectos personales. ¿O no es liberarse el hecho de que al hacer algo que nos produzca, por ejemplo, “orgullo, pensemos voluntaria y conscientemente “tengo que ser humilde, eso lo puede hacer cualquiera” y dejemos pasar de largo la emoción?

 Francisco Nieto

viernes, 25 de noviembre de 2016

DE LA AUTO-OBSERVACIÓN A LA CONCIENCIA DE SÍ MISMO ( I )





La moral, el carácter, la espiritualidad y todo lo que el ser humano cree ser se mide de acuerdo a sus expresiones, a sus sentimientos y a sus pensamientos. Dependiendo de cómo se exprese y de lo que diga y haga una persona, así se le conceptúa, siendo eso un error porque, en realidad, no se sabe ni cómo o qué piensa ni cómo siente o qué emociones tiene. Nosotros mismos creemos conocernos también y decimos que somos así o asá dependiendo de nuestro “ser interno” que en realidad no es otro que la personalidad. Unos nacen con una baja moral y mueren casi lo mismo porque no se han esforzado en cambiar, otros consiguen quitarse algún defecto pero caen en nuevos vicios que los dominan, y la gran mayoría nos pasamos la vida haciendo lo mismo, pensando lo mismo y actuando casi de igual forma. No nos conocemos, ni nos esforzamos por observarnos para intentar elevar nuestra moral y nuestra espiritualidad, ni tampoco nos damos cuenta de que nos pasamos la vida actuando erróneamente para luego quejarnos y amargarnos la vida nosotros mismos. El mundo externo es el reflejo de lo que somos internamente, y siendo esto así ¿Qué vida puede tener el avaro, el lujurioso, el arrogante, el malvado, el engreído, etc., etc.?

Para estas personas, puede que su carácter, su voluntad y su forma de ir por la vida sea normal pero ignoran que:

1º.- El mundo es un reflejo de lo que son ellos mismos internamente.
2º.- Que morirán sin haber evolucionado casi nada.
3º.- Que hacen mucho mal al prójimo.
4º.- Que van sembrando malos ejemplos y malas vibraciones allá por donde van.

            Es obvio que cada uno de nosotros debería estudiarse a fondo para saber cuál es su grado de desarrollo espiritual y para ver si verdaderamente expresamos lo que en momentos de meditación y de paz queremos o, por el contrario, somos uno más como cualquier otro con más defectos que virtudes. Solo cuando estamos plena y conscientemente atentos a lo que expresamos externa e internamente podremos acercarnos lo suficientemente al Yo superior como para entender que lo que creemos ser no tiene que ver nada con lo que en realidad somos. Solo así, conociéndonos internamente y utilizando sabiamente el discernimiento nos capacitamos para hacer un cambio radical en nuestra vida hasta tal punto que la personalidad que muera no se parezca en nada al ser que podemos desarrollar.

            Quien se identifica con sus deseos, con sus emociones, con sus problemas y preocupaciones, e incluso con su mente entendiendo que él es el resultado de lo aprendido y experimentado a lo largo de su vida, va por el sendero equivocado. Algunos piensan: “Bueno yo no llego a tanto porque procuro ser bueno.” Tampoco sirve de mucho si resulta que sufre cuando no le salen bien las cosas, o cuando le ofenden, o cuando se cree por encima de los demás y fracasa, etc. Si queremos cambiar debemos estar por encima de todo eso y auto-observarnos en cada momento para estar en “sí mismo.” En el momento en que caemos en lo dicho en este párrafo o simplemente pensamos en ello como si fuéramos ello, ya estamos olvidándonos de nosotros mismos, del “sí mismo” como el yo observador y pensador. Esa es la diferencia entre los que actúan instintiva y automáticamente expresando siempre los mismos deseos, emociones y pensamientos, y los que están constantemente observándose atentamente desde la posición del Yo. Cuando nos recordamos a nosotros mismos como pensadores y observadores no nos identificamos con todas esas cosas que a tanta gente le preocupa, les entristece, les desespera y les hace actuar y expresarse siempre de la misma forma.

            Está claro que si no somos todo lo mencionado hasta ahora como personalidad y que observamos cuando nos hacemos conscientes de nosotros mismos, tenemos que ser ese Espíritu, Alma o Yo superior de los que tanto se habla en esoterismo y en las religiones. Ese Yo está representado en la personalidad como “consciencia” y como “voluntad”, lo que significa que sólo cuando nos expresamos consciente y voluntariamente como observadores, es cuando nos situamos por encima de la personalidad inconsciente y autómata. Desde este punto de vista podríamos afirmar que el Yo está oculto y no puede expresarse porque nosotros no nos esforzamos por recordarnos a nosotros mismos (ser conscientes de que pensamos y de nuestras emociones) y por realizarnos como Ser.

            La personalidad es la que se preocupa y sufre por las cosas y hechos personales y materiales, la que está dominada por los vicios, las pasiones y el egoísmo, la que está pensando todo el día en los asuntos terrenales de manera inconsciente y automática, la que no se esfuerza por vencer todas esas cosas ni por elevar su moral y su desarrollo espiritual, etc. etc. Luego entonces, si queremos recordarnos a nosotros mismos como observadores de esa personalidad con la intención de conocernos, debemos situarnos en ese nivel de consciencia y controlar la mente para que solo piense lo que queramos y cuando queramos y así utilizarla como foco de expresión consciente de nosotros mismos. De esta manera, libres de preocupaciones, de tristezas, de enjuiciamientos, de pesimismo, etc. dejaremos espacio para que un nuevo ser o personalidad consciente se manifieste y haga nuestra vida más feliz.

            Ni hemos nacido así ni somos la personalidad que creemos ser por un hecho casual. Hemos nacido en el lugar y en la familia prevista desde mucho antes del nacimiento, y como Almas evolucionantes que somos, renacemos con parte de la personalidad de vidas pasadas (virtudes, defectos, debilidades, ideales, etc.) para continuar nuestro desarrollo intelectual, moral y espiritual en esta vida. ¿Cuál es, pues, nuestro deber al respecto? Debería ser el de desarrollar esos tres aspectos personales positivos pero ¿Por qué no lo hacemos en el grado que deberíamos? Pues porque desde pequeños anulamos la expresión del Yo superior por medio de todo aquello que nos hacen aprender, valorar, tener en consideración, y todo lo que nos causa preocupaciones, ansiedad, miedo, apego, etc. Nuestra mente se desarrolla y se desenvuelve entre todo eso hasta hacerse toda una serie de hábitos que hacen que responda instintiva y automáticamente, no utiliza el discernimiento ni permite tan fácilmente que el Yo la utilice voluntaria y conscientemente. Los deseos y los sentimientos se hacen fuertes desde que nacemos para que deseemos lo terrenal y lo personal antes que lo espiritual. Las emociones dominan a la persona porque no hay apenas discernimiento y porque la mente deambula de un lado para otro sin control.

            Así se van formando los hábitos y la forma de pensar y de sentir que llamamos carácter pero, mientras tanto ¿dónde está el Yo que nos hace sentirnos individuos? El Yo aflora en muy pocas ocasiones, y más bien cuando algo grave nos ocurre, cuando algo serio nos hace reflexionar, cuando algún sufrimiento hace que pensemos y que busquemos ayuda o consuelo y poco más. Pero ese Yo está ahí, no es el Alma o Ego en toda su plenitud pero sí su voz lejana que desea que nos liberemos de todo lo personal y terrenal para que en ese vacío o espacio mental, él pueda expresarse. El yo, ego o personalidad que está comúnmente viendo la televisión y pensando en sus problemas o quehaceres cotidianos es el yo inferior, pero si en un momento dado se da cuenta de que no es consciente de la televisión ni de lo que está pensando su mente estaría dando paso al Yo verdadero reencarnante que, desde la posición de observador, hace comprender a la persona que no es consciente ni tiene control sobre su mente y que, por tanto, no es consciente de sí mismo.      

            ¿Qué diferente sería cada persona si desde que nacemos nos enseñaran a ser más conscientes de lo que pensamos, de lo que sentimos y, como efecto, de lo que decimos y hacemos? Estamos de acuerdo en que no todos estamos en el mismo nivel evolutivo y por eso mismo algunos no comprender estas enseñanzas, pero me inclino a pensar que todos podemos intentar ser más conscientes de todo eso para así evitar ser dominados por todo lo anteriormente mencionado. El ejercicio llamado de la “retrospección” dado por la Fraternidad Rosacruz Max Heindel es un claro ejemplo de lo que se puede conseguir siendo conscientes.

            Este ejercicio trata de revisar consciente y voluntariamente todos los hechos del día desde que nos acostamos hasta el momento en que nos levantamos. Durante el ejercicio debemos prestar atención plena a lo que hemos dicho, hecho, pensado y sentido en los sitios y con las personas que hayamos estado. Pero el ejercicio no se queda solo ahí, porque también nos dice que nos auto-observemos para ver si comemos para vivir o vivimos para comer, o si nos dominan las pasiones, etc. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre ser conscientes o no serlo en todo esto?

1º.- Si fuéramos conscientes y nos auto-observáramos con verdadera atención durante todo el  día, no cometeríamos tantos errores y tendríamos una vida digna de ser vivida.
2º.- Que si hacemos la retrospección de manera superficial y no consciente ni voluntariamente, tampoco observaremos los errores que cometemos y no se quedarán en la conciencia como motivos para esforzarnos por nuestro propio desarrollo.

            Uno de nuestros deberes es saber cuál es el sentido de la vida, pero si nos perdemos entre placeres, vanidades, ocio, etc., perderemos gran parte de nuestra vida por convertirnos en una personalidad más. Los dogmas, las costumbres terrenales, las diversiones, los títulos, la fama, el conocimiento sin práctica, y ni siquiera el hecho de creerse bueno, sirven para nada respecto al Yo ni para llevárnoslo después de la muerte del cuerpo físico. La vida es trabajo para aquel que despierta a la vida superior y comienza a ser consciente de estas verdades, pero es diversión y entretenimiento para el resto.

            Estar despierto, o sea, ser consciente en cada “aquí” y “ahora” nos hace más responsables ante las leyes divinas porque, como se ha dicho, “a mayor conocimiento mayor responsabilidad.” Pero el hecho de ser conscientes por medio de recordarnos a nosotros mismos también nos libera de ellas porque somos más libres para hacer y expresarnos bien o mal voluntariamente pero, como es lógico, ¿Quién es capaz de hacer el mal consciente y voluntariamente? Nosotros vivimos en dos mundos a la vez, el interno y el externo. El externo es fácil de experimentarle siempre que haya buena voluntad e ideales elevados por parte del aspirante espiritual pero, aún así, siempre dependerá y podrá caer en las trampas del mundo interno de la personalidad. Lo ideal es que hubiera un equilibrio entre ambos para así poder expresar los resultados de lo que se hace con la mejor voluntad en el interno, pero como el común de la humanidad está dominado por lo interno (emociones, sentimientos, mente descontrolada, pasiones, respuestas instintivas y automáticas, hábitos, etc.) solo expresa los resultados de su inconsciencia y de su ignorancia.

Francisco Nieto

miércoles, 26 de octubre de 2016

EL ASPECTO MENTAL EN EL SER HUMANO ( y III )






Ya he hablado algo del instinto, el cual le podríamos considerar heredado del pasado evolutivo y situado por debajo de la consciencia. En nuestros días, donde hay muchísimo más ocio, consumismo y vicio que hace unos siglos, se está fomentando cada vez más los hábitos, y más aún los malos. Estos están tomando el lugar del instinto, con la diferencia de que son más y peores los hábitos mentales y emocionales negativos que creamos involuntariamente que los que creamos voluntariamente. No nos damos cuenta de que, aunque por medio de un hábito no podamos controlar el corazón u otro órgano, sí es cierto que un buen hábito mental puede modificar muchos aspectos del cuerpo y del carácter. Los hábitos sobre el hecho de servir desinteresadamente, sobre  repetir oraciones, sobre vivir y experimentar en determinados ambientes armónicos y espirituales, o el hecho de estar pendientes de nosotros mismos para estar en armonía y equilibrado, causan buena salud y elevan el carácter hacia lo moral y lo espiritual. Está claro que son más fáciles de crear los malos hábitos (alcoholismo, drogas, juegos con dinero, etc.) que los buenos (aprender a tocar un instrumento musical, pintura artística mecanografía o simplemente hacer una serie de oraciones o ejercicios espirituales todos los días) pero estos últimos están creados con consciencia y con la voluntad puesta en que son útiles para la elevación espiritual, y eso crea un nuevo carácter que, a su vez creará nuevas oportunidades y un mejor destino. El ser humano es el creador de su destino y el dueño de sus propósitos pero todo debe pasar por su mente. Los pensamientos positivos, de alegría y felicidad armonizan el corazón y cambian el cerebro, los sentimientos y emociones elevados desarrollan positivamente las funciones vitales y así podría decir todos descubrimientos científicos de los últimos tiempos. Por el contrario, los malos pensamientos crean malos sentimientos y deseos que pueden traer muchos problemas que, a  su vez, repercuten sobre la salud, el bienestar y la felicidad interna.

            Estoy seguro de que, el que más o el que menos ha oído hablar o ha leído algo sobre la telepatía, la clarividencia, el hipnotismo, la clarividencia o la escritura automática. Llamémosle poderes, fenómenos o como queramos, pero todo ello tiene una relación con la mente y forman parte de sus aspectos. Entre todos estos aspectos que he puesto hay una gran diferencia, y es que unos se desarrollan por medio de la buena voluntad, del servicio al prójimo, por ejercicios espirituales, etc., y los otros se desarrollan por medio del espiritismo y la magia negra o son poderes ancestrales de la humanidad. Los primeros llevan consigo el desarrollo espiritual con sus correspondientes poderes (viaje astral consciente, clarividencia, clariaudiencia, el poder de sanar, etc.) y los segundos traen algo parecido pero para actuar en los mundos inferiores, más el riesgo de caer en lo más bajo y peligroso del Espiritismo hasta el punto de que nos podría hacer perder el Alma. Cuando el ser humano tenía conciencia interna y aún no tenía la mente actual no era consciente del mundo externo (como los animales actuales) Tenía algunos poderes sobre la naturaleza pero esos poderes no los podía usar como lo haría hoy porque no era consciente de sí mismo ni tenía la razón que hoy tiene.

Dentro de nuestro destino futuro y de nuestra propia evolución está previsto que tengamos poderes pero bajo el control de la mente y de la voluntad. Pero mientras llega el momento de comprender que tenemos que sacrificarnos y esforzarnos por nuestro propio desarrollo espiritual, surgen pruebas y tentaciones relacionadas con la magia negra y el espiritismo que nos pueden hacer creer que estamos desarrollando poderes espirituales, cuando en realidad nos están llevando a contactar con las regiones inferiores del mundo emocional y con toda clase de espíritus que por su negatividad no pueden ascender a los mundos espirituales. Y por eso es necesario usar la mente para razonar y comprender que los poderes del Alma no se regalan ni se consiguen en un juego, ni a cambio de dinero ni por el hecho de hacer un curso, ni nada parecido, sino todo lo contrario, cuesta varias vidas y mucha persistencia en servir amorosa y desinteresadamente a los demás y en tener amor y compasión hacia todo ser viviente.

            El mundo del pensamiento se divide en dos grandes regiones, la inferior o “concreta” donde se sitúa nuestra razón, y la superior o “abstracta” donde está el Ego o verdadero Yo. Lo mismo que la consciencia de los animales se elevará del mundo emocional (donde hoy se encuentra) al mundo del pensamiento según vallan evolucionando hacia humanos, así nosotros estamos elevándonos hacia las regiones donde se encuentra el Alma por medio de trabajos espirituales e intelectuales. Por tanto, existe una supra-conciencia (que algunos iniciados ya la han obtenido) que nos facilitará el poder de la clarividencia así como otros poderes que no es necesario que enumere. Esta supra-conciencia será la conciencia normal que tendrá el ser humano cuando ya no necesite renacer y esté preparado para ayudar a los que estén más atrasados en la evolución. En realidad, está supra-conciencia es la conciencia del Ego en su propio mundo, lo que significa que cuanto más progreso espiritual más posibilidades tendremos de escuchar su voz y de obtener sus poderes, que es como decir que más se anulará la personalidad  materialista que hoy somos para así convertirnos en ese Ego superior.

Por consiguiente, lo mismo que hoy nuestra mente puede percibir mensajes y revelaciones del subconsciente y de la memoria, también los recibe, (en menor medida) y recibirá más según vayamos evolucionando, del propio Ego. Los mensajes y soluciones del subconsciente son fáciles de reconocer y razonar si llegamos a percibirlos, generalmente, son de ayuda en nuestros quehaceres cotidianos. Las revelaciones o soluciones que a veces nos vienen como respuesta a nuestras oraciones e inquietudes espirituales son de naturaleza más elevada y, aunque también nos ayudan en nuestra vida cotidiana, se suele notar cierta diferencia porque siempre van dirigidos hacia el bien. Podríamos denominar a la supra-conciencia como los poderes latentes del hombre futuro, por eso, los más adelantados (espiritualmente hablando) a veces dan muestra de obtener conocimientos muy superiores o incluso hacen de profetas. Nuestro desenvolvimiento mental y espiritual hacen que en cada renacimiento mostremos más genialidad y originalidad por medio de la relación más directa que estamos desarrollando con nuestro Yo superior, esa es la línea a seguir por toda la humanidad, pero quien se deja llevar por los bajos deseos y emociones del cuerpo emocional (alcohol, drogas, materialismo, egoísmo, etc.) no solo adelantará poco, sino que estará  eliminando temporalmente esa conexión.

El Ego no es un depósito de conocimiento ni nada parecido es nuestra vida, nuestra voluntad y nuestra conciencia manifestada en un cuerpo físico, y es esa manifestación la que hace que no tengamos sus poderes ni su sabiduría (como no los tiene el embajador de un rey por mucho conocimiento que tenga y mucho poder que le hayan dado) Él es la luz que intenta alumbrar nuestros destinos y gracias a él nosotros desarrollamos virtudes como el amor fraternal, la compasión, el altruismo, la generosidad, etc. Cuando nosotros dirigimos nuestra vida por los senderos que no van por su línea de conducta y cerramos nuestros ojos espirituales, entonces estamos cerrando las puertas a su guía e influencia. La escala del Alma es una y la de la personalidad que disfruta en este mundo físico es otra, lo que viene por vía de los sentidos es una cosa (salvo que lo veamos con los ojos espirituales y lo interpretemos como tal) y lo que viene en forma de intuición o inspiración es otra. La mente es el foco a través de la cual podemos recibir ayuda y guía de nuestro Yo superior, si nosotros tenemos la mente ocupada en pensamientos y hechos positivos o en oraciones y ejercicios espirituales, estaremos en la línea evolutiva que debemos seguir y estaremos creándonos un mejor destino futuro más de acuerdo con nuestra Alma.

Cuando nuestra mente está descontrolada y campa a sus anchas por donde quiere, es casi como decir que no existimos porque no somos conscientes de ello. Pero cuando la tenemos atada y somos conscientes de ella, entonces podemos dirigirla voluntariamente hacia hechos relacionados con el mundo del Alma. Ser conscientes de nosotros mismos (de lo que hacemos, de lo que pensamos de lo que decimos…) es desarrollar la posibilidad de utilizar el poder de la voluntad para dirigir nuestros cuerpos hacia actividades (meditación, concentración, oración,…) que nos acerquen a esos mundos espirituales, solo de esa forma podremos ser inspirados o contactar con nuestro Ego por medio de la intuición. Esas regiones espirituales están en nosotros como lo está la encina dentro de la bellota, solo tenemos que dedicar nuestra existencia a actuar como lo haría nuestro Yo superior, o dicho de otra forma, a actuar como si Cristo estuviera actuando en nuestro lugar. Si queremos acercarnos cada día más al Yo superior tenemos que mirar a los demás con amor (sin diferencias, sin rencores, sin envidias, etc.) debemos hablar con amor, debemos aprovechar cada oportunidad que se nos presente para servir altruistamente al prójimo y debemos trabajar como si lo hiciéramos para Dios Mismo. Es necesario dejar de poner trabas a ese influjo espiritual que nos llega desde las regiones del Ego. Antes de tener una mente ociosa es preferible tenerla en lo cultural, en lo bello y en lo intelectual porque también a través de ello se desarrolla la intuición y la inspiración. En las regiones del Alma se encuentra la Verdad y solo intentando acercarnos al Yo podremos recibir alguna muestra de ello.

Evidentemente, de nada servirá todo lo dicho si no se cree, si no se reconoce y si no se realizan los ejercicios o las ideas dadas. No es lógico pensar que somos lo que la mayoría cree ser, que estemos donde estamos, y que tengamos unos cuerpos y una mente tan perfectos por una simple casualidad. Creamos o no creamos en Dios y en sus leyes Él existe y nosotros somos parte de Él, y de Su mente y de Su Vida. Todos los caminos llevan a Él y la Ley del Karma nos cerrará los caminos equivocados para que retrocedamos y elijamos otro con una nueva actitud hasta que por fin encontremos el sendero espiritual que nos una a nuestro Yo superior y nos hagamos esos superhombres que solo se preocupan de servir amorosamente a los demás. Después de la tormenta viene la calma se suele decir, el hombre está en la etapa de la tormenta porque gracias a su mente y a su buena voluntad está luchando por elevarse moral, intelectual y espiritualmente. Pero esta lucha y este sacrificio tendrán su fin, y entonces se hará el silencio de la mente y la paralización de la personalidad para dar paso a la voz del Yo y al uso de sus poderes en favor de la humanidad.


                                   Francisco Nieto